Escucha este artículo
Audio generado con IA de Google
0:00
/
0:00
Muchos fueron los países a los que se acogieron en Europa, desde la gélida Finlandia hasta la tórrida Italia. Y el único capital que avalaba su futuro era el machihembraje de una vocación y un idioma: querían ser escritores o periodistas, y querían serlo en castellano.
Se lo crean o no, muchos de ellos lo han conseguido. Hablaré tan sólo del caso que mejor conozco, y es el ámbito del idioma alemán, entendiendo por tal no sólo Alemania sino también Austria y la Suiza germanoparlante. Aquí hay una cosecha auténticamente granada de gente que escribe en castellano y ha fundado tertulias literarias, asociaciones y centros culturales, y —¡asómbrense!— hasta editoriales donde no se publica nada más que en este idioma nuestro. Pienso por ejemplo en la tertulia El Butacón de Hamburgo (con más de 30 años de acreditada existencia) y en el sello editor Lateinamerika Verlag, del argentino Fabián Diez, en Suiza.
Todos los años, en octubre, en la Feria del Libro de Fráncfort, que es la mayor del mundo en su género, y esta vez estará abierta hasta pasado mañana, se puede ver un pabellón chiquito (pero matón, como Speedy González) en el cuál se expone la obra de estos latinoamericanos a quienes las tormentas de la Historia hicieron naufragar —hablo metafóricamente— en las playas de Alemania. Son medio centenar de nombres, desde los mexicanos Berenice Ammann y Salomón Derreza, hasta la argentina Esther Andradi, pasando por los cubanos Jorge Pomar y Jorge Luis Arzola, el panameño Luis Pulido Ritter, los colombianos Sonia Solarte, Ricardo Colmenares y Luis Fayad, los españoles Pilar Baumeister, Fernando Aramburu y Víctor Canicio, el ecuatoriano Israel Pérez, los peruanos Teresa Ruiz Rosas, Julio Mendívil y Walter Lingán, y los chilenos Hernán Valdés, Víctor Farías y Mauricio Toro.
Intento meterme en la piel de un latinoamericano con vocación de escritor o de periodista, o de ambas cosas, y que llega a los Estados Unidos, a Suecia, incluso Australia, y quiere salir adelante con esa vocación. Sólo sabría decirle: el alemán es bastante, bastante más inhóspito que el inglés y hasta puede que el sueco, pero hemos sobrevivido a su garra helada. La que cuando se deshiela puede producir semejantes milagros:
“¿Y a mí que más me da?, / digo a punto de llorar”.
O bien:
“De este árbol del Oriente, / a mi jardín venido, / un secreto sentido / su hoja guarda latente. / ¿De un ser vivo se trata, / partido en dos mitades? / ¿O son dos unidades / juntas de forma grata? / Pienso que es lo más noble / aunar dos universos: / ¿no sientes en mis versos / que soy sencillo y doble?”.
Son poemas de un tal Goethe. Que tampoco era manco. Pero claro está; para manco, Cervantes.