En su mochila llevaba su tesis de antropología -recién mecanografiada- sobre “Violencia estructural en los pueblos sin Estado”. Al otro día tendría que sustentarla, pero ya no tendría tiempo para eso ni para dar un último paseo por su barrio de infancia ni para despedirse de un primo en La Concordia ni para ver un último partido de Millonarios en El Campín. De madrugada partiría hacia una nueva vida y un nuevo nombre lo esperaba en una de las carpetas que uno de los hombres de la barra guardaba en su maleta. En el estrecho baño del Hueco le entregaron sus nuevos papeles y una carta con las primeras instrucciones. Nunca más volvió a saber de ellos, aunque de oídas se enteró muchos años después que vivían exiliados en Suiza.
Qué lejano parecía todo esto. 27 años habían expirado como una exhalación y ahora todo terminaba en medio de una tierra extraña y rodeado de delatores, como en una vieja película de John Houston soñada por Borges. En esas últimas horas de su vida no pensó en su lucha ni en sus sacrificios ni en sus desmanes. Tampoco evocó a su familia ni a sus compañeros caídos. Sólo pensaba en dos cosas: en la dedicatoria de su Tesis que nunca escribió y que ahora pretendía hacer en forma de Testamento Portátil y en esa última noche de civil, allá, en ese lejano septiembre de 1984… Recordaba muy bien las últimas canciones de salsa que había bailado en El Hueco después de la partida de los hombres de la barra: “nadie se salva de la rumba”, “picoteando por ahí”, “toma mis manos”, “te están buscando”, “el diferente” y su preferida, “las tumbas”. En el monte lo que más extrañaba era ese ambiente y el baile y la forma como lograba seducir a mujeres jóvenes que veían en cada barba una reencarnación del Che. Por eso nunca se la había quitado, hasta ahora, 27 años después, a última hora, buscando escapar de su destino de hierro. Pero él sabía que ya nada podía salvarlo y mientras se afeitaba y presentía el frío mortal de su última morada, iba recordando ciertas líneas en su rostro que no veía desde esa última noche en El Hueco. Las mujeres decían que podían leer su futuro en su rostro, pero nunca precisaban cómo ni por qué. Muchas habían jurado amarlo ciegamente, como en cualquier melodrama mexicano, y él sabía que ahora todas fingirían nunca haberlo conocido cuando unas horas más tarde vieran ese mismo rostro, ahora lacerado, en la primera página de los periódicos. Cuando terminó de afeitarse, vio caer el atardecer lentamente y guardó en una bolsa del Éxito su caja de dientes, sus gafas, su diario, las Ilusiones perdidas de Balzac –el último libro que pudo conservar- y un fajo de billetes falsos y se acostó sobre su hamaca con una pistola sobre su pecho. De vez en cuando sobrevolaban un par de helicópteros y sus dos perros ladraban a la luna quizás. Unas horas antes le había entregado a su último hombre de confianza, un par de cartas y una serie de documentos secretos de la Organización. Se quedó en la choza con su mujer, su compadre y sus dos perros y esperó la muerte sin proclamas ni manifiestos. Lo último que podía hacer era rendirse o morir de forma hollywoodense, patéticamente gringa. A última hora pensó en el suicidio pero su mujer lo detuvo hablándole de milagros –se contuvo solo por complacerla una última vez-. Se quedó mirando hacia el Sur, le secó las patas a los perros y le quitó las balas a la pistola. Se fue quedando dormido y soñó (con serpientes) con las tumbas y tumbadoras de ese viernes de 1984 en el Bar el Hueco de la Calle 45 de Bogotá, hasta que una lluvia cerrada de balas lo despertó para la eternidad.