Nota de los editores: Por qué son inquietantes una hermana que nunca nació, un punto negro en el cielo, el canto del loon, la humedad en la caleta de un narco, esa tía monja, el fuego de las amigas, la polilla que revolotea, los ojos del que mata, el peso de un cuerpo que ha estado ausente, cuarenta gallinas desplumadas, la hermana que sabe brujiar, una amenaza como un toro negro, unas uñas pintadas de rojo. Estos trece relatos, tan magistrales como sobrecogedores, nos revelan que aquello que nos perturba es el misterio que cargamos en el cuerpo, las heridas siempre abiertas y esas presencias invisibles que nos cercan.
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Para mi tía Afra
Desde su pieza en el segundo piso, arriba del Grill Discotec Las Manzanas, la jueza promiscua municipal del municipio de Carepa miraba por la ventana la marcha de la camioneta que llevaba a los muertos hacia Apartadó. Era roja y cruzaba lento por una de las dos únicas calles del pueblo. Afra no sabía si el conductor reducía la velocidad porque entendía lo terrible de su carga o si tenía motivos más mundanos, como no dañar el carro del patrón con los huecos y las piedras de esa vía sin pavimentar. Aun así, agradeció su paso lento para poder despedirse, aunque fuera desde la ventana de su cuarto, mirando no ya las caras de sus amigos sino las formas de sus cuerpos empacados en las bolsas negras reglamentarias de la investigación judicial. La música de la discoteca de abajo de su casa retumbaba desde temprano pero ya, después de tantos meses, Afra había aprendido, si no a olvidarla, por lo menos a aguantarla como parte del paisaje durante el día, porque en la noche seguía sintiéndola como la primera vez. Desde que había empezado su trabajo como jueza no dormía una noche entera, si mucho cuatro horas, y de resto se robaba pedacitos de sueño en el escritorio del juzgado cuando nadie la veía, o después de almuerzo en la cantina de doña Minta, donde recostaba su silla contra la pared y se cubría la cara con un periódico para echarse una siestica sin que la gente se diera cuenta de que la que estaba ahí despaturrada era la jueza jovencita que había venido hacía unos meses desde Medellín. Solamente los domingos doña Minta, tan querida ella, le advertía que no se fuera a aparecer por la cantina, que ese día andaba siempre llena de borrachos con machete buscando tropel, por lo que le mandaba su almuerzo a la casa y Afra se pasaba el resto del día encerrada escuchando la algarabía de ese pueblo chiquito que crecía el fin de semana con todos los hombres que bajaban de las fincas cercanas a beber, a apostar y a pelear. Siempre a pelear. Ese era el pan de cada día en su trabajo, resolver hurtos, resolver accidentes de tránsito y sobre todo resolver pleitos. Que este le sacó un puñal a aquel y entonces que aquel le mandó un machetazo para que aprendiera por alzado y que este entonces casi pierde la mano y que ya no puede jornalear doctora y que el patrón lo echó de la finca, pero que entonces para qué anda por ahí buscando pleito con puñal en mano, que quién lo manda, que por fanfarrón y camaján.
Más allá del pueblo estaba la selva, en ese entonces todavía dura y casi impenetrable, apenas ahuyentada por los potreros y campos monocultivados. Sin embargo Afra sentía que ese pueblito al que había llegado por lotería y del que probablemente no se habría ido si no hubiera pasado lo que pasó, era una isla en medio del río verde de la selva. Hacia arriba estaba Chigorodó, hacia abajo Apartadó. Carepa era apenas una pausa en el camino, un cruce de calles con más cantinas que casas, como uno de los pueblos de las novelas del Viejo Oeste que tanto le gustaba leer a su papá. Cuando la camioneta roja se perdió a lo lejos, más allá de lo que se podía ver desde su ventana, Afra sintió que se le agarrotaba el pecho y le faltaba el aire, pero no se alarmó. Estaba acostumbrada a un asma que, desde su infancia, trataba de ahogarla sin tregua y ella a no dejarse. Sabía cómo aguantar lo suficiente para buscar en el nochero el polvo Isabar. Cada respiración sonaba como una bomba desinflada en su garganta y sentía unos dedos que se cerraban apretando sus pulmones hasta que no podía entrar nada en ellos. Afra se ahogaba rodeada del aire que sus bronquios no eran capaces de respirar. Del cajón del nochero sacó el frasco con el polvo, la tapa de aluminio, el cono de cartón y los fósforos. Puso un puñado del polvo gris sobre la tapa y con un fósforo lo prendió hasta que este empezó a echar un humo oloroso. Rápida, porque entendía el valor de ese humo, puso el cono sobre el polvo humeante y aspiró hondo. Entonces lo sintió, los pulmones que se abrían, el aire adentro, inflándolos. Podía respirar de nuevo. Aspiró dentro del cono hasta que estuvo segura de que no quedaba nada, no le gustaba desperdiciar. Luego volvió a lo que estaba haciendo. Empacaba en bolsas de plástico su ropa y las pocas cosas con las que había llegado. Quería que fueran varías bolsas, no muy llenas, para que no llamaran la atención, para que no parecieran equipaje sino cualquier cosa que alguien puede llevar en la mano cuando tiene que hacer vueltas de un pueblo a otro. Con cuidado dobló sus camisas, algunos pantalones y un par de vestidos. Dejó separadas una blusa blanca con florecitas amarillas que iba a regalarle a doña Minta, y otra de rayas azules y blancas que le daría a doña Celsa. Confiaba en ambas mujeres, quienes la habían recibido como a una hija perdida y encontrada desde que llegó al pueblo. Puso todo en orden sobre la cama para que a doña Celsa le quedara fácil sacar las cosas más tarde, salió de su casa y cerró la puerta. En las escaleras por las que bajaba al primer piso la música hacía temblar las paredes de cemento contra las que Afra se recostó para dejar que el retumbar la invadiera. Pensaba que, sin la música, solo el movimiento parecía un rugido cavernario surgiendo de la tierra misma, algo grueso y antiguo que se quejaba muy en el centro del planeta, un animal del monte parecido a ese que bramaba metido en el bosque de su infancia, mientras ella, acostada en su cama y cubierta de cobijas gruesas que la protegían del frío, lo escuchaba a lo lejos a las afueras del pueblo, apenas como un eco terrible. Se imaginaba un toro negro perdido entre la vegetación de la montaña, bravo, echando humo por las ñatas. Se imaginaba un verraco enorme y peludo, con colmillos largos, chillando sus chillidos roncos. Aun así, el Grill Discotec Las Manzanas era otro animal, otro bramido brotaba de sus entrañas, más metálico, más afilado, pero para ella igual de amenazante. Y a Afra, mientras salía y cerraba la puerta con doble llave, la sorprendió ese miedo infantil que hacía tiempo no la visitaba. Ese miedo al animal del monte. Ella, apenas una niña de siete años, sentía que había una bestia invisible que la perseguía acechante, esperando el momento de mandarle el guascazo, de arrancarle el pedazo, de masticársela viva. Había algo que tarde o temprano iba a agarrarla, por más que ella se escondiera.
Cruzó la calle destapada y avanzó un par de cuadras hasta la cantina de doña Minta. En la mano llevaba una bolsa con las blusas para las señoras y colgada al hombro y bien agarrada con la otra mano, su carterita de cuero café, siempre al paso apurado del miedo que ya apenas si podía disimular. Tal vez eso que amagaba con agarrarla desde hacía tanto tiempo finalmente la había alcanzado ahí en ese pueblo caliente y lejano.
A la cantina, Afra llegó más empujada por el calor y la humedad de la tarde que llevada por sus piernas. Todavía no era capaz de respirar del todo bien y con ese aire húmedo le parecía aún más difícil, como si estuviera tragando agua. Doña Minta la saludó igual que siempre. Le dijo doctora. Todos en Carepa le decían doctora. Afra le recibió el tinto que le ofrecía, negro e hirviendo, como aprendió a tomarlo de su mamá, porque no había nada mejor para el calor de ese pueblo que un tinto ardiente, de esos que escaldan la garganta hasta dejarla insensible. Se sentó en una mesa a esperar a doña Celsa con la que había quedado de verse en una hora para entregarle las llaves de su casa y por ahí derecho la blusita que quería regalarle. Mientras tanto se distrajo conversando con doña Minta, que aprovechaba la visita de la doctora para ver qué chismes le podía sacar de cosas del juzgado, pero esa tarde no hubo mucha conversa. Afra estaba intranquila, ese miedo que no se le despegaba desde que pasó lo que pasó, le parecía cada vez más insoportable. Doña Minta claramente se dio cuenta porque le puso un trago de aguardiente en la mesa. Pa’ los nervios, doctora, le dijo. Aunque nunca tomaba, Afra se pasó el licor en un par de tragos largos y esperó, agarrada de su cartera, y del borde de la silla, y de la copa vacía, y agarrada de cualquier cosa mientras entendía que cuanto más se acercaba el momento, más miedo sentía, como una avalancha. Como un aluvión.
