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Lea uno de los relatos del nuevo libro de Salman Rushdie, “La penúltima hora”

En cinco relatos, la desbordante imaginación de Salman Rushdie vuelve a sus orígenes en la India y adopta un tono crepuscular. En librerías con el sello editorial Random House.

Salman Rushdie * / Especial para El Espectador

09 de febrero de 2026 - 10:00 a. m.
Tras el ataque sufrido en 2022, en el que casi pierde la vida y que relató en su anterior libro, "Cuchillo", Salman Rushdie, de 78 años de edad, regresa a la ficción. "La penúltima hora" es un retorno a las calles del Bombay de "Hijos de la medianoche", donde se reencuentra con viejos personajes de la novela de 1981, y completa un recorrido por los tres países donde ha vivido: India, Inglaterra y Estados Unidos. Se pregunta: ¿Nos dejamos llevar hacia la muerte o nos resistimos a ella? ¿Cómo nos despedimos de los lugares que han sido nuestro hogar?
Foto: Cortesía Random House
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La penúltima hora

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El día que Junior se cayó tuvo un comienzo como el de cualquier otro día: el aire ondeando por la explosión de calor, la luz del sol como un clamor de trompetas, el impetuoso oleaje del tráfico, los cánticos religiosos en la lejanía, la música de película barata subiendo del piso de abajo, los empellones pélvicos de una secuencia «especial» de baile en la película que un vecino tiene puesta en la tele; el llanto de un niño, la regañina de una madre, risas sin explicación, expectoraciones encarnadas, bicicletas, el pelo recién trenzado de unas colegialas, el olor a café cargado, un destello de alas verdes en un árbol. Senior y Junior, dos hombres muy viejos, abrieron los ojos en sus respectivas habitaciones en la cuarta planta de un edificio de color verde mar situado en una calle angosta y arbolada no muy lejos de Elliot’s Beach, donde al atardecer, como hacían siempre, los jóvenes se congregarían para llevar a cabo los rituales de la juventud, a escasa distancia de la aldea de los pescadores, que no tenían tiempo para frivolidades. Los pobres eran puritanos tanto de noche como de día. En cuanto a los viejos, tenían sus propios rituales y no precisaban esperar a que cayera la tarde. Con el sol asaeteándolos a través de las persianas, ambos viejos se pusieron trabajosamente en pie y salieron dando tumbos a sus contiguas galerías, los dos al mismo tiempo, como personajes de un cuento antiguo, atrapados en aciagas coincidencias e incapaces de hurtarse a las consecuencias del azar.

Se pusieron a hablar casi al momento. Sus palabras no eran nuevas. Se trataba de discursos rituales, saludos al nuevo día, ofrecidos en formato llamada-respuesta, como los rítmicos diálogos o «duelos» de los virtuosos de la música carnática durante las fiestas de cada mes de diciembre.

—Demos gracias de que somos gente del sur —dijo Junior, entre bostezo y desperezo—. Sureños somos, en el sur de nuestra ciudad en el sur de nuestro país en el sur de nuestro continente. Dios sea loado. Somos gente afable, lenta y sensual, no como esos antipáticos del norte.

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Senior, mientras se rascaba primero la tripa y luego el cogote, le contradijo una vez más.

—Primero —dijo—, el sur es algo ficticio; si existe es solo porque la gente ha convenido en llamarlo así. ¡Supón que los hombres hubieran imaginado la Tierra al revés! Entonces seríamos norteños. El universo no entiende los conceptos «arriba» o «abajo»; un perro, tampoco. Para un perro no hay norte ni sur. Y, segundo, tú no eres muy afable de carácter, y cualquier mujer se reiría en tu cara oyéndote decir que eres sensual. Aunque, eso sí, lento lo eres y mucho.

Así eran aquellos dos: discutían, se lanzaban el uno contra el otro como ancianos luchadores sujetos entre sí por el tobillo del pie izquierdo. Y la cuerda que con tal fuerza los sujetaba eran el nombre. Por casualidad —cosa que ellos habían dado en considerar el «destino», o, como lo llamaban más a menudo, una «maldición»—, compartían nombre, un nombre muy largo como tantos en el sur, un nombre que ninguno de los dos se molestaba en pronunciar. Por el hecho de proscribir el nombre, de reducirlo a su inicial, V., hacían invisible la cuerda que los unía, pero eso no significaba que no existiera. Las semejanzas entre ellos iban más allá: ambos tenían la voz aguda, ambos eran de constitución enjuta y estatura media, ambos eran miopes, y, tras muchos años ufanándose en la calidad de sus dientes, ambos habían tenido que rendirse a la humillante inevitabilidad de los dientes postizos; pero era el nombre no utilizado, aquel simétrico V., el Nombre Que No Se Podía Pronunciar, lo que los unía desde hacía decenios.

