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Este año inició con un gran reto para mí: leer El conde de Montecristo, de Alexandre Dumas. A veces cuando pensamos en los clásicos sentimos cierto temor. Como si nos estuviéramos enfrentando a subir una montaña cuya cima se ve muy lejana. Sin embargo, cuando uno se propone leer esta novela decimonónica, publicada entre 1844 y 1846, el camino se hace bello, profundo y lleno de sentido.
El libro recorre la historia de Edmond Dantés, un joven marinero con una vida promisoria. Todo cambia cuando una intriga de tres personajes lo condena por un crimen que hoy resultaría extraño: ser napoleónico. No es solo víctima de la envidia, también lo es de la hipocresía y de la incongruencia de un funcionario que cree obrar bien, pero que, al aplicar la ley, como en su caso, antepone sus propios intereses, su propio nombre.
El conde de Montecristo es una novela larga. Hoy, para muchos, su lectura resultaría extraña, porque exige otra relación con el tiempo. Leí una edición de Alianza Editorial en dos tomos, con más o menos 1.400 páginas en total.
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Hace unos días escuché el pódcast Adentro/Afuera de Jorge Caraballo, quien conversaba con Darío Jaramillo Agudelo. Decían que, la lectura es una experiencia distinta del tiempo. Mientras hoy intentamos medirlo todo, la lectura abre una dimensión cercana a la eternidad. El libro exige horas; sin embargo, al terminarlo, uno siente que todo ocurrió en un instante. El poeta contaba, por ejemplo, que creyó haber leído quince minutos, cuando en realidad habían pasado más de dos horas.
Ese tiempo de la lectura resiste a esta época que todo lo estandariza, lo iguala y lo mide. El tiempo convertido en dinero, en rendimiento, en cifra, termina por empobrecer el espíritu. Vivimos rodeados de contenidos efímeros, sin espacio para la contemplación.
Por consiguiente, leer El conde de Montecristo es, también, una forma de detenerse y de entrar en el tiempo de la eternidad. Es acompañar a Edmond Dantés en su encierro, conocer al abate Faria, y entender que hay momentos en los que solo queda esperar y confiar. Leer es eso: un ejercicio de espera y de confianza. Esperar que el sentido aparezca. Confiar en que la lectura, poco a poco, entre en uno.
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En estas semanas de la Feria del libro de Bogotá, (Filbo) cuando tantos visitan ese espacio convertido en un hito de la cultura colombiana, ojalá la experiencia no sea solo de tránsito. Ojalá sea una invitación a la quietud, al sosiego, a volver a sentarse a leer novelas como El conde de Montecristo. A recorrer, junto a Edmond Dantés, una historia de amor y de venganza. No una venganza de “ojo por ojo diente por diente”, sino una más compleja: aquella en la que los culpables terminan enfrentados a sus propios vicios y a sus propias locuras.
Es decir, la venganza solo consiste en aquel dicho que decían las abuelas: “Dios no castiga ni con palo ni con rejo, sino con el mismo pellejo”. En este sentido, la novela va más allá de la venganza. Es una invitación de cierta manera en concordancia con el budismo y con el karma a reconocer que todo lo que hemos vivido ha estado prefijado por nuestras acciones.
Es, además, una novela sobre el honor, la amistad, la gratitud y la lealtad. Valores decimonónicos, pero también profundamente humanos. Valores que invitan a levantar la cabeza de las pantallas, a mirar hacia afuera y hacia adentro. A pensar la vida. A pensar nuestras relaciones con los otros y las otras. Y a entender que cada época tiene sus trampas, pero también sus grandezas.
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