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Libros que rompen condenas

Mincultura y el Plan Nacional de Lectura y Bibliotecas inauguraron la biblioteca de la cárcel Modelo de Bucaramanga.

Angélica Gallón Salazar / Enviada especial

24 de septiembre de 2009 - 05:34 p. m.
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—¿Para dónde va? —pregunta el guardia, —para la biblioteca —contesta seco Víctor Emilio Amaya Viana, un recluso de la Cárcel Modelo de Bucaramanga que por más de cinco años ha habitado en el patio seis. —Voy a sacar unos libros —replica el preso, y como si acabara de acertar el enigma, las puertas se abren, se destraban los candados y hasta el guardia ablanda la cara. Después de pasar la reja de su patio, lo espera un corredor amplio, iluminado, como pocos en su cárcel hacinada que encierra algo más de 2.000 presos. Víctor camina libre hacia el lugar en donde encontró su familia, sus amigos, sus mujeres: la biblioteca de su cárcel.

“Un amor y un libro” es la consigna con la que ha sobrellevado su pena, aunque para la mayoría de sus amigos reclusos la máxima rece: un amor y un televisor. Víctor lleva encerrado los años que podría haber gastado en una universidad, pero en sus días eternos, en sus soledades ha leído más libros que cualquier estudiante promedio de literatura, Italo Calvino, Elías Canetti, García Márquez, Tomás Carrasquilla, Gustavo Adolfo Bécquer, Tabucchi, Kawabata y uno que otro del que su frenética cabeza ha olvidado el nombre.

Pero si los pocos escritores italianos y argentinos que habitaban en la biblioteca de la cárcel han sido esos hermanos, que no le dieron la espalda, como los suyos de sangre, sino que lo acogieron con palabras brillantes; si con la tímida dotación que había en los anaqueles ha hecho de la lectura su libertad, los seis meses que a Víctor Amaya le quedan tras las rejas serán setecientas veces menos solos, setecientas veces más libres, porque hoy, el Ministerio de Cultura, junto al programa Plan Nacional de Lectura y Bibliotecas, ha llegado a este centro penitenciario con un cargamento de cajas que contienen 760 nuevos títulos.

“En 2008 firmamos un convenio con el Inpec para que conjuntamente lográramos dotar y mejorar la calidad de vida de los presos del país por medio de la lectura. El proyecto opera con tres líneas de acción muy claras: dotación, capacitación a los internos y seguimiento”, explica Luz Adriana Martínez, encargada del proyecto de bibliotecas para cárceles del Ministerio de Cultura y quien ha coordinado ya seis proyectos pilotos anteriores a éste en el centro de reclusión de mujeres en Cali, Barranquilla, Medellín, Popayán, Palmira y la Colonia Agrícola de Acacías, Meta.

El proceso para que estos libros llegaran a la cárcel de Bucaramanga no ha sido sencillo, primero fue necesario hacer un diagnóstico del nivel de escolaridad y analfabetismo que había en el centro de reclusión. “Luego, encuestamos al 10% de la población de presos de cada cárcel para saber qué les gustaría que trajéramos”, comenta Luz Adriana.

Los resultados arrojan siempre solicitudes de antologías de literatura, muchos libros de superación personal, de manualidades, pintura, de los oficios que se realicen en la cárcel (carpintería, metalúrgica, etc.) y reglamentos de deportes que suelen practicar los presos en su encierro. Pero a la Modelo de Bucaramanga, además de llegar una colección completa de Gabriela Mistral, de José Asunción Silva, el manual básico de baloncesto y las más novedosas técnicas en diseño de maderas, llegó una nutrida dotación de libros sobre belleza, pedicura, manicure y estilismo. Aunque no parecen temas necesarios para la biblioteca de una cárcel de hombres, los reclusos del patio para homosexuales los han solicitado.

“Aquí lo importante es leer, es hacer que los pensamientos se vayan hacia otros mundos, hacia nuevos aprendizajes. Hay que encontrar refugios”, asegura Víctor Amaya, que conoce muy bien los gustos de lectura de sus compañeros reclusos, ya que su pasión por las letras lo llevó a convertirse, por varios años, en el bibliotecario.

El camino a la libertad

Desde que llegó a la cárcel, Víctor Amaya se adjudicó el derecho de ser el encargado de prestarles las letras amorosas de Neruda a los despechados, de montar las obras de Shakespeare para las izadas de bandera y de aconsejar a aquellos que le pedían un libro para que los cambiara: “Que un libro no cambia nada, sin cambiar el corazón”. Víctor ya no está detrás del mostrador, porque se encarga ahora del proyecto de colegio que ha montado con el apoyo de Sonia Sambrano, encargada del área de educación de la cárcel. Un esfuerzo sin precedentes en centros de reclusión que ahora aspira a montar también una universidad interna y que busca aumentar el nivel de escolaridad y asegurar así que cuando los reclusos salgan a la libertad podrán tener el chance de un destino diferente.

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El nuevo guardián de la biblioteca es Wálter Caicedo, un recluso que entró hace tan sólo unos meses a la prisión y que aún no está condenado, pero que decidido a no desperdiciar su tiempo le pasó un proyecto al teniente Henry Mayorga, director de la prisión, para que en la biblioteca, además del préstamo de libros, se pudieran desarrollar talleres de creación y de debate literario. “Si me condenan, pero me dejan seguir haciendo esto, nunca me habrán condenado”, dice Wálter, apesadumbrado, sin desconocer que este tipo de trabajos les reduce pena.

Ahora que hay muchos más libros en la biblioteca de la Cárcel Modelo de Bucaramanga serán más los reclusos que podrán integrarse al proyecto, se necesitarán también más voluntarios que arrastren la biblioteca rodante, una especie de carretilla destartalada que lleva por encargo libros a los reclusos que por alguna razón no pueden salir de su patio. Ahora que hay más libros en la biblioteca de la cárcel hay más posibilidades de que los presos sean libres, de que, como dice Wálter, no tengan que esperar al domingo para volverse humanos.

Por Angélica Gallón Salazar / Enviada especial

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