Se miró las manos blancas y limpias porque desde que pasó lo que pasó le quedó una obsesión por lavárselas a todas horas con mucho jabón y cuidado de cirujana. Sabía que estaban limpias y aun así las volvía a ver llenas de sangre. Sangre que no era suya. Sangre que era la de sus amigos, dos maestras y un maestro que también venían de Medellín y que trabajaban en escuelas cercanas a Carepa. Sangre fría y oscura que fluyó dentro de sus cuerpos y que luego fue reguero negro manchando la mano de Afra, la jueza promiscua municipal del municipio de Carepa, que hacía el levantamiento de los cadáveres. Aunque todos eran de Medellín, fue allá en ese pueblo caliente y plano, sentados tomando café en la cantina de doña Minta, donde se dieron cuenta de que eran prácticamente vecinos. Vivían por el mismo lado. Jorge, el maestro, muy cerca de la casa de los papás de Afra, frente a la iglesia de Manrique, y las dos maestras, Laura y Cecilia, habían compartido un apartamentico más abajo en Aranjuez. Pero fueron a conocerse lejos de las montañas, más cerca del mar. En parte se habían hecho amigos porque no les quedaba de otra, tenían que acompañarse, pero a Afra le alegró que fueran buenas personas, tranquilos, que no se burlaran de su inocencia. A veces le decían santa Afra porque no bebía ni fumaba, ni siquiera bailaba. A Afra lo único que le gustaba era salir, ver gente y conversar, sobre todo conversar. Eso de hablar sin tregua le había quedado después de pasar años de su infancia sola en una cama sin poder respirar mientras escuchaba a sus hermanos afuera jugando por el pueblo. Envidiaba sus historias que para ella sonaban como aventuras fantásticas. Esta culicagada no se ha muerto de milagro, decían a veces las personas cuando se la encontraban en la calle con su mamá, por esa asma terrible que tenía. Pero Afra sabía que su vida no era fruto del milagro sino del esfuerzo y de la búsqueda incesante de sus papás por una cura que la pudiera aliviar. Ella conocía, a sus siete años, más formas de sanar que mucha gente en toda una vida. Una vez habían obligado a su hermano Chepo a esperar con las manos encocadas debajo de una gallina negra guachipelada que iba a poner un huevo, porque el huevo no podía tocar el suelo, lo tenía que recibir él en sus manos. Luego ese huevo lo metieron toda la noche en un vaso con jugo de limón y aceite. Y al otro día su mamá le dio a Afra ese jugo con el huevo reventado para que se lo tomara de a tragos grandes. Así eran casi todas las curas, tomarse algo asqueroso de a tragos largos para poder aguantar. Algunas veces le ponían aceite de ricino caliente con bolas de manzanilla en el pecho y en la espalda para calentarle los pulmones, y ella se sentía como una crucificada. Otras veces le ponían los cristales de una penca asados sobre el pecho, o le daban para comer un polvo de cucarrón negro molido que tenía que pasar con aguapanela. La única cura que sí le gustaba era cuando su papá se levantaba temprano y salía en sus calzoncillos blancos al patio de atrás donde tenía una colmenita. Con maña sacaba un poquito de miel y la calentaba en una olla con mantequilla de vaca hasta que creaba una melcocha que le daba a Afra junto con un pocillado de leche caliente.
