Léonor De Récondo escribe capítulos cortos. Cada uno de ellos no tiene más de cuatro páginas. En algunos solo hay dos párrafos. Es muy fácil leer sus novelas, sobre todo porque se avanza rápido, casi sin darse cuenta, pero también porque en cada uno de estos apartes, la escritora francesa regala giros, a veces muy sutiles y otros determinantes, para el curso de la historia. La sensación de que la lectura avanza rápido se da entonces porque, además del paso de las páginas, rápidamente se revelan los momentos cruciales del relato.
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De Récondo, que también es violinista, dice que la extensión de cada uno de estos capítulos se debe a su capacidad diaria para crear: si un día solo pudo escribir un párrafo, así se queda. Y así determina la secuencia del siguiente, que tal vez después sí contenga más líneas para la novela en construcción.
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Así fue como escribió “Amores”, “Sueños olvidados” y “Pietra viva”, el libro en el que se narra la historia de Michelangelo Buonarroti, artista que esculpió el David y la más reconocida de sus pietà, y al que además el papa Julio II le encargó la construcción de su tumba. Este encargo es para él la oportunidad de producir la obra que lo catapultará hacia la cima más alta del reconocimiento. Cree que con su capacidad, de la que además está absolutamente convencido, y la ayuda del material que le regale la montaña, podrá crear la obra con la que pasará a la historia. Esas son sus mayores preocupaciones: él y el brillo de su nombre.
Los planes de Buonarroti se aceleran cuando se entera de la muerte de un monje llamado Andrea, a quien admiraba en silencio por su “belleza insuperable”. Este enfrentamiento con la muerte, con la ausencia sin aviso, se convierte en algo insoportable, así que huye de Roma hacia un pueblo llamado Carrara, lugar en el que elegirá los bloques de mármol, acordará sus precios y organizará su transporte para la construcción de la tumba del Papa. Su objetivo es olvidar, mermar el sufrimiento que le produce la ausencia, que para él es abandono, así que se convence de que estas tareas serán la mejor forma para distraerse.
“Está impaciente por enfrentarse a la montaña. En esos momentos de euforia, su mente ahuyenta todo lo que sea ajeno a la obra, incluso el cuerpo sin vida de Andrea”. La novela describe a un escultor convencido de que su única función en la vida es ser artista, y no uno cualquiera: quiere ser el mejor de los creadores muertos y vivos que hayan pisado su mismo suelo. Por eso se convence de que concentrado en los pasos que debe seguir para construir el encargo, será fácil esquivar lo que lo atormenta desde que es un niño.
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El protagonista de la novela de De Récondo es un tipo huraño, irascible y arrogante. Esquiva cualquier contacto con las personas, es incapaz de demostrar cariño y mucho menos de recibirlo. Disfruta de los halagos, pero no sabe responder a ellos. Los que lo rodean le dicen “Maestro”.
Solo hay algo que Buonarroti comparte con los habitantes de Carrara: le temen a la muerte. La sienten rondar muy cerca, la tratan de esquivar viviendo con sencillez, una forma de hacer méritos para no encontrársela, para que ellos no sean los próximos. Se sienten así desde la Gran Peste de 1350, “en la que la región fue diezmada”. “Los supervivientes contaron, y sus hijos a su vez lo transmitieron, el horror de los cuerpos temblorosos de fiebre, la respiración alterada, los esputos sanguinolentos, el color violáceo de los cadáveres. Hablaron de hordas de hombres flagelándose por las calles, expiando así sus pecados, pues estaban convencidos de que aquella epidemia era el anuncio del apocalipsis”.
Buonarroti no padeció ninguna peste, pero sí decidió enterrar su memoria. Su mamá murió cuando tenía seis años y ahora debe enfrentarse al abandono de Andrea. Los dos lo dejaron, así que su presente y su futuro serán “Imaginar, esculpir, crear, a fin de que se haga su voluntad en la piedra”.
“Pietra viva” es sobre la muerte y su niebla. Sobre la sombra que produce cuando no se entiende y sobre el miedo que domina a quienes no la aceptan. Pero también es sobre la inocencia, que es efímera, y sobre la poesía, que están en todos lados.
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De Récondo, que en “Amores” profundizó sobre la mujer y la soberanía de sus cuerpos, esta vez ambientó la historia del hombre que huye de la sensación. Es sobre el ser humano que se entierra en vida. “La muerte lo tiene bien agarrado. Parece incluso perseguirlo a través de sus sueños y fantasmas, a través de la desesperación de los demás. ¿Y él? ¿Se le ha ocurrido alguna vez atentar contra su vida? Jamás, ni por un solo instante. Su deseo de vivir, ligado a su espíritu creativo, no le deja más opción que avanzar, continuar y de camino, a veces, olvidar”.
La memoria, función que el escultor se castró por frustración, será recuperada a través de los olores, los sonidos, los sabores y el tacto, además del vínculo que fortalecerá con Michele, un niño que le recuerda que de los sentidos, de su humanidad, no podrá escapar hasta que muera, un destino al que debería dejar de temerle. Un destino que ya cumplieron su madre y Andrea, y que no tiene nada que ver con el abandono que siente, sino con el ciclo natural de su existencia. “La muerte elogia la vida como la noche elogia al día”.