Entre el 16 de enero de este año y el pasado 27 de marzo se emitió la segunda temporada de “Frieren: Más allá del final del viaje”. Luego de haber derrotado al Rey Demonio y dejar pasar los años hasta que sus amigos de viaje mueren, la elfa Frieren se emprende en una nueva travesía hacia el Paraíso para verlos de nuevo. Aunque en esta serie existen batallas y momentos épicos, ciertamente no es su núcleo. La nostalgia y las segundas oportunidades son las que martillan los recuerdos del espectador una y otra vez, hasta recordarle que nuestra esencia está hecha de memorias y relatos.
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El ser humano tiene una costumbre extraña e irónica. Únicamente le da valor a lo vivido cuando ya ha ocurrido, cuando no se puede volver atrás, cuando la persona se ha ido. Una costumbre contradictoria aquella, la de anhelar lo que ya no volverá.
Es contradictoria en tanto se supone que el tiempo es urgente porque es limitado. Tenemos una cantidad finita de experiencias por vivir, de amores por descubrir, de alegrías por disfrutar. La vida humana es muy corta, al parecer, demasiado corta para darnos cuenta de que el mero hecho de existir ya es un milagro.
“Frieren: Más allá del final del viaje” utiliza de personaje principal a una elfa para mostrar lo absurda que es esa costumbre. Para Frieren, el tiempo no tiene valor, pues es infinito. La vida humana para ella es tan solo una anomalía en la línea siempre recta que parece ser su existencia. Los diez años que estuvo con el héroe Himmel, el sacerdote Heiter y el guerrero Eisen debieron ser una anécdota más; pero al leer el diario que mantuvo Himmel durante sus aventuras, la elfa inmortal cae en una nostalgia que se suponía reservada para aquella raza condenada a la muerte.
El diario le devuelve una caminata de Heiter y Eisen por la playa, una sonrisa de Himmel y comidas juntos. Que el tiempo sea infinito no significa que las memorias no tengan valor, más bien, le permiten reintepretar el pasado de tal forma que la eternidad no absorba sus emociones, dejándole un vacío donde debería estar su alma. La experiencia no garantiza comprensión, pero más temprano que tarde, aparece una fractura en la forma de ver el mundo.
Cuidar de la niña que adoptó Heiter y del aprendiz de Eisen es una nueva oportunidad para Frieren de revivir lo que experimentó, pero realmente no vivió. A través de dos adolescentes, Frieren recuerda poco a poco el anillo que le regaló Himmel, el gato que juntos buscaron y a través del cual pudieron pasar todo un día juntos, los grimorios que encontraron, los consejos de Eisen y las borracheras de Heiter. Fern y Stark son una segunda oportunidad para quien la monotonía vital se debía a una falta de autocomprensión emocional.
Durante la segunda temporada de la serie, la mayor parte del tiempo el trío se dedica a mantener la seguridad y vida de quienes viven en la parte más peligrosa del continente. En el entretanto, Stark recorre un pueblo a través de los gustos de Fern; un hechicero de primera clase dice no sentir tristeza por la destrucción de su pueblo, pero la forma en que destruyó al demonio que la causó dice lo contrario; escalan hasta la cima de una montaña para llegar a unas aguas termales tan pandas que únicamente se pueden meter los pies; ayudan a un enano que llevaba más de 200 años buscando el “mejor licor del mundo”; y protegen unos cristales mediante una barrera para que no sean utilizados para la minería.
La vida, por sí sola, no vale nada. La vida –entendida como el mero pasar de los años– es vacía. Es la percepción, la memoria, los sentimientos y los relatos lo que la llenan de contenido. Es el brillo en los ojos de Stark cuando encuentra las aguas termales de las que le habló su maestro, quien le relató cómo fue que –junto a Himmel, Frieren y Heiter–, perdieron días topándose con un sitio aparentemente sin importancia, pero del cual recuerda la puesta del sol sobre sus amigos. Es la risa del enano Fass cuando le da a su pueblo un licor que, después de 200 años buscándolo, resulta ser el peor que ha probado en su vida. Es la manera en que Fern se enternece mientras recuerda cómo se aferró a la pulsera que le dio Stark cuando escapaban de un monstruo. Es Himmel confésandole a Frieren que, su manía de mandar a hacerse una estatua en cada pueblo que visitan, es la necesidad que tiene por que pueda recordarlo en el futuro, cuando todos hayan muerto menos ella.
La vida por sí sola no tiene ningún sentido inherente. Lo que ocurre entre el nacimiento y la muerte es intrascendente. Es nuestra respuesta a la neutralidad de las experiencias que tenemos lo que la dota de valía y dignidad. Los humanos, a diferencia de un elfo o un enano, tenemos una vida limitada, existimos mucho más cerca de la muerte que ellos. Todos debemos tomar decisiones importantes en varios puntos de nuestras vidas, así que no podemos permitirnos retrasarlas. La vida puede ser tan vacía e intrascendente como urgente y hermosa.