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“Lo más monstruoso es que nada nos conmueva”: Claudia Amador

La escritora barranquillera habló sobre la nueva edición de su antología “Macrored”, donde explora conceptos como la tecnología, el cuerpo y el poder en un mundo distópico.

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Micaela Abigail Chiliquinga Sánchez
29 de junio de 2026 - 10:10 p. m.
Claudia Amador fue la ganadora del Premio Nacional de Narrativa Elisa Mújica en 2024 por su libro “Altasangre”.
Claudia Amador fue la ganadora del Premio Nacional de Narrativa Elisa Mújica en 2024 por su libro “Altasangre”.
Foto: Jimena Cortés
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La escritora barranquillera Claudia Amador presentó, de la mano con Laguna Libros y Mirabilia, una reedición de su primera antología de cuentos: “Macrored”. En este mundo distópico, que se asemeja cada vez más a nuestra realidad, los cuerpos son mutilados y transformados, la inteligencia artificial juega con el mundo de las ideas y la tecnología parece adquirir el carácter de un culto del que no se puede escapar.

Después del reconocimiento que recibió “Altasangre”, novela con la que Amador ganó el Premio Elisa Mújica, la autora decidió volver a esta compilación de cuentos extraños, donde la incomodidad, lo monstruoso y lo grotesco sacuden las estructuras sociales y hacen que el lector reflexione sobre un mundo que se asemeja cada vez más a su realidad. La autora habló con El Espectador sobre esta nueva edición.

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¿Cómo nació el universo de “Macrored”?

Macrored nació hace varios años. Creo que el primer relato de “Macrored” se puede rastrear hacia 2018, más o menos. Luego empecé a participar en el Concurso de Cuentos Mirabilia de Ciencia Ficción religiosamente todos los años, hasta que escribí El protosalón de las muñecas, cuento con el que abre el libro, y quedé en segundo lugar.

Ese cuento nació porque mi mamá es esteticista y alguna vez habló de un cirujano plástico al que llamaban “el cirujano de las muñecas”. Entonces escribí un cuento sobre un salón de belleza artificial donde las personas entraban naturales y salían transformadas para trabajar en una especie de red virtual. Las mujeres modificaban sus cuerpos para convertirse en estrellas de la Macrored. Ahí fue tomando forma el concepto de Macrored: este espacio virtual en el que las mujeres quieren participar, pero para hacerlo deben ajustarse a ciertos estándares.

En 2023 envié este y otros cuentos a la beca de publicación inédita del Ministerio de Cultura. Ahí fue cuando realmente me tomé el trabajo de releer todo lo que había escrito y descubrí que el hilo conductor era la Macrored, donde los cuerpos, las existencias, las conciencias y los límites de distintos personajes se entrecruzaban en diferentes tiempos, pero en un universo común.

La primera vez que se publicó este libro fue en 2023. ¿Qué diferencias o novedades hay en esta nueva edición?

Siempre aparece una voz interna que piensa que quizá algunas cosas podrían haberse escrito de otra manera, sobre todo en la forma. Pero las preguntas que plantea Macrored sobre el cuerpo, lo artificial y el límite entre la máquina y lo humano siguen siendo las mismas.

Entonces llegamos a un consenso: los libros también hablan de una época, de unas preguntas y de una realidad concreta. Cambiarlo todo habría sido casi un asesinato del libro y de los relatos. No habría funcionado. Lo que hicimos fue pulir algunos detalles y hacer pequeños cambios. Esta nueva edición me permitió jugar con lo que ya estaba escrito, casi como si yo misma fuera una máquina reinterpretando signos y creando nuevos diálogos dentro del universo.

Cada vez más mujeres son reconocidas dentro del género de ciencia ficción. ¿A qué cree que se debe eso?

La ciencia ficción ha estado históricamente asociada a lo masculino, a lo norteamericano, a lo anglosajón y al norte global. Eso termina dejando por fuera no solo a Latinoamérica como potencia creadora de ciencia ficción, sino también a las mujeres.

