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Leandro Díaz o la esencia del vallenato (Tintas en Parranda)

El compositor guajiro, considerado uno de los juglares del vallenato, tuvo una relación cercana con la literatura desde niño cuando le leían a Jorge Isaacs o a Rafael Pombo. La canción de "La diosa coronada" fue un capítulo que lo acercó a Gabriel García Márquez, quien iba a llamar así a la novela que después se conocería como "El amor en los tiempos del cólera".

Andrés Osorio Guillott

03 de noviembre de 2019 - 07:07 p. m.
La virtud de Díaz fue, al igual que la de su aliado en la cultura del Caribe, Gabriel García Márquez, convertir la cotidianidad y las costumbres populares en mitos fundacionales, en leyendas que configuraron una oralidad y que fueron transmitiéndose de voz en voz y de generación en generación. / Ilsutración: Jonathan Bejarano
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“La poesía está plagada de metamorfosis. No solo de su propia esencia, sino también de sus orígenes y destinos. La poesía está en el verso, en el alba, en el beso, en la protesta, en la guitarra. La poesía se canta desde la Grecia antigua, y desde entonces se ha cantado en iglesias, se ha susurrado en camas y se ha realizado en soledades y algunas derrotas. La poesía del bolero y la ranchera es la poesía que experimentó y acogió Leandro Díaz en aquellas tardes en que su tía Erótida Duarte le entonaba y le leía las canciones que atravesaron las fronteras y el mar Atlántico que se halla en medio de México y Colombia.

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Las sabanas, los macondos, las piraguas, las brisas del agua y de los fogones que calientan los sancochos al borde de los riachuelos. Las travesías, que fueron todas, que fueron así desde que tenía uso de razón y comprendió que la visión no iba a ser uno de sus sentidos, tampoco uno de sus impedimentos, sino una de tantas ausencias que se vieron suplidas por otras habilidades mucho más desarrolladas o por otras compañías e imágenes que se creaban en su cabeza con más definición e inocencia que la de cualquier otro ser humano, fueron vivencias y también pinceladas de estrofas que nacieron en notas altas, en voces que no tenían rostro, que sugerían con el acompañamiento de unas palmas y de un acordeón que expulsaba ondas metálicas las historias de los vallenatos que años después se cantarían para olvidar los amores desdichados o para reafirmar las pasiones de corazones que coincidieron en bienaventuranzas y romances.

Del especial Tintas en Parranda. lo invitamos a leer: Octavio Daza: el poeta y guerrero del vallenato

La virtud de Díaz fue, al igual que la de su aliado en la cultura del Caribe, Gabriel García Márquez, convertir la cotidianidad y las costumbres populares en mitos fundacionales, en leyendas que configuraron una oralidad y que fueron transmitiéndose de voz en voz y de generación en generación. Luego del desayuno, o en las tardes de infinita parsimonia, los abuelos les contaban a sus nietos las historias que dieron origen a las obras de los juglares vallenatos, a los coros que se cantaban en las parrandas familiares a la orilla de los ríos, en los caseríos custodiados por olores, en las plazas de los pueblos o en cualquier pasadizo de las serranías y de los pueblos donde los gallos anunciaban un nuevo día.

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Por su ceguera, por la fantasía de sus letras y el embrujo de los acordes del acordeón que siempre fueron la base para el ritmo y el sentido de su canciones, Díaz reafirma la famosa frase de Antoine de Saint-Exupéry en El principito: “Lo esencial es invisible a los ojos”. El juglar siempre captó lo elemental, el origen de las voces, de las palabras, de los sonidos de las fincas de Lagunita de La Sierra o de Los Pajales, y de pedregales que daban paso a ríos como el Guatapurí, Tocaimo y Marquezote, que se mantuvieron siempre puros en la mente del compositor. La memoria basada en la escucha y en roces se hace inmune a lo que el cerebro podría omitir por medio de nuestros ojos; la memoria asociada al sonido y no a la imagen es un sortilegio de su existencia.

Para cantarle a la vida, para hacer de la música una oda del alma, Leandro Díaz tuvo que escuchar sus sueños, seguir su instinto y hallar aliados en medio del camino. Emiliano Zuleta, Colacho Mendoza, Armando Zabaleta, Toño Elías, Hugo Araújo, Antonio Ibrahim, Tobías Pumarejo y Juan Calderón fueron algunos de sus cómplices. Junto con ellos logró germinar su obra musical, que también es literaria. Con los acordes de la guitarra, los rasgueos de la guacharaca, los golpes de la caja y los compases del acordeón, Díaz les habló al amor, a los contoneos que hacen sonreír a la sabana y que hacen más bellas las tierras áridas del Magdalena.

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Su tía, Erótida Duarte, y Fanny Zuleta, esposa de Colacho Mendoza, fueron sus confidentes en la literatura. En diferentes tiempos y espacios, pero en el mismo paréntesis en el que la vida se detenía para dar paso a los relatos que contaban las peripecias y las tragedias del país, Zuleta y Duarte se sentaban junto a Díaz para leerle a Fernando Soto Aparicio, Jorge Isaacs, Rafael Pombo o Gabriel García Márquez. Fueron tardes de meriendas, de fantasías, de asombros que se mecían en las sillas de madera que colonizaron las calles y las fincas del trópico colombiano.

Una mujer que encantó a todo un pueblo, una mujer que cautivó en una verbena en Manaure y que desde entonces fue rebautizada como Matilde Lina, y los desconsuelos de aquellos amoríos contrariados son algunas musas de aquel hombre al que el amor también le determinó su obra, que para bien o para mal le susurraron los versos a seguir. Aunque, más que el amor, fueron las leyendas del Caribe, los brindis en las plazas y la cultura popular en general los que marcaron el paso de Leandro Díaz por las sabanas y las serranías que tanto menciona en sus composiciones y que recorrió a lo largo de sus 85 años.

Un juglar, un fundador, un poeta, un testimonio. Leandro Díaz fue el estandarte del vallenato, de un género autóctono, de las parrandas que se hicieron rituales, que se hicieron anécdotas y que convirtieron las costumbres en mitos y los territorios de Cesar, La Guajira, Atlántico y Magdalena en nuevos universos literarios que siguen siendo explorados por curiosos, por locales y forasteros que llegan en búsqueda de los caseríos, los cultivos misteriosos de algodón y plátano, los ríos caudalosos, los canales de aguas diáfanas que cubren a Macondo y la belleza humana y natural que se encuentra a lo largo y ancho de las brisas cálidas y las calles áridas del Caribe colombiano.

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Por Andrés Osorio Guillott

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