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No obstante, cumplían años en días diferentes. Uno era diecisiete días mayor que el otro. Seguramente de ahí vino lo de «Senior» y «Junior», pese a que hacía tanto tiempo que esos apodos estaban en uso que nadie era capaz de recordar quién fue al que se le ocurrió echar mano de ellos. Así pues, se habían convertido en V. Senior y V. Junior para siempre jamás, discutidores hasta la muerte. Tenían ochenta y un años. Si la vejez se consideraba algo así como el crepúsculo de un día que terminaba en el olvido perpetuo de la medianoche, el reloj de ambos señalaba más allá de la undécima hora.

—Tienes una pinta horrorosa —le dijo Junior a Senior, como hacía todas las mañanas—. Parece que no estuvieras esperando otra cosa que morirte.

Senior —asintiendo con gesto serio y hablando asimismo conforme a la tradición compartida—, respondió:

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—Mejor eso que tener, como tú, pinta de que todavía no has empezado a vivir.

Ninguno de los dos dormía bien. Ambos utilizaban camas duras sin almohada, y, tras los párpados cerrados, pensamientos inquietantes discurrían en direcciones opuestas. De los dos, Senior había tenido sin duda una vida más plena. Era el más joven de diez hermanos —varones todos—, todos los cuales habían tenido éxito en la profesión elegida: atletas, científicos, profesores, sacerdotes. Él, Senior, había empezado como campeón universitario de carreras de larga distancia para luego acceder a un cargo importante en la compañía ferroviaria; durante años había viajado en tren, cubriendo decenas y decenas de miles de kilómetros, para asegurarse, y asegurar a las autoridades, de que se estaban manteniendo los debidos niveles de seguridad. Había desposado a una mujer buena y engendrado seis hijas y tres hijos, cada uno de los cuales había resultado ser muy fértil a su debido tiempo, proporcionándole nada menos que treinta y tres nietos. Sus nueve hermanos habían procreado un total de treinta y tres hijos más, sus sobrinos y sobrinas, quienes a su vez le habían proporcionado no menos de ciento once nuevos parientes. Para muchos hombres, esto habría sido prueba de buena fortuna, pues un hombre bendecido con doscientos cinco familiares era sin duda alguna rico, pero la abundancia había regalado a alguien propenso a la ascesis como Senior una leve pero permanente jaqueca.

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—Si yo hubiera sido estéril —le decía a Junior con frecuencia—, qué vida tan apacible habría tenido.

Tras jubilarse Senior había entrado a formar parte de un grupo de diez amigos que se reunían a diario para hablar de política, ajedrez, poesía y música en una cafetería Besant Nagar. Varios de sus comentarios sobre dichos temas habían sido publicados en el excelente periódico que se imprimía en la ciudad. Entre sus amigos se contaba el redactor jefe del diario en cuestión, así como otro periodista de la publicación, celebrada figura local, un tanto cabeza loca y dado a la bebida, pero creador de caricaturas políticas maravillosamente grotescas. Luego estaba también el mejor astrólogo de la localidad, que había estudiado para astrónomo pero que acabó convencido de que los auténticos mensajes de los astros no podían llegar por la vía de un telescopio; también un individuo que durante años fuera el encargado de dar el pistoletazo de salida en las muy concurridas carreras de caballos; y así sucesivamente. Senior había disfrutado mucho en su compañía; a su mujer le decía que era una gran cosa para un hombre tener amigos de los que cada día podía aprender algo nuevo. Pero ahora todos estaban muertos. Uno detrás de otro sus amigos habían acabado en el crematorio, y la cafetería que podría haber servido para mantener vivo su recuerdo había sido demolida.

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De los diez hermanos solo quedaba él, y sus cuñadas habían fallecido también tiempo atrás. Incluso su bondadosa cónyuge había muerto, y Senior, ya anciano, había vuelto a casarse, por mediación de agente matrimonial, con una viuda que tenía una pata de palo. Fue una unión de conveniencia para ambos, y ambos quedaron descontentos con la misma. Se vieron atrapados, no en una soledad desdichada sino en una desdichada convivencia. Él la trataba con una irritabilidad que sorprendió a sus hijos y nietos. «Como a mi edad no tenía muchas opciones —le decía, con despecho, a su esposa—, me tocaste tú». Ella se desquitaba desoyendo hasta sus más simples peticiones, incluso si era un vaso de agua, cosa que ninguna persona civilizada debería negarse a dar cuando se le pide. La mujer se llamaba Aarthi, pero él no se dirigía a ella por su nombre ni por un diminutivo o un término cariñoso. Para él siempre era «Mujer» o «Esposa».

AME5726. CARTAGENA (COLOMBIA), 31/01/2025.- El escritor británico-estadounidense de origen indio, Salman Rushdie, habla junto al escritor colombiano, Juan Gabriel Vásquez, durante la segunda jornada de la vigésima edición del Hay Festival este viernes, en Cartagena (Colombia). Rushdie quien es el invitado especial del vigésimo Hay Festival de Cartagena dijo que a pesar del apuñalamiento que sufrió en 2022 siguió "siendo el escritor" que siempre quiso ser. EFE/ Ricardo Maldonado Rozo
Foto: EFE - Ricardo Maldonado Rozo

Soportó los múltiples problemas de salud de los muy viejos: las penurias diarias de tripas y uretra, de espalda y rodillas, la mirada cada vez más lechosa, los problemas respiratorios, las pesadillas nocturnas, el lento declinar de la máquina blanda. Sus días quedaron reducidos a una tediosa inactividad. En tiempos, para pasar el rato, había dado clases de matemáticas, de canto, de los Vedas. Pero sus alumnos se habían marchado. Solo le quedaba la mujer de la pata de palo, el televisor que veía borroso… y Junior. No era ni mucho menos suficiente. Cada mañana se lamentaba de no haber muerto durante la noche.

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De los doscientos cinco miembros más jóvenes de la familia una buena cantidad estaba ya criando malvas. Había olvidado exactamente cuántos de ellos, y sus nombres, inevitablemente, se le escapaban. De los que aún vivían muchos iban a verle y le trataban con dulzura y preocupación. Cuando él decía que estaba listo para morir, cosa que ocurría a menudo, sus rostros adquirían expresiones dolidas, sus cuerpos parecían derrumbarse o tensarse, según la naturaleza de cada cual, y entonces le hablaban con palabras de ánimo y, por supuesto, muy compungidos, de lo valioso de una vida tan llena de amor. Pero a él el amor, como todo lo demás, empezaba a fastidiarle. La suya, pensaba, era una familia de mosquitos, un ruidoso enjambre, y el amor era su molesta picadura.

—Lástima que no hayan inventado también una espiral para ahuyentar a los parientes —le dijo a Junior—. O una mosquitera para que no se te acerquen a la cama…

Para Junior su vida había sido una decepción. Él no esperaba ser alguien común y corriente. Sus padres le habían consentido mucho y le habían inculcado un sentido de destino y de privilegio, pero él había resultado ser un individuo mediocre, condenado por unos logros académicos de poca monta a una vida de empleado administrativo en las oficinas de la compañía del agua. Sus no mediocres sueños, de largos viajes por carretera, línea férrea o avión, habían quedado atrás; pero, pese a ello, no era una persona infeliz. Descubrir que se es víctima del mal incurable de la mediocridad puede intimidar a cualquiera, pero él, gracias a su vivacidad, puso al mal tiempo buena cara, siempre con una sonrisa a punto para todos.

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Aun así, a pesar de su aparente entusiasmo por la vida, en la sección de energía parecía haber alguna deficiencia. Junior nunca tenía prisa, pero es que andaba muy despacio, así lo había hecho desde los ya remotos años de su juventud. Abominaba del ejercicio físico y sentía cierta debilidad por hacer bromas bienintencionadas a expensas de quienes se dedicaban a ello. Tampoco se interesaba por la política ni por la omnipresente cultura popular del cine y la música que generaba. En lo importante, Junior nunca había sido partícipe del desfile de la vida. No se había casado. Los grandes acontecimientos de ocho décadas habían logrado tener lugar sin que él aportara ni un solo granito de arena. Había contemplado sin inmutarse cómo caía un imperio y nacía una nación, evitando siempre expresar su opinión sobre el particular. Era un hombre a una mesa de trabajo pegado. Para él mantener el flujo de agua de la municipalidad era ya desafío suficiente. Sin embargo, daba toda la impresión de ser una persona para quien vivir continuaba siendo algo placentero. Dado que era hijo único, eran pocos los parientes que podían velar por él en su ancianidad. La numerosísima familia de Senior lo había adoptado mucho tiempo atrás, le llevaban merienda y se ocupaban de sus necesidades.

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El tema de la pared divisoria entre las viviendas contiguas de Senior y Junior salía a veces a relucir durante las visitas de la inmensa parentela del primero: si no estaría bien tirarla abajo para que los dos viejos pudieran compartir la vida más fácilmente. Pero sobre este asunto, tanto Junior como Senior opinaban lo mismo.

—¡Ni hablar! —decía Junior.

—Eso ni muerto —apostrofaba Senior.

—Y una vez muerto, ya me diréis para qué tanto lío —decía Junior, como si ello zanjara la cuestión.

La pared de marras se quedó donde estaba.