Siento que durante mucho tiempo también hubo una falta de referentes y existía además cierto temor a no cumplir con los estándares del género, porque alrededor de la ciencia ficción hay lectores muy estrictos. A mí, curiosamente, me impulsó un poco la ignorancia. Y creo que justamente no saber que existía esa brecha me permitió empezar de forma ingenua y libre.

Si ahora hay más mujeres publicando ciencia ficción es porque también estamos leyendo más. La tecnología nos atraviesa de una manera distinta. Todo el tema de los cuerpos expuestos, las redes sociales y las ideologías extremas afecta particularmente a las mujeres. Y eso hace que sintamos la necesidad de imaginar historias que reflejen esas tensiones o incluso mundos donde podamos trascenderlas.

La corporalidad es un tema transversal en el libro. Por ejemplo, en el cuento El protosalón de las muñecas se aborda el cuerpo fragmentado de las mujeres. ¿Qué posibilidades narrativas encontró en este tema?

Cuando escribí El protosalón de las muñecas, yo quería provocar un impacto muy directo. El cuerpo abusado, roto y violentado aparecía narrado de una forma muy frontal, buscando justamente ese shock.

El tema sigue interesándome muchísimo, pero en esta reedición sí cambié algunos términos. Por ejemplo, en cómo estamos regresando a ciertos imaginarios de los años 2000 o en fenómenos como el Ozempic y esta búsqueda de una delgadez extrema, muchas veces imposible o antinatural para la mayoría de los cuerpos. Eso también es una forma de mutilación: del cuerpo y de la identidad.

Es un tema que me obsesiona porque también me atraviesa personalmente. Son reglas, normas y expectativas imposibles sobre el cuerpo, especialmente para las mujeres y para las disidencias de género. Muchos relatos de Macrored, trabajan el cuerpo femenino como un territorio que sufre transformaciones, violencia y control y son observados, modificados, burlados o expuestos, casi como si fueran comerciales permanentes.

Desde la misma introducción el narrador interpela a quién lee como parte de lo que sucede en la Macrored. ¿Cómo construyó esta figura del espectador, no solo desde los personajes, sino también pensando en el lector?

A mí me interesa mucho jugar con el lector o la lectora, romper un poco ese límite entre la historia y quien está leyendo. Me gusta trabajar con la segunda persona y con personajes que observan a otros personajes a través de pantallas.

Todo el libro juega mucho con esa idea de la artificialidad, no solo del mundo, sino también del propio relato. Me interesaba que el libro mismo fuera un dispositivo al que uno pudiera conectarse. Por eso interpelo constantemente al lector. Me gusta explorar esos límites, no solo desde la forma, sino también desde el fondo de los relatos, poniendo en duda quién escribe, qué se está escribiendo y qué es real o falso.

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Precisamente, a partir de los cuentos usted rompe con la figura del autor. ¿Qué tanto se reflejan sus propios cuestionamientos como escritora en este ejercicio?

A mí me gusta decir que me gusta “robar a mano armada”. Soy completamente ladrona en el sentido de que, si algo me gusta en un libro, lo voy a usar y además voy a decir de dónde viene. En Occidente tenemos esta idea del autor como una figura original y única, pero realmente nada es completamente original. Claro, una cosa es el plagio directo y otra muy distinta es reconocer que un texto, una imagen o una idea dialoga con lo que uno escribe. Todo el tiempo estamos referenciando cosas; casi que construimos collages de intereses.

Al final, toda escritura es un dispositivo artificial: tomamos la realidad y la transformamos mediante una estructura literaria que no existe naturalmente en el mundo. Como escritora, me interesa muchísimo jugar con esos límites: quién escribe, quién lee y hasta qué punto lo que leemos está mediado por el tiempo, la vida, las referencias y el contexto.

Varios fragmentos describen momentos explícitos y que pueden resultar incómodos de leer. ¿Cree que estos elementos también pueden convertirse en una forma de protesta o de resistencia?

Sí, totalmente. Siento que lo grotesco, el terror, lo monstruoso o lo no hegemónico hablan de otras realidades y permiten desprenderse un poco de esos ideales que atraviesan constantemente los cuerpos. De hecho, Temporada de orejas, el último cuento, nace justamente de esa reflexