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Letras a sangre fría

Natalia Morales y Santiago La Rotta, autores de uno de los libros más impactantes del año: ‘Los Pepes’.

Fernando Araújo Vélez

04 de junio de 2009 - 06:00 p. m.
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Sintió algo de miedo y no pudo dormir, pero la locura lo salvó aquella noche antes de que se enfrentara a su entrevista más difícil. Se levantó temprano. Anotó la fecha en un cuaderno, abril de 2009. Subrayó algunas palabras del periódico, se colgó de su música y se marchó en la buseta de todas las mañanas a su trabajo. Tres horas más tarde llegó a la cárcel de máxima seguridad de Cómbita, con una pequeña grabadora y una libreta de apuntes, sus únicas armas para enfrentar a aquel Popeye del que tanto sabía sin haberlo conocido: el hombre de las mil y tantas muertes.

Serio y trascendental, cumplió uno por uno con todos los requisitos para ingresar a la prisión. Firmó Santiago La Rotta en el formulario de registro, atravesó pasillos que supuso tenebrosos y se sentó contando los minutos que hacían falta para que apareciera su entrevistado. “Era un hombre fornido, de grandes brazos; me apretó la mano fuertemente, como queriendo decir: sí, soy yo”, le contaría luego a su compañera de investigación que ya, por aquellos días, también era compañera de libro, Natalia Morales Herrera. Popeye hablaba rápido, era inmenso, se movía con seguridad por el patio de reclusos y, en medio de la charla, fue capaz de admitir que a él lo había salvado el amor. “Es que si no hubiera sido por una mujer, yo hubiera seguido al lado de Pablo y en esa casa no sólo hubieran matado a El Limón, sino también a mí”, dijo.

Popeye fue el último escalón de la investigación que Morales y La Rotta habían comenzado en enero del año pasado, el más difícil tal vez. Ella tuvo que soportar, una vez más, que él la llamara en la madrugada del día siguiente para comentarle un punto, leerle un párrafo, sugerirle una idea o decirle “Esto es un caos”. Él tuvo que contenerse, una vez más, para no estallar contra el mundo por tanta sangre derramada. Entre los dos prefirieron seguir con los  archivos que habían coleccionado, y repasar las notas, las palabras y las frases de tantos protagonistas, y los hechos trágicos que retrataban, como pocos, la realidad colombiana de los últimos 20 años. Todo era macabro en la investigación.

“Una vez más se encontró una nota junto a los cadáveres, esta vez más personal y sin vivas a causas abstractas. La misiva tenía un sujeto claro, un prístino destinatario: ‘A través de su profesión iniciaba secuestros para Pablo Escobar. ¿Qué te parece este trueque con las bombas de Bogotá, Pablo? Los Pepes’”, escribían entonces Morales y La Rotta, por ejemplo, para relatar el asesinato de Guido Parra, uno de los antiguos abogados de Pablo Escobar. “El jueves 10 de diciembre de 1992 fue encontrado en el baúl de un carro abandonado el cadáver de Paúl Daniel Muñoz Mosquera, conocido en los bajos fondos de Medellín con el alias de Tilton”, redactaban luego, para explicar un asesinato más. Otra venganza.

La investigación, Los Pepes, el capítulo invisible de la guerra en Colombia,  había pasado a un plano remoto. Incluso el libro. Durante 200 días y sus noches, Morales y La Rotta se sintieron protagonistas de una oscura película de terror. Tanta muerte leída, vista y recordada, tanta ignominia escrita, los llevó a comprender que Colombia había sido siempre una mentira en la que la democracia, las leyes, la política y etc. eran sólo una fachada, y que la historia de aquel grupo de ‘Los Pepes’ sobre el que escribían, años más tarde, luego de la muerte de Pablo escobar, se transformaría en la historia del paramilitarismo. Como escribió Jorge Cardona en el prólogo de Los Pepes, “Lo que sobrevino dentro de la organización fue el reacomodo de sus fichas, el desdoblamiento de sus peones hacia nuevas facetas de la droga y, en algunos casos, la mutación de importantes cuadros del narcotráfico hacia los frentes del paramilitarismo arropados por el discurso político contrainsurgente”.

El pasado 11 de mayo salió la primera edición del libro, pero sus autores  no la celebraron, o por lo menos, no con mucho ruido. La realidad, la cruda realidad que habían retratado aún los tenía perplejos.

Por Fernando Araújo Vélez

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