Junior tenía un amigo veinte años más joven que él, un hombre llamado D’Mello, colega suyo de los tiempos de la compañía del agua. D’Mello se había criado en otra ciudad, Mumbai, la legendaria ciudad del caos, urbs prima in Indis, y había que hablarle en inglés. Siempre que D’Mello iba a visitar a Junior, Senior se ponía de morros y se negaba a hablar pese a que, interiormente, estaba orgulloso de su pericia en lo que él llamaba «la lengua número uno del mundo». No quería admitir los motivos de su enfurruñamiento, su doble resentimiento, primero por la intromisión en el ritmo de su belicosa intimidad con Junior, y en segundo lugar por la irrupción a sus años de tanta vitalidad, cosa que le recordaba a aquellos amigos parlanchines fallecidos tiempo atrás. Junior lo comprendía, y procuraba que Senior no se diera cuenta de la ilusión con la que esperaba las visitas de D’Mello, porque este exudaba una suerte de brío cosmopolita que Junior encontraba estimulante. D’Mello siempre venía con historias que contar, unas veces eran quejas airadas por injusticias contra los pobres en un suburbio de Mumbai, otras eran graciosas anécdotas de los personajes que se solazaban en el Wayside Inn, el famoso bar de Mumbai en la zona de Kala Ghoda, así llamada por una ya desaparecida estatua ecuestre, «el barrio del Caballo Negro del que el caballo negro ha sido desterrado».1 D’Mello se enamoraba de estrellas de cine (a distancia, naturalmente) y aportaba pormenores escabrosos sobre la matanza llevada a cabo por un loco en el barrio de Trombay. «¡Y el malhechor todavía anda suelto!», exclamaba tan feliz. Su conversación estaba siempre salpicada de nombres maravillosos. Worli Sea Face, Bandra, Hornby Vellard, Breach Candy, Pali Hill. Esos lugares sonaban absolutamente más exóticos que las prosaicas localidades a que Junior estaba acostumbrado: Besant Nagar, Adyar, Mylapore.

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La historia más desgarradora de cuantas D’Mello contaba de Mumbai era la del gran poeta de la ciudad, que había sucumbido a la enfermedad de Alzheimer. El poeta seguía yendo a pie cada día a su despacho infestado de revistas sin saber por qué iba allí. Sus pies conocían el camino, de modo que iba hasta el despacho, se sentaba mirando al vacío hasta que era hora de volver a casa y luego sus pies se encargaban de devolverlo a su destartalada vivienda por entre la multitud que se aglomeraba frente a la estación de Churchgate, los vendedores de jazmín, los golfillos buscándose la vida, el rugir de los autobuses BEST, las muchachas en sus Vespas, los perros hambrientos que todo lo olfateaban.

Cuando D’Mello estaba presente, y hablando, Junior tenía la sensación de estar viviendo una vida muy diferente, una vida de acción y de colorido, la sensación de estar transformándose, vicariamente, en la clase de hombre que había sido antaño, dinámico, apasionado, comprometido con el mundo. Senior, a quien no se le escapaba el brillo en los ojos de Junior, se ponía inevitablemente de mal humor. Un día en que D’Mello estaba hablando de Mumbai y sus gentes con el fervor gesticulante que le caracterizaba, Senior rompió su voto de silencio y le espetó, en inglés:

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—¿Cómo es que tu cuerpo no regresa allí, si la cabeza ya la tienes en otra parte?

Pero D’Mello negó con gesto tristón. Él no tenía ya ningún vínculo con su ciudad natal. Mumbai continuaba siendo su hogar únicamente en sueños y en su conversación.

—Moriré aquí —le contestó a Senior—, en el sur, entre fruta agria como tú.

La mujer de Senior, la señora de la pata de palo, fue incrementando sus medidas de venganza contra el esposo que no la amaba llenando de parientes su hogar conyugal. Y es que ella también provenía de una familia compuesta por centenares de personas, y lo primero que hizo fue invitar a sus parientes jóvenes, los sobrino-nietos y las sobrina-nietas, con sus mujeres y esposos respectivos y, cómo no, también los críos. La presencia en el pequeño apartamento de enormes cantidades de bebés, niños pequeños de ambos sexos, vivarachas niñas de cola de caballo y lentos muchachos rollizos satisfacía sus ambiciones matriarcales y —lo cual le causaba gran satisfacción— sacaba de quicio a Senior. Lo que más le ponía de los nervios eran los bebés políticos. Los bebés políticos agitaban sus sonajeros, se reían como bobos y chillaban con sus grititos de bebé. También dormían, y entonces Senior no debía hacer ruido porque de lo contrario se despertaban, y entonces no conseguía oír sus propios pensamientos. Comían, defecaban, vomitaban, y el pestazo a excrementos y vómito no desaparecía aunque las visitas y sus bebés se hubieran ido, todo ello mezclado con un olor que aún disgustaba más a Senior: el de los polvos de talco.

