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Lazos de la historia entre verdad y ficción

El escritor Nahum Montt vuelve a escarbar en la memoria de los apremiantes años 80 en Colombia, con una novela policiaca sobre el ciclo final del ex ministro de justicia asesinado en Bogotá el 30 de abril de 1984.

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Jorge Cardona Alzate
06 de marzo de 2008 - 02:19 a. m.
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A las dos de la mañana, en su estudio repleto de libros y ordenados papeles, empieza diariamente el asombro de Nahum Montt. A su espalda, en una galería de retratos afines en blanco y negro, como ojos vigilantes y tutelares, emergen los rostros de James Joyce, Oscar Wilde, Julio Cortázar o Edgar Allan Poe. Al frente resalta el color púrpura en un muestrario rectangular de mariposas detenidas en el tiempo, un retablo cubista con una reproducción del maestro Alejandro Obregón y una fotografía ampliada del ex ministro de Justicia Rodrigo Lara Bonilla.

En ese taller de hogar, después de cuatro años de brega con las palabras, sin el propósito de establecer cruzadas contra el olvido o aclarar los enigmas del magnicidio que segó la vida del ex ministro el 30 de abril de 1984, Nahum Montt escribió su novela Lara, un esfuerzo de autonomía estética para salir al encuentro de la memoria. En un país fatigado por la violencia y marcado por los estigmas de su historia reciente, una versión literaria sobre la soledad del hombre que denunció por primera vez en Colombia el cáncer del narcotráfico y lo pagó con su vida.

“Es todo inventado, pero todo es verdad”, reza el epígrafe de John Ford que antecede a la obra y traza el derrotero del narrador. Un documentado autor que desentraña a través del diálogo de Lara con sus aliados o en las conversaciones entre sus enemigos, el ciclo final de este emblemático líder destinado al martirologio. 24 años después de su sacrificio, el ser humano desmitificado que se sabe blanco del narcotráfico pero avanza vertiginosamente hacia la muerte, con la misma naturalidad con que se desovilla el relato, donde ficción y verdad gestan una eficaz amalgama.

La voz de Nahum Montt que se había proyectado exitosamente en su obra El esquimal y la mariposa, Premio Nacional de Novela Ciudad de Bogotá en  2004, y que ahora se afianza con  Lara, una expresión narrativa donde escasea el maniqueísmo, predomina el ritmo y fluyen los acontecimientos como escenas entrelazadas de una historia policiaca con desenlace esperado pero emociones inéditas. Después de investigar a fondo en el protagonista y su contexto político, la novela plantea una forma sutil de asumir la verdad sin la necesidad de interpretarla.

No para eludir el lenguaje de los señalamientos o las versiones oficiales, sino porque la realidad  colombiana requiere también el escrutinio del creador literario. Y si alguien puede dar fe de esa opción estética es Nahum Montt, nacido y criado en Barrancabermeja, donde hasta los 23 años fue testigo de excepción de balaceras, marchas, agitación sindical y lucha armada. De hecho, cuando llegó a Bogotá en 1989 y, como estudiante de literatura de la Universidad Nacional, vio la primera revuelta, concluyó que los estudiantes capitalinos ni siquiera sabían tirar piedra.

Él no se sumó a los motines porque ese nunca fue su norte personal. Educado en el Seminario San Pedro Claver del puerto petrolero, lo suyo fue siempre explorar en la biblioteca de su padre o acudir con disciplina al puesto de raspao situado en el camino hacia el colegio, para adquirir las novelas de vaqueros que se exhibían como ropa secándose. Hoy admite que antes de descubrir a los clásicos, con esos thrillers del Viejo Oeste aprendió los secretos del diálogo. La misma técnica que hoy aplica para hacer hablar a sus personajes descubriendo sus almas.

Con la imagen que lo persigue en sueños, de los desempleados en La Malla, lonchera en mano esperando el llamado de algún contratista, un día dejó Barrancabermeja y emigró a Medellín a estudiar Ingeniería Electrónica. Pero pudo más la literatura, desertó de los cálculos matemáticos y se trasladó a Bogotá a buscar el rastro de las palabras sin dueño. Hoy está seguro de que ya no es el inútil de la familia Montt, que la realidad está construida de impredecibles ficciones y que, como escritor profesional, debe seguir buscando con paciencia la otra orilla de sus protagonistas.

En Lara, por ejemplo, cuando parecía extraviado en el desierto de los lugares comunes, la encontró en el otro faro de la historia: en el sacrificado director de El Espectador Guillermo Cano. “Un ser humano impresionante que me permitió iluminar a Rodrigo Lara”, comenta con elocuencia. El villano estaba claro, era Escobar Gaviria; el héroe también, el ex ministro, pero “así como don Quijote necesitaba un Sancho”,  la magia de la literatura y de la historia le salió al paso con el periodista. Entonces su novela se resolvió con un actor tan noble y valiente como el primer elegido.

Ahora su solución es de todos y aunque sabe que llegarán también los ortodoxos que no suelen asimilar los artilugios de la literatura,  su visión integral del ex ministro de Justicia Rodrigo Lara Bonilla es un capítulo cerrado. No obró como historiador ni como periodista, reivindicó su oficio de promotor de imaginarios. Una condición que aprendió enfrentando la aguerrida realidad de su natal Barranca, herida abierta en su memoria, y que construye día a día en su estratégica casa, hoy matizada por incontables objetos que pugnan por contar sus propias historias.

Por Jorge Cardona Alzate

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