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Hay una antigua expresión que, como un mantra, se repite de generación en generación y en distintas latitudes. Muchos la han pronunciado y lo siguen haciendo para elogiar al ser perfecto y libre de toda culpa que tienen o tuvieron en casa. “¡Qué santa que es mi madre!”, canta Julio Jaramillo, y sus versos, desde una vieja radio, inundan de vez en cuando la casa materna.
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Para mí es distinto. Cuando pronuncio la sonada frase: “mi madre es una Santa”, con mayúsculas, no pretendo condenarla a la perfección para librarla de ninguna culpa. Solo me remito a los hechos.
Leyda Santa nació en el barrio Obrero de Cali en los años cuarenta. Tres décadas después se convirtió en mi madre. Me tomó poco menos de veinte años darme cuenta de que ella no era solo mi madre, es Leyda Santa.
Días previos al descubrimiento, ella había reunido a sus hijos en la mesa del comedor. Dijo: “Cumplo años y lo voy a celebrar en un lugar al que quiero que, por favor, asistan en esta fecha”. Ese sábado del siglo pasado, al acudir a la cita en el lugar, conocí los que serían dos puntos claves en mi historia: el barrio Obrero y Leyda Santa. Las personas son extrañas geografías y el paisaje en que se convirtió ella para mí esa noche era distinto al de mi madre.
La Matraca, en ese momento, era una casa muy modesta y pequeña. Recuerdo que el color azul predominaba en el ambiente y había fotografías de mujeres gordas y desnudas en los cuadros que colgaban de las paredes. También un estante con muchos discos de vinilo, barra de madera, una victrola y música que me sonaba familiar. No cabía un alma. Se caminaba con dificultad entre las mesas para llegar a la pista. Todos eran, o parecían, ser amigos de mi madre. Ella bailaba en el centro y los demás la aplaudían con mucho entusiasmo. Ella reía con esa risa que no se parece a ninguna otra que haya conocido.
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“Contigo me voy mi santa, aunque me cueste morir”. La frase de Miguel Matamoros, que tanto había escuchado en las noches de mi infancia, retumbó también en ese lugar. La Matraca sonaba a veces como mi casa, pero no lucía como mi casa. Era una estancia lejana, más colorida, modesta, más risueña, antigua, libre, diversa, misteriosa.
Aunque Leyda Santa rondaba los veinte años cuando Richie Ray y Bobby Cruz presentaron su icónico concierto en la Caseta Panamericana, en 1969, ella venía desde mucho antes. Por eso parecía pertenecer más a La Matraca que a ningún otro lugar en el que la hubiera visto. Mi madre fue una joven de los sesenta, pero era anterior a la salsa, al chicle, a las gafas de sol y a la Coca Cola. Como las paredes, los bailes y la música que ahí sonaba.
La noche que la reconocí, mi madre le hacía juego a La Matraca del barrio Obrero y La Matraca a ella. Supe luego que se instaló para siempre entre la pista y los diez mil acetatos que hay en el estante. Que empezó a vivir sin tiempo y, sin querer queriendo, le dijo al mundo que si Cali es la capital de la salsa es porque antes lo fue de la música: del mambo, del cha cha chá, de la pachanga, del son cubano, del tango, la milonga, el vals criollo y la ranchera argentina.
Santa melomanía
Leyda Santa atrapó la musicomanía a los cinco años cuando, desde las escaleras, veía bailar a sus padres. Como quien contrae el sarampión, la fiebre le subió con el Pastel de Manzanas Verdes, fox de Russ Morgan, también con Camino al Don, de Juan Carlos Barbará y con el Puñal Sevillano, pasodoble de Alberto Gómez. Una vez me contó que en los años sesenta había un sitio en Cali llamado Saint Tropez. Los jóvenes de su edad bailaban ahí las canciones de los Beatles y el sirtaki como Zorba, el griego. “No me pude identificar con eso, me parecían raros”, me dijo. En esa época, y ahora, ella le rendía culto a la Sonora Matancera, al Trío Matamoros y a la Pachanga. Algunos años después, cuando pocas mujeres lo eran en Cali, se hizo maestra de danza y coleccionista de música.
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Santa viene del latín sanctus, del verbo sancire (consagrar, sancionar). Se dice que, etimológicamente, no se trata de lo bueno o lo malo. Una sanción es el resultado de ciertas leyes o reglas. Creo que esa es la clase de sacralidad que le endilgaría a mi madre: la de vivir bajo sus propias reglas. Unas reglas que a veces no se parecen a las de nadie más. Para mi mamá, el valor máximo de un ser humano es bailar bien. Para ella, se baila como se es. No le importan los títulos ni otras virtudes. Si bailas bien no solo te perdonará todo, sino que te brindará honores en su mesa.