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—Al final de la vida —se quejaba a Junior, en cuyo piso se refugiaba a menudo de las berreantes hordas de parientes consanguíneos, los suyos y los de su mujer—, nada apesta tanto como los olores del dulce comienzo de la vida, los baberos y las cintitas y los biberones con leche maternizada, y los pedos de los traseros empolvados de talco.

Junior no pudo evitar replicar:

—Pronto no podrás valerte por ti mismo, necesitarás que alguien te ayude con tus funciones naturales. La condición de bebé no es solamente nuestro pasado, sino nuestro futuro también.

A juzgar por la furibunda expresión en el rostro de Senior, las palabras de Junior habían dado en el clavo.

Y es que ambos eran personas afortunadas. No estaban ni ciegos del todo ni sordos del todo, y el cerebro no les había traicionado como al poeta de Mumbai. Los alimentos que tomaban eran blandos y de fácil digestión, pero no papilla para viejales. Por encima de todo se apañaban solos, eran capaces de bajar despacio las escaleras de su edificio hasta la calle una vez a la semana y luego, arrastrando los pies y con ayuda de bastones y frecuentes pero breves paradas para descansar, hasta la estafeta de correos, que era donde cobraban la pensión. No tenían ninguna necesidad de hacerlo. Muchos de los jóvenes que pululaban por el piso de Senior, obligando a este a ir al piso de al lado para discutir con Junior, habrían ido corriendo a hacer efectivos los cheques de aquellos dos frágiles caballeros. Pero a los caballeros no les daba la gana de que los jóvenes les hicieran ese favor. Cobrar uno mismo su pensión era una cuestión de orgullo; en esto era prácticamente en lo único que ambos estaban de acuerdo: recorrer el camino echando el bofe hasta el mostrador donde, tras una rejilla metálica, un empleado del servicio postal esperaba para entregarles la cantidad semanal que cobraban a cambio de toda una vida de trabajo. «Se le nota en la cara el respeto que nos tiene», le decía Senior a Junior en alta voz, y Junior no decía esta boca es mía, porque lo que él veía al otro lado de la rejilla era más bien una expresión de tedio o quizá de desprecio.

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Para Senior la excursión a la estafeta era un acto de validación; aquella cantidad semanal, por pequeña que fuese, hacía honor a sus actos, transmutando en billetes de banco la gratitud de la sociedad hacia su persona. Junior veía el viaje semanal más como un desafío. «Yo a usted le importo un pimiento —le había soltado una vez al rostro tras la rejilla—. Para usted no significa nada contar el dinero. Pero cuando le llegue la hora de estar donde estoy yo, entonces lo comprenderá». Uno de los escasos privilegios de la ancianidad era que a uno se le permitía decir exactamente lo que pensaba, incluso a desconocidos. Nadie te decía que te callaras la boca, y eran pocos los que tenían arrestos para replicar. «Piensan que pronto estaremos muertos —se decía Junior a sí mismo— y que por eso no merece la pena ponerse a discutir con nosotros».

Entendía muy bien el motivo de que el empleado de la estafeta los mirara con desprecio. Era el desdén de la vida hacia la muerte.

El día en que Junior se cayó, Senior y él se pusieron en marcha a la hora de costumbre, es decir a media mañana. El año tocaba a su fin. Los cristianos locales, D’Mello incluido, acababan de celebrar el nacimiento de su profeta, y la subsiguiente proximidad de la Nochevieja, con sus promesas de futuro —de un futuro, a decir verdad, interminable, repleto de nocheviejas que se extendían hasta el infinito—, tenía a Senior fastidiado. «O me muero en los próximos cinco días, o sea que no habrá fin de año para mí —le dijo a Junior—, o empezará un año nuevo en el que sin duda me llegará la hora, lo cual es una perspectiva muy poco halagüeña». Junior suspiró. «Tu pesimismo y tu fatalismo —gimoteó—, me llevarán a la tumba». La frase les hizo tanta gracia a los dos que se echaron a reír a carcajadas, hasta el punto de tener que parar porque se quedaban sin resuello. En ese momento estaban bajando las escaleras del edificio donde vivían, de modo que las risas no estaban exentas de peligro. Se aferraron a las barandillas, jadeando. Junior estaba un poco más abajo que Senior, pasado el descansillo de la segunda planta. Así era como tenían costumbre de bajar, con cierta distancia entre ambos para que si uno de los dos se caía, no arrastrara al otro con él. Dada la poca firmeza de sus pasos, no podían fiarse el uno del otro. La confianza era otra de las víctimas de la tercera edad.

