El argentino, que llegó a Colombia por accidente, sí entendía algo: necesitaba una legión de guerreros de los mundos predecesores a los caníbales que tuvieran el primer mordisco que no fueran los huesos de la Tierra. Indiscutible, tradujo un mensaje encriptado de la NASA de un aterrizaje de un ovni cerca al Palacio de Nariño. Eso es lo que le había dicho el psiquiatra, antes de que se diera cuenta de que había cuatro cadáveres de los seres que habían estado en el ovni, más el subpresidente Yunque, que había sido remitido desde las galaxias donde las cantinas eran permitidas a los gobiernos despóticos, xenofóbicos, totalitarios, corruptos, asesinos, e inmaculadamente bajo el manto de la virgen de Chiquinquirá, hipócritas, cobardes, y mentirosos. Él estaba rumiando esos huesos que le anularon el sentido del gusto, ya que el marrano inmarcesible se había tragado a Maluma con veinte tamales y quince hamburguesas, y más de treinta galones de gaseosa, más todos los balones con todas las chicas Águila empelotas. Furibe había contactado a los seres del más allá para salvar al peor presidente de la historia de este país. Pero al argentino se le anuló el sentido del gusto porque comerse a la parranda bibliográfica de ese cerebro manejado desde el Twitter de Furibe era perder toda sensación de la verdad. Y eso lo hizo volverse un fantasma que le seguía teniendo miedo al duelo de haber sido cómplice de una masacre por un cargamento de cocaína con los paramilitares en el Cauca, y el rédito inapetente le dejó el sabor de la sangre de un tango más fatal que volver donde el mismo psiquiatra y que él le dijera…
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-Yo no soy un hombre. Soy la muerte de Colombia…
Y que el diámetro exacto de los porrazos de las papayas era vivir sin lo que la vida pudo existir, y ella lo revivió.
-Ahora te esperaré mientras me amas, querido... ¡Eres colombiano!, le dijo su concubina.
El argentino ya no tenía su acento y madreaba, y miraba con desconfianza y se descuartizó sin que ni la pereza de la misma muerte pudiera opacarlo, porque esa es la hipótesis de los que se relajan en el país de los huesos que nunca se pudrieron ni en las escalas de las cenizas que siguen agonizando y le hubieran dado la última penumbra al paraíso más bello donde las frutas se frotan con el bronce deleitable del intacto valor de nuestros antepasados indígenas que ahora llegan con la Minga y se toman el aeropuerto el Dorado. La gran leyenda de los muiscas ensamblada en oro en el cual no se volvieron a sentir el sonido de los aviones, sino de los cantos que habían surgido de la laguna de Guatavita, cuando un hombre decorado con el más fino de los metales, era sumergido con sus tesoros en la caverna de la idiosincrasia aeronáutica. Ya que el día de la raza estuvo tan cerca del final de la partida de las libélulas de Avianca, que fueron derrotadas por su rito inmortal.
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Y la viudas de los mil lazos terciados sobre los costales disecados de verdad, aman la paz que está en el debate de las últimas nubes del peor año de la vida en el que el cerebro, el corazón y el alma fueron escrutados por los nuevos códigos genéticos del murciélago que se comieron los chinos para no tener que aguantarse a Batman y acabar con ciudad Gótica, y ser el nuevo imperio para que las gatúbelas coman las cucarachas de las que hablaba Aureliano Babilonia echando carreta con sus cuatro amigos, Álvaro, Alfonso, Gabriel y Germán, cuando se dieron cuenta de que los pergaminos no serían revelados sino hasta que se acabara el verdadero insomnio de la cruz donde las estrellas serán testigos del milagro del amor de un continente que dure toda la vida…