A seis rounds, cuentos de boxeo, es un enfrentamiento literario entre Jack London y Arthur Conan Doyle, hecho a partir de tres cuentos de lado y lado. El evento se realizará hoy a las seis de la tarde en la Librería Lerner (Carrera 11 #93A-43, Bogotá), y será presentado por Antonio García (Cali, 1972), autor de las novelas Su casa es mi casa (2001) y Recursos humanos (2006) y el libro de cuentos Animales domésticos (2010), y editor actual del programa Libro al Viento y por José Bernardo Prada (Bogotá, 1950), quien es recordado por sus cuatro peleas con Emiliano Villa, con saldo de una victoria para cada uno y dos empates, y el combate con Sugar Ray Leonard, el 3 de septiembre del 78; que dejó el boxeo profesional tras 10 años de carrera con un registro de 23 victorias, 13 derrotas y 10 nocauts.
El preámbulo del libro lo hizo la leyenda: José Bernardo Prada. Un bogotano que narra lo que se siente caminar desde el camerino hasta el ring, mientras rememora lo que vivió aquella noche del 3 de noviembre de 1978 cuando enfrentó a Sugar Rey Leonard en Portland.
Los autores
London nació en San Francisco el 12 de enero de 1876. Cuentan que en 1897 viajó a Alaska en busca de oro, pero tras una desafortunada expedición regresó a Estados Unidos enfermo y sin dinero, por lo que en la convalecencia comenzó su vocación literaria y erudita, leyendo a Poe, Darwin, Marx, Nietzsche, entre muchos otros. En el año 1900 publicó una compilación de relatos titulada El hijo del lobo, sin embargo, fue a partir de la publicación de La llamada selva en 1903 y de El lobo de mar en 1904 que se consolidó como uno de los autores estadounidenses más leído. Además de escribir cuentos y novelas, escribió ensayo, teatro y dejó algunas memorias. Y, en lo que al boxeo respecta, en varias oportunidades trabajó como corresponsal cubriendo varias peleas, entre ellas, la Pelea del Siglo (1910) en la que se enfrentaron Jack Johnson y James Jeffries.
Falleció el 22 de noviembre de 1916, causa de una posible sobredosis de morfina.
Conan Doyle nació en Edimburgo (Escocia) el 22 de mayo de 1859. Hizo estudios en las universidades de Stonyhurts y de Edimburgo, de la que se graduó como médico, profesión que ejerció entre 1882 y 1890 en Inglaterra. En 1891 comenzó a escribir en la revista Strand Magazine en donde saldrían las primeras apariciones de su gran personaje Sherlock Holmes y el doctor Watson, quien escribe las aventuras del detective. Siguió laborando a Holmes hasta 1893, pero unos años después, en 1902 tal era la presión de los lectores que le tocó resucitar a sus personajes, lanzando así su tercera novela: El sabueso de los Baskerville. Además de las novelas protagonizadas por Sherlock Holmes, escribió novelas históricas, poemas, cuentos, entre otros relatos y narrativas. Falleció en Crowborough (Inglaterra) el siete de julio de 1930.
Fragmentos
Un trozo de carne*, de Jack London
Tom King rebañó el plato con el último trozo de pan para recoger la última partícula de gachas, y masticó aquel bocado final lentamente y con semblante pensativo. Cuando se levantó de la mesa, le embargaba una inconfundible sensación de hambre. Él era el único que había cenado. Los dos niños estaban acostados en la habitación contigua. Los habían llevado a la cama antes que otros días para que el sueño no les dejara pensar en que se habían ido a dormir sin probar bocado.
La esposa de Tom King no había cenado tampoco. Se había sentado frente a él y lo observaba en silencio, con mirada solícita. Era una mujer de clase humilde, flaca y agotada por el trabajo, pero cuyas facciones conservaban restos de una antigua belleza. La vecina del piso de enfrente le había prestado la harina para las gachas. Los dos medio peniques que le quedaban los había invertido en pan.
Tom King se sentó junto a la ventana, en una silla desvencijada que crujió al recibir su peso. Con un movimiento maquinal, se llevó la pipa a la boca e introdujo la mano en el bolsillo de la chaqueta. Al no encontrar tabaco, se dio cuenta de su distracción y, lanzando un gruñido de contrariedad, se guardó la pipa. Sus movimientos eran lentos y premiosos, como si el extraordinario volumen de sus músculos le abrumara. Era un hombre macizo, de rostro impasible y aspecto nada simpático. Llevaba un traje viejo y lleno de arrugas, y sus destrozados zapatos eran demasiado endebles para soportar el peso de las gruesas suelas que les había puesto él mismo hacía ya bastante tiempo. Su camisa de algodón (un modelo de no más de dos chelines) tenía el cuello deshilachado y unas manchas de pintura que no se quitaban con nada.
