“Allá se lo haya cada uno con su pecado; Dios hay en el cielo, que no se descuida de castigar al malo ni de premiar al bueno, y no es bien que los hombres honrados sean verdugos de los otros hombres, no yéndoles nada en ello” (Don Quijote de la Mancha, I, 22).
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Antes de adentrarme en las columnas de algunas novelas, que a mi juicio representan los preceptos jurídicos universales, como la ley, el debido proceso, la justicia, la culpa o el castigo, me voy a referir a la sempiterna relación entre las letras y el derecho, toda vez que es constante el reflejo de estos temas en todos los géneros literarios. ¿La ley es un mandato que deben cumplir las personas que viven en sociedad? ¿Y si la ley no es justa? ¿Qué es la justicia? ¿Es justa la pena impuesta?... Estos son ejemplos entre miles de preguntas que surgen, generan conflicto y que se encuentran en innumerables obras literarias.
Precisamente, la literatura y el derecho tienen un origen común: dar sentido al conflicto que supone entender el mundo. “Una organización arbitraria de la realidad humana que defiende a los hombres con la angustia que les produce intuir el mundo, la vida como un vasto desorden” (“La llamada de la tribu”), dijo Mario Vargas Llosa sobre la novela.
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Así, la literatura busca mostrar la realidad a partir del lenguaje, la imaginación y la narración de la experiencia humana. El derecho, por su parte, lo hace mediante normas, procedimientos y sanciones. Un ordenamiento jurídico parte de lo que considera justo y la justicia se entiende como algo equilibrado y racional, pero la literatura nos recuerda que antes de ser un concepto inmodificable, objetivo y absoluto, la justicia es una búsqueda constante. Se convierte casi que en un sentimiento que dialoga con nuestros principios éticos y nuestras aspiraciones frente a la desigualdad o al sufrimiento.
El epígrafe de esta columna se refiere al Quijote, el personaje de la gran obra de Miguel de Cervantes, impartiendo justicia cuando encuentra a un grupo de galeotes (presos) que han sido condenados a galeras y son transportados por un grupo de guardias. Él les presenta a cada uno el crimen cometido y emite un juicio de valor, pero al final decide romper las cadenas y los libera a todos.
Además de un registro del derecho penal de la época con la descripción que hace cada uno de los galeotes, el pasaje nos presenta un conflicto moral entre las leyes de caballería (inexistentes para la población del momento) y las que eran aplicables en el Reino de Castilla (realidad). El episodio se puede ver como una ruptura contra el ideal de justicia, lo cual supondría una incoherencia, y otro como una escena teatral y burlesca en la que simplemente se muestra una vez más la locura del protagonista.
“Antígona”, de Sófocles, es una tragedia en la que se enfrenta la ley del gobernante contra la ley moral. Cuando termina la guerra civil en Tebas, los dos hermanos de Antígona, Eteocles y Polinices, mueren combatiendo entre ellos por quedarse con el poder. El nuevo rey (su tío Creonte) decide que Eteocles defendió la ciudad y será enterrado con honores, mientras que Policines es un traidor y, por lo tanto, su cadáver debe ser dejado a merced de las aves depredadoras. Antígona no obedece al rey y decide enterrar a su hermano, porque considera que la ley moral y el deber familiar son superiores al decreto del gobernante. Este mismo conflicto de Antígona entre leyes sociales impuestas es el mismo que usa Gabriel García Márquez en “La hojarasca”.
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En la comedia “El mercader de Venecia”, de William Shakespeare, una deuda está garantizada con una libra de carne humana de Antonio, el amigo de Basanio, el deudor. La interpretación del contrato por parte del abogado (en realidad es Portia, la prometida de Basanio, disfrazada) concluye que para cobrar la garantía (la libra de carne) no se puede derramar ni una gota de sangre de Antonio, así que la prenda es imposible de ejecutar.
“Los miserables”, de Victor Hugo, reúne los mayores interrogantes sobre la justicia, la pena, el castigo y el deber moral y social. Jean Valjean ha robado un pan para dar a sus sobrinos huérfanos y termina muchos años en la cárcel. Cuando sale libre, después de algunos sucesos, se convierte con otro nombre en buen empresario y ejemplar alcalde de una población. Luego otro hombre resulta condenado porque se cree que es Jean Valjean. Él sabe que si se entrega deja un pueblo entero y una pequeña huérfana a merced del caos y la maldad. Igual, decide someterse a la justicia para evitar la condena de un inocente. “Crimen y castigo”, de Fiodor Dostoievski, presenta el asesinato de una mujer malvada que afecta al colectivo. Su asesino se cree superior al resto de las personas y está convencido de que tiene el derecho a matar. Después se da cuenta de que el castigo no lo libera, mientras que la aceptación de la culpa probablemente sí.
Los anteriores son algunos ejemplos del reflejo de preceptos jurídicos en la literatura. Para establecer una relación entre lo jurídico y una obra literaria es factible revisar múltiples perspectivas. Por ejemplo, se podrían tomar los apartes de la obra en la que el autor crea un ordenamiento normativo, es decir, inventa leyes y, en esa medida, se vuelve legislador. O también se podrían examinar los conceptos jurídicos tradicionales a los que acudió el autor para insertarlos (consciente o inconscientemente) dentro de su creación. Igualmente, es factible analizar la obra desde la perspectiva jurídico-histórica. Es decir, ¿cómo era la legislación y, en general, el ordenamiento jurídico del momento?
Y a la luz de ese análisis, revisar la verosimilitud y validez plasmadas en la obra literaria frente a la normatividad vigente. Otro camino válido para explorar nociones jurídicas es el de ir más allá del texto y revisar las implicaciones legales de determinada situación establecida en la creación ficcional o en la vida del autor. Es decir, la literatura ha servido para presentar las grandes inquietudes y los vacíos del derecho, pero sobre todo ha aportado al pensamiento jurídico una especie de empatía moral, entendida no como indulgencia, sino como cuestionamiento de la condición humana.
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