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Una vez en el patio delantero se detuvieron brevemente junto al árbol lluvia de oro que allí crecía. Ambos lo habían visto desde que era apenas un retoño hasta los más de quince metros de alto que medía ahora. Crecía deprisa, y aunque ninguno de los dos lo decía, ese rápido crecimiento los turbaba, puesto que era indicativo de la velocidad con que pasaban los años. Laburno de la India, se le llamaba también, un nombre entre muchos nombres; en el sur se lo conocía como konrai, en el norte era amaltas, Cassia fistula en el lenguaje de flores y árboles. «Ya ha parado de crecer —dijo Junior, en tono aprobador—, a buen seguro ha comprendido que la eternidad es mejor que el progreso. A los ojos de Dios, el Tiempo es eterno. Es algo que hasta los animales y los árboles pueden entender. Solo el hombre tiene la ilusión de que el Tiempo se mueve». Senior soltó un bufido y dijo: «El árbol ha parado simplemente porque eso está en su naturaleza, lo mismo que lo está en la nuestra. Nosotros también pararemos uno de estos días».

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Se encasquetó el trilby gris y abrió la cancela para salir al callejón. Junior iba con la cabeza descubierta y casi siempre llevaba un veshti blanco, una camisa larga a cuadros y una sandalias, pero a Senior le gustaba ir a la estafeta de correos vestido a la occidental, con su traje y su corbata y esgrimiendo un bastón con contera de plata, como el hombre de aquella canción de music-hall que le gustaba, el que paseaba por el Bois de Boulogne con aire de autosuficiencia, el Hombre que Hizo Saltar la Banca en Monte Caaar-lo.

De la sombra del callejón pasaron al deslumbrante sol de la calle, donde el ruido del tráfico ahogaba por completo la suave música del mar. La playa estaba a solo cuatro manzanas, pero eso a la ciudad le daba lo mismo. Junior y Senior pasaron arrastrando los pies por delante de la tienda de homeopatía, la farmacia donde podías comprar medicamentos sin receta alguna, la tienda para todo con sus tarros de frutos secos y chiles, sus latas de mantequilla clarificada y quesos de importación, y la caseta de libros donde se exponían ediciones pirata sin el menor pudor, y levantaron la vista hacia el semáforo de unos cien metros más allá. Cuando llegaran, tendrían que cruzar la ciudad sin ley de la calle principal, donde pugnaban por hacerse un hueco hasta una docena de formas de transporte. Después torcer a la izquierda, luego otros cien metros andando, y ya estarían en la oficina postal. Un recorrido de cinco minutos para los jóvenes, media hora mínimo tanto al ir como al volver para los dos ancianos. El sol lo tenían detrás, e iban los dos a paso de tortuga mirando sus propias sombras, una junto a la otra en la acera polvorienta. «Como dos enamorados», pensaron ambos, pero ni el uno ni el otro abrieron la boca; la discrepancia estaba demasiado arraigada entre ellos como para permitirles expresar una idea tan entrañable.

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Más tarde, Senior lamentó no haber hablado. «Él era mi sombra —le dijo a la mujer de la pata de palo—, y yo soy la suya. Dos sombras, cada una haciendo sombra a la otra, a eso es a lo que nos vimos reducidos. Los viejos se mueven por el mundo de los jóvenes como sombras, invisibles, no importan a nadie. Pero las sombras se ven las unas a las otras y saben quiénes son. Así ocurría con nosotros. Sabíamos, permite que lo exprese así, quiénes éramos. Y ahora soy una sombra sin sombra a la que dar sombra. Él, que me conocía, nada sabe ahora y por lo tanto no me conoce nadie. ¿Qué otra cosa es la muerte, mujer?».

«El día que dejes de hablar —replicó ella—. El día en que estas tontadas dejen de salir de tu boca. Cuando tu boca propiamente dicha haya sido devorada por el fuego. Ese será el día». Era lo máximo que ella le había dicho durante más de un año, y Serior dedujo de ello que su mujer le odiaba y lamentó que hubiera sido Junior el que se cayera.

Sucedió por culpa de las chicas de la Vespa, las chicas con su Vespa nueva que se dirigían a la universidad, las coletas horizontales al viento mientras avanzaban entre risas camino del homicidio. Senior tenía grabados en la memoria los rostros de las chicas, la larguirucha que conducía el escúter y su amiga más rolliza que iba detrás agarrada a ella como si le fuera la vida en ello. Pero la vida, para personas así, era de usar y tirar, como una prenda desechada tras un solo uso, como la música que escuchaban, como las cosas que pensaban. Así las juzgaba él, y cuando descubrió más adelante que las chicas no eran en absoluto como las había catalogado injustamente, ya era tarde para hacerle cambiar de parecer. Eran dos estudiantes serias, la delgada de ingeniería eléctrica y la otra de arquitectura, y, lejos de mostrarse impasibles ante el accidente, ambas fueron presa de una terrible conmoción agravada por el sentimiento de culpabilidad. Tras el suceso se las pudo ver a diario, durante semanas, plantadas en la acera frente al edificio de Junior, cabizbajas en un gesto de expiación, esperando un perdón que no llegaba. Y es que no había nadie para perdonarlas; el que lo habría hecho había muerto, y el que podía haberlo hecho no quería. Un altivo Senior las miraba con no disimulado desdén. ¿Qué creían ellas que era una vida humana?, ¿tan fácil les parecía comprarla? No, señor. Que se tiraran allí de pie un millar de años, ni con eso sería suficiente.