Lo difícil es cumplir con sus códigos del buen bailar. El abrazo en el baile de pareja es un pilar para ella. “Abrazo significa sin brazos, es juntar los torsos y acercar el corazón”, les dice a sus alumnos en las clases de tango. No la impresionan la rapidez ni el virtuosismo acrobático, que también ha asaltado a la salsa. Todo lo contrario: lograr la verdadera cadencia es el reto más loable dentro de su universo. Esa candencia tan fuerte y sutil del viejo son cubano y de los boleros de amor. Ella suele tararear el “Adiós del Marino” en voz baja. En esa canción, que se hizo famosa en la voz del médico mexicano Alfonso Ortiz Tirado, ella pronuncia Leyda en vez de negra:
Bésame Leyda Santa
como sabes besar
Tú sabes que me encanta
tu manera de amar Bésame, pues quién sabe
si no vuelva jamás.
Tiempo y destiempo
Mi amiga Sorayda Peguero me habló hace poco de una carta que José Saramago le escribió a su abuela Josefa: “Contigo va tu pequeño abanico de intereses. Y, no obstante, tienes los ojos claros y eres alegre. Tu risa es como los fuegos artificiales. No he visto reír a nadie como a ti. Estoy delante de ti, y no entiendo. Soy carne de tu carne y sangre de tu sangre, pero no entiendo”. Quizá releí la carta para inspirarme. Fuegos artificiales, así es la risa de mi madre en La Matraca. La abuela de Saramago, que tenía los ojos claros, vino a este mundo y no trató de saber lo que era el mundo. Mi madre, que tiene los ojos indios, vino a este mundo y creo que ha tratado, sobretodo, de saber a qué suena y cómo se baila.
Leyda Santa trenza la vida a tiempo y destiempo. Una parte de sí misma no tiene época pero, si la tuviera, esa época no sería actual o postmoderna: los bailes populares de comienzos del siglo XX, origen de lo que fue el baile de la salsa, son su especialidad. Por otro lado, parece adelantarse. Estudió en la universidad cuando en Colombia solo un porcentaje reducido de mujeres tenía acceso a la educación superior. Recordemos que a principios del siglo XX, las mujeres en Colombia no podían asistir ni a la escuela secundaria. Mi madre nació en un contexto en el que la educación para las mujeres era muy limitada.
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Su madre, mi abuela Asceneth, ya había encontrado estrecha la restricción de su rol al espacio privado doméstico. En los años treinta, cuando solo a algunas mujeres se les permitía acceder a clases de oficios manuales, religión y lectura –para prepararlas en el esperado papel social de madre y esposa–, Asceneth no solo logró dar clases en escuelas primarias, sino que cantaba de viva voz en la Radio Pacífico de Cali. En esa década, Mariana Arango Trujillo se convirtió en la primera colombiana en obtener un título profesional en Odontología, en la Universidad de Antioquia. Tres décadas más tarde, en los años sesenta, mi madre se graduó de Bacterióloga en la Universidad del Valle.
Dice que no es feminista. Yo me atrevo a decir que no necesita título ni discurso para serlo. Mis recuerdos de ella en la infancia tienen que ver con glóbulos blancos, rojos, plaquetas o huevos de uncinarias, palabras comunes que salían de su boca en el momento menos esperado. Luego, esas palabras fueron cediendo paso a otras más sonoras, que seguro tenía guardadas desde hace años: Arsenio, Gardel, ochos, vuelo, equilibrio, libertad, Cortijo y su combo, movimiento, alas, Daniel Santos, expresión… Creo que ella se dio cuenta a tiempo, si es que hay un momento en que ya no se está a tiempo, de que más allá de la microbiología y el matrimonio, su vida necesitaba girar en torno a la música. No solo a la salsa y al tango: a la música.
Leyda Santa es, la mayoría de las veces, un compás de 2/4 o un camino cadencioso en el salón de baile tropical. Cuando no está pensando en el abrazo, está quizá girando en contra de las manecillas del reloj. Le gusta el tango, los boleros, la habanera, la salsa y el danzón. Nunca ha comido chicle ni ha usado gafas de sol. Todos tenemos una, ninguna como la mía, mamá mía.
Uno de los primeros editores que tuve cuando trabajaba en los periódicos locales cubriendo temas de arte y cultura, me dijo que deberíamos abstenernos de escribir notas periodísticas sobre amigos y familiares. Sentado en su mesa de editor, Álvaro pronunció la palabra “nepotismo” con un gesto de ojos entrecerrados, como pájaro grande que busca agudamente a su presa. El diálogo surgió cuando le conté que me habían pedido, desde otra sección del periódico, una nota sobre mi hermano, arquitecto y bailarín de tango, que por ese entonces vivía en Buenos Aires. Yo tenía unos veinte años y recuerdo vagamente que la escribí con culpa, con torpeza. Pero la escribí.
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Mi editor me recordó lo que mi padre reiteró en el brindis que hizo en la fiesta de mis quince años: “Dicen, y además con razón, que es de mal gusto hablar en público de uno mismo, de su fortuna o de sus hijos”. Hoy en día esos preceptos culturales no solo parecen obsoletos sino contrarios a los mandatos imperantes en una época de redes sociales digitales: promociónate, cuenta todo, muestra el diploma, el premio, la condecoración.
“Mi madre es una santa”, dicen muchos. Y yo lo puedo decir con mayúsculas: mi madre es una Santa. No es nepotismo editorial, me remito a los hechos.