Como doña Celsa nada que aparecía, Afra le pidió un café más a doña Minta. Sabía que no estaba teniendo otro ataque de asma, pero el miedo le agarrotaba la garganta de una forma muy similar. Temía que algo le hubiera pasado a Celsa, que alguien se hubiera enterado. No quería levantar más cadáveres, ni tener más sangre en sus manos. El segundo tinto ya no estaba tan caliente, y Afra se lo fue tomando de a tragos cortos mientras intentaba conversar de cualquier cosa con doña Minta. Entonces abrió la bolsa para sacar la blusita. Se la dio a la mujer por debajo de la mesa para que nadie viera, porque ya de cualquier cosa la gente sospechaba, sobre todo si la jueza andaba por ahí repartiendo ropa. Yo sé que a vos te gustó y te la quiero regalar porque seguro que te queda más bonita, le dijo Afra sin mirarla. Doña Minta entendió la despedida de la doctora, entonces cogió el pocillo en el que le había servido el tinto, lo enjuagó y se lo devolvió limpio como regalo. Ese pocillo donde Afra había tomado café desde su llegada a Carepa era muy parecido a los pocillos que tenía su mamá en el pueblo, cuando a ella de niña le hacían todas esas curas para el asma, antes de descubrir el polvo Isabar. Era de porcelana blanca, con el dibujo de una flor rosada en el costado y una letra china azul en la parte de abajo. Con ese pocillo iba Afra juiciosa camino al matadero de la mano de su papá. El recuerdo la sorprendió de nuevo como el rugido del animal olvidado en el monte. Ella, de siete años, ensangrentada hasta los ojos, sentada entre las vísceras calientes de una vaca que hacía unos minutos había estado viva. Una mano se acercaba a ella ofreciéndole el pocillo lleno de sangre. Era la misma mano que con un puñal había chuzado a la vaca para que de su pecho saliera el líquido caliente y oscuro como de una canilla. Era la misma mano que la había agarrado con delicadeza para meterla en el vientre recién abierto, expectante y maloliente. Afra estaba acostumbrada a esa mano morena con las venas brotadas. La mano de su papá. De ella recibía el pocillo, no le gustaba tragar la sangre pero confiaba. Tomátela, mija. No vayás a dejar nada, le advertía él. Y Afra se esmeraba. Era difícil pasar ese líquido caliente, tragárselo, pero ya el olor no la molestaba tanto. Casi se había vuelto reconfortante el sabor a hierro en la boca. Todo su cuerpo de niña se sentía bien, cómodo dentro del cadáver, calientico, arropado. Podía finalmente respirar profundo, sentir que no se ahogaba. Se tomaba la sangre feliz, como se toma el alimento, y se acomodaba mejor para que el costillar abierto del animal no le tallara. Se miraba las manos llenas de sangre y con ellas se embadurnaba los brazos y la barriga y los cachetes hasta quedar toda roja, toda parte del animal.
Para Afra, en ese recuerdo de su infancia, ella había estado sentada no en las entrañas de una vaca, sino en las entrañas mismas del animal del monte, ese que la perseguía rugiendo y de cuya sangre ella había sacado la fuerza para no morirse. En cambio, en ese momento en Carepa, Afra temía estar sentada en la panza de otro animal, en las entrañas inescrutables de una bestia que casi terminaba de tragársela viva. La sensación de la sangre de sus amigos en sus manos no se le quitaba, aunque se las mirara constantemente para vérselas limpias. Doña Celsa apareció por la esquina con cara de acontecida y se sentó en la mesa con Afra, mientras Minta atendía a los clientes alborotados. Ya todo estaba listo, le dijo Celsa, y Afra le pasó las llaves de su casa con el puño cerrado. Si la selva era un río, este andaba bravo y a Afra no le quedaba más salvamento que doña Celsa y su marido, don Chumilo. Ellos la sacarían del pueblo sin que nadie se diera cuenta. Celsa iría a su casa y bajaría a escondidas las bolsitas con su ropa, una por una para no levantar sospecha. Como doña Celsa era la mujer que le hacía el aseo a la casa de la jueza, era normal que saliera con bolsas de basura. Así sacaría las cosas de Afra para irlas montando a la camioneta de su marido. Luego, al otro día, don Chumilo iría por Afra y pararían en la cantina de Minta para que la gente escuchara que el señor iba a acompañar a la jueza a conocer unos charcos. Después la llevaría hasta el avión que la esperaba en Apartadó. Al llegar a Medellín, Afra planeaba renunciar a su puesto de jueza promiscua municipal del municipio de Carepa, pero mientras tanto esperaba disimulando una conversación cualquiera con Celsa. Quería decirle muchas cosas pero no sabía cómo sin que los oídos del pueblo la escucharan, porque Carepa se había convertido en un animal río con orejas y ojos por todos lados, inclemente y hambriento. Y se quería tragar a Afra porque Afra también tenía oídos y había escuchado lo que no se podía escuchar. Porque por primera vez en su corta carrera de jueza, Afra no tuvo que investigar nada, ya que la respuesta a todas sus preguntas le llegó una noche en el hilo de un chisme que se cogió mientras andaba recostada contra una de las columnas de afuera del Grill Discotec Las Manzanas.