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La Vespa se había bamboleado, eso era innegable; su joven conductora tenía poca experiencia y la motocicleta se había bamboleado muy cerca, demasiado, de donde estaba Junior esperando para cruzar la calle. Últimamente se venía quejando de debilidad en los tobillos. Un día había dicho: «A veces, cuando me levanto de la cama, me parece que no podrán aguantar mi peso». También había dicho: «A veces, cuando bajo las escaleras, temo que se me tuerza un tobillo. Nunca me habían preocupado los tobillos, pero ahora sí». Senior, fiel a la tradición, había contestado como el antagonista que era: «Preocúpate de tu interior. Los riñones o el hígado dirán basta mucho antes de que te falle un tobillo».

Pues no, se había equivocado. La Vespa se acercó tanto, que Junior dio un salto hacia atrás. Al apoyar el peso en su pie izquierdo, el tobillo se le había torcido, sí, lo que provocó un segundo medio salto al intentar Junior ponerse a salvo. O sea que como caída fue bastante extraña, más bien un saltito y un patinazo, pero al final vino el costalazo. Al vencer su cuerpo hacia atrás, la cabeza de Junior chocó con la acera, no un golpe para quedar sin sentido, pero sí bastante fuerte. Se oyó cómo el aire escapaba de sus pulmones al estrellarse contra el suelo.

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Senior estaba demasiado ocupado gritándoles a las aterradas muchachas de la Vespa, llamándolas asesinas y cosas peores, como para fijarse en el momento en que pasó esa cosa que a todos ha de pasarnos al final, cuando el último hálito escapa de nuestra boca y se disuelve en aire fétido. «El espíritu, o como quieras llamarlo —solía decir Junior—. Yo no creo en un alma inmortal, pero tampoco creo que seamos solo carne y hueso. Creo en un alma mortal, lo que sería nuestra esencia no corpórea, siempre acechando cual parásito dentro de nuestra carne, floreciendo cuando nosotros florecemos y muriendo cuando morimos». En sus creencias religiosas, Senior era más convencional. Leía a menudo los textos antiguos y el sonido del sánscrito era para él algo así como la música de las esferas; la sutileza y hondura de aquellos escritos, que eran capaces de poner en duda incluso si el propio ente creativo entendía lo que había creado. En tiempos había debatido sobre dichos textos con sus alumnos, pero hacía mucho que no tenía ningún alumno y eso le había hecho guardarse para sí su punto de vista personal sobre las grandes cuestiones del ser. La ambigüedad de los textos antiguos le proporcionaba alegría; en comparación, el invento de Junior de un alma mortal era una banalidad de filósofo aficionado.

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Así pensaba Senior, y, despotricando como estaba, se perdió la reveladora nubecilla de vapor que podría haberle persuadido de repensar las cosas. Un segundo después Junior ya no existía, solo era un cuerpo en la acera, un cadáver del que deshacerse antes de que el calor de los trópicos lo volviera hediondo. Solo quedaba una cosa por hacer. Senior metió la mano en el bolsillo de su amigo y sacó el talón de la pensión. Luego, tras enviar a las chicas de la Vespa a su piso para que informaran de lo sucedido a su mujer y sus parientes, se dispuso a llevar a cabo él solo su cometido. Habría tiempo de sobra para rendir respeto a la muerte. En la tradición de los lyers, o aiyars, de Palakkad, de quienes tanto Junior como él descendían, los rituales en honor de los muertos duraban trece días.

A la mañana siguiente en el sur del planeta, lejos de la ciudad natal de Senior, pero tampoco muy lejos, se produjo un fuerte terremoto bajo la superficie del océano, y las turbulentas aguas, respondiendo a los estertores del subsuelo con un estertor propio, se juntaron para formar una serie de enormes olas y proyectar su dolor por todo el globo terráqueo. Dos de estas olas inmensas atravesaron el océano Índico y a las siete menos cuarto de la mañana Senior notó que su cama empezaba a temblar. Fue una violenta y desconcertante vibración, pues en aquella ciudad jamás había habido un terremoto. Senior se levantó de la cama y salió a la galería. La galería de al lado, cómo no, estaba desierta. Junior ya no vivía. Ahora era solo cenizas. Todos los vecinos habían salido al callejón vestidos de cualquier manera, muchos con mantas sobre los hombros. Todo el mundo tenía una radio encendida. El epicentro del seísmo se había localizado en la lejana isla de Sumatra. Los temblores cesaron y la gente volvió a sus quehaceres diarios. Dos horas y cuarto más tarde llegó la primera ola gigante.