Bastaba verle la cara a Tom King para comprender cuál era su profesión. Aquel rostro era el típico del boxeador, del hombre que ha pasado muchos años en el cuadrilátero y que, a causa de ello, ha desarrollado y subrayado en sus facciones los rasgos característicos del animal de lucha. Era una fisonomía que intimidaba, y para que ninguno de aquellos rasgos pasara inadvertido iba perfectamente rasurado. Sus labios informes, de expresión extremadamente dura, daban la impresión de una cuchillada que atravesara su rostro. Su mandíbula inferior era maciza, agresiva, brutal. Sus ojos, de perezosos movimientos y dotados de gruesos párpados, apenas tenían expresión bajo sus tupidas y aplastadas cejas. Estos ojos, lo más bestial de su semblante, realzaban el aspecto de brutalidad del conjunto. Parecían los ojos soñolientos de un león o de cualquier otro animal de presa. La frente hundida y angosta lindaba con un cabello que, cortado al cero, mostraba todas las protuberancias de aquella cabeza monstruosa. Una nariz rota por dos partes y aplastada a fuerza de golpes, y una oreja deforme, que había crecido hasta adquirir el doble de su tamaño y que hacía pensar en una coliflor, completaban el cuadro. Y en cuanto a su barba, aunque recién afeitada, apuntaba bajo la piel, dando a su tez un tono azulado negruzco.
*También traducido como Un buen bistec
Lea el cuento completo en: http://ciudadseva.com/texto/un-buen-bistec/
El matón de Brocas Court, de Arthur Conan
Ese año, el año de 1878, el regimiento de caballería de South Midland estaba apostado en las cercanías de Luton. La posibilidad de entrar en guerra con el continente no preocupaba a ninguno de los hombres del campamento. Lo que realmente les importaba era encontrar un boxeador que fuera capaz de enfrentar al sargento Burton, el herrero de la tropa, en una pelea a diez asaltos. Slogger Burton era un hombre bueno e íntegro, ochenta y ocho kilos de carne y hueso y una pegada que podía dejar inconsciente a cualquier mortal. Había que encontrarle rápido un contrincante, porque se estaba volviendo loco. Con ese fin, enviaron a Londres a sir Fred Milburn, más conocido como Mumbles, cuya misión era buscar entre los aficionados al boxeo a alguien que quisiera viajar hasta el campamento y pelear con el corajudo sargento.
En esos tiempos, el boxeo profesional no atravesaba un buen momento. Las tradicionales luchas a puño limpio habían desaparecido entre el escándalo y la deshonra, sofocadas por la perniciosa influencia de las turbas de apostadores y rufianes de toda calaña que las frecuentaban y que habían llevado a la ruina de los luchadores decentes, héroes humildes cuya valentía nunca había sido superada. Los aficionados honestos no podían ir a ver una pelea por temor a ser agredidos y, además, no había reclamo posible porque ellos también se habían involucrado en un acto que, técnicamente, era ilegal. Estos villanos los atacaban a la vista de todos, les robaban la ropa, les arrebataban la billetera y, si osaban resistirse, les partían la cabeza en dos. Los únicos que podían acercarse a un cuadrilátero eran los hombres que sabían manejar el garrote o de látigo. No era de sorprender que el público actual de este clásico deporte estuviera formado sólo por hombres que no tenían nada que perder.
Por otro lado, no había comenzado todavía la era de las luchas con guantes y a puertas cerradas, de modo que el boxeo se encontraba en una situación indefinida. Las autoridades no podían regularlo, pero tampoco abolirlo, porque nada resulta más directa y poderosamente atractivo al hombre común de Inglaterra que una pelea de boxeo. Lo único que les quedaba eran esos caóticos combates en establos y caballerizas, los precipitados viajes a Francia, los encuentros secretos al amanecer en lugares poco poblados y cualquier otro tipo de experimentos encubiertos. Los hombres no podían diferenciarse de su entorno. No había lugar para los certámenes abiertos y honestos y ganaban espacio los ruidosos y los charlatanes. Mientras tanto, del otro lado del Atlántico había aparecido la enorme figura de John Lawrence Sullivan, quien estaba destinado a ser el último boxeador del viejo estilo y primero del nuevo.
Tal como estaban las cosas, el capitán del regimiento de caballería no encontraba en los salones y pubs de Londres a un hombre capaz de darle pelea al gigante sargento Burton. Los boxeadores de peso pesado escaseaban. Finalmente, se decidió por Alf Stevens, de Kentish Town, un excelente peso mediano cuya carrera estaba en ascenso, nunca había sido derrotado y, además, tenía pretensiones de campeón. Su experiencia y destreza profesional seguramente compensarían los diecinueve kilos de diferencia con el formidable soldado. Confiado en los antecedentes, el mismo sir Milburn contrató al joven y se iba a encargar de llevarlo al campamento militar. Tenía un carruaje de caza tirado por un par de veloces caballos pardos con el que pensaba partir al atardecer en dirección a Great North Road, pernoctar en St. Albans y terminar el viaje al día siguiente.
Lea el cuento completo en: http://nebulosatextual.blogspot.com.co/2013/08/el-maton-de-brocas-court.html