Trataba de vadear un ataque de asma que empezaba a cerrarle la garganta, antes de poder subir las escaleras hasta su casa. Si se ahogaba más no iba a llegar ni al tercer peldaño, por lo que se recostó contra la columna y sin planearlo quedó medio escondida entre las sombras. Entonces sus oídos escucharon a dos tipos conversando mientras fumaban afuera, escucharon las palabras que dijeron quiénes habían sido los asesinos de los maestros, las palabras que dijeron por qué habían sido asesinados los maestros, las palabras que se oyeron como el rugido del animal desatado que sale del monte a buscar a su presa, y a Afra se le escapó un gemido. Un ruidito de la garganta que buscaba el aire en medio del miedo. Ella se quedó quieta, cobijada por la oscuridad de la columna más oscura que la de la noche; un instinto de supervivencia le dijo que era preferible morirse ahí ahogada que hacer otro ruido para tratar de respirar. Y Afra aguantó hasta que los tipos entraron de nuevo al local, pero ella estaba segura de que uno la había visto, tal vez la sombra tenue de su perfil dibujada en la calle, o la punta de su zapato o la correa de su carterita de cuero. Pero desde que pasó lo que pasó, Afra sabía que la perseguían ojos y orejas que miraban y escuchaban buscando matar.
El recuento de la investigación arrojó apenas los datos para el informe, pero nada más. Porque nada más se podía hacer en ese río verde de selva y rojo de sangre y negro de tantos cuerpos que se amontonaban en los cementerios improvisados, en las carpetas desordenadas de la Instrucción Criminal y en la memoria de Afra. Un grupo de paramilitares había llegado al corregimiento de Piedras Blancas, donde se estaban quedando los maestros. Estando allí los hombres armados habían hecho algunas llamadas usando la cabina telefónica y habían permanecido dos días y dos noches. Antes de irse, violaron a las dos maestras y a la directora de la escuela. Después de su partida, un grupo de guerrilleros enterado de las llamadas llegó al lugar y mató a todos por colaboradores de los paracos. Afra, como jueza promiscua municipal del municipio de Carepa, hizo el levantamiento. Les vio las caras a sus amigos, los cuerpos destrozados, tocó la sangre que había estado dentro de ellos y que ahora era apenas un reguero oscuro secándose bajo el sol siempre tan indiferente. Afra, como jueza promiscua municipal del municipio de Carepa, entrevistó a posibles testigos, pero lo hizo a medias porque sabía que nadie hablaría realmente, que el animal les respiraba a todos su aliento inmundo en la nunca, que el río se llevaría a todo el que abriera la boca. Afra, como jueza promiscua municipal del municipio de Carepa, redactó el informe en el que no escribió lo que sabía, lo que habían dicho las voces afuera del Grill Discotec Las Manzanas y que era la verdad más pura y dura. Afra, como jueza promiscua municipal del municipio de Carepa, se montó en la camioneta de don Chumilo y por única vez en su vida se echó la bendición para que en el viaje de media hora entre Carepa y Apartadó no fuera a llevársela el animal. En las manos sostenía el pocillo de doña Minta, y cuando lo miró lo vio lleno de sangre. Sangre del animal del monte, sangre de la gente que se tragó el animal del monte. Se sintió ahogada y le pareció que la boca le sabía a hierro, entonces trató de distraerse mirando el camino porque ya habían dejado atrás Carepa con sus dos calles y sus más cantinas que casas. Desde que pasó lo que pasó, Afra presentía que un aluvión de muertos se le vendría encima, un aluvión de cadáveres que no iba a dejarla en paz nunca. Entonces, a la vera del camino silencioso, los vio a todos, arrumados unos sobre todos los cuerpos de sus amigos sobre los cuerpos de todos los otros muertos: Jorge, Cecilia y Laura, la directora de la escuela, el chino que vendía los jugos en leche, el de la gasolinera, el hijo mayor de doña Celsa y don Chumilo, la muchacha esposa del dueño del Grill Discotec Las Manzanas y su amante que era guerrillero. Todos masticados, hasta ser irreconocibles, en el estómago del animal. Y, sin saber por qué, los muertos, en el ir y venir del agua roja de ese río que era la selva entera, la hicieron pensar en el artículo 719 del Código Civil que se sabía de memoria. Aluvión: Se llama aluvión el aumento que recibe la ribera de un río o lago por el lento e imperceptible retiro de las aguas. Desde ese momento en la camioneta de don Chumilo, ya vislumbrando los techos de Apartadó, Afra supo que lo que se formaba ante sus ojos era un aluvión de muertos, y supo que siempre iba a tener las manos ensangrentadas, sin importar con cuánta maña intentara lavárselas.
* Se publica por cortesía de Penguin Random House Grupo Editorial. Lina María Parra Ochoa. Autora de la novela La mano que cura (Editorial Tránsito y Alfaguara, 2023; Polilla Editorial, 2024) y de los libros de cuentos Malas posturas (Editorial Eafit, 2018) y Llorar sobre leche derramada (Animal Extinto, 2020). Cuentos suyos se han publicado en diferentes antologías, y parte de su obra ha sido traducida al italiano, el portugués, el francés y el griego.