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El litoral quedó arrasado. Elliot’s Beach, Marina Beach, las casas de primera línea de playa, los coches, las Vespas, la gente. A las diez de la mañana el mar atacó por segunda vez. La cifra de muertos aumentó. Los muertos que el mar se llevó consigo y no fueron encontrados, los muertos varados en lo que quedó de arenales, los muertos descoyuntados, muertos por todas partes. Las olas no llegaron al edificio de Senior, el callejón no sufrió desperfectos. No hubo víctimas. Todos estaban vivos.

Salvo Junior.

Fue una suerte que las olas llegaran a Elliot’s Beach por la mañana. De lo contrario, los jóvenes románticos que reían y flirteaban allí a partir de que caía la tarde habrían muerto ahogados. Así pues, amigos y enamorados sobrevivieron. Menos suerte corrieron los pescadores. Nochikuppam, que así se llamaba la aldea de pescadores vecina, quedó borrada del mapa. Aguantó un templo ubicado en la costa, pero las cabañas de los pescadores, los catamaranes y gran parte de las familias no sobrevivieron. A partir de aquel día los pescadores que habían quedado con vida empezaron a decir que odiaban el mar y se negaron a embarcarse de nuevo. Durante bastante tiempo en los mercados apenas si había pescado que comprar.

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A Senior no le gustaba la palabra japonesa tsunami que todo el mundo empleaba para referirse a aquellas aguas mortales. Para él las olas eran la Muerte misma, no necesitaban otro nombre. La Muerte había venido a esta ciudad, había venido a recolectar y se había llevado a Junior y a muchos desconocidos. El paso de las olas mortales hizo crecer en torno a Senior, como un bosque, los ruidos y los actos que inevitablemente siguen a una catástrofe, el buen comportamiento de la gente buena, el mal comportamiento de los desesperados y los poderosos, las muchedumbres avanzando sin rumbo. Senior se sentía perdido en el bosque aquel, no veía otra costa que la galería desierta del piso de al lado y, en el callejón, las dos chicas cabizbajas. Llegaron noticias de que D’Mello estaba entre los desaparecidos. Tal vez no había muerto. Tal vez había vuelto, por fin, a su ilustre ciudad de Mumbai en la otra cosa del país, esa ciudad que no pertenecía al norte ni al sur sino que era una localidad de frontera, el más grande y más maravilloso y más horrendo de tales lugares, la megalópolis de las tierras fronterizas, el lugar de en medio. O bien podía ser que D’Mello se hubiera ahogado y que la Muerte, al engullirlo, hubiese negado a su cuerpo la dignidad cristiana de una tumba.

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Él, Senior, era quien había pedido morirse. La Muerte, sin embargo, lo había dejado con vida, se había llevado consigo a muchos otros, incluso a Junior y a D’Mello, pero sin tocarle a él ni un pelo. El mundo no tenía ningún sentido. Ni sentido ni significado, pensaba él. Los textos eran vacíos y sus ojos estaban ciegos. Es posible que dijera algo de esto en voz alta. Puede incluso que gritara. Las chicas de la Vespa estaban mirando hacia arriba desde el callejón, y las aves verdes del árbol lluvia de oro estaban inquietas. De súbito, Senior se imaginó que al otro lado, en la galería desierta contigua a la suya, había visto moverse una sombra. Entonces exclamó «¿Por qué a mí no?», y en respuesta una sombra había parpadeado allí donde Junior solía ponerse.

La muerte y la vida no eran sino galerías contiguas. Senior estaba en una de ellas como hacía siempre, y en la otra, fiel a la tradición de muchos años, se encontraba Junior, su sombra, su tocayo, llevándole la contraria.

* Se publica por cortesía de Penguin Random House Grupo Editorial. Salman Rushdie (Bombay, 1947), es autor de numerosos libros, de entre los que destacan “Hijos de la medianoche” -que ganó el premio Booker en 1981, el «Booker de los Booker» en 1993 y, en 2008, «el Mejor de los Booker»-, “Los versos satánicos”, “El último suspiro del moro”, “Joseph Anton” y “Quijote”. Ha sido galardonado con el Grinzane Cavour y el Premio Nacional de las Artes de Estados Unidos, además de otros muchos premios. En 2007 fue nombrado Caballero del Imperio Británico por su contribución a la literatura. Miembro de la Royal Society of Literature y Commandeur dans l’Ordre des Arts et des Lettres, y abanderado en la lucha por la libertad de expresión, en 2022 sobrevivió a un ataque sufrido mientras dictaba una conferencia en el estado de Nueva York.

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Por Salman Rushdie * / Especial para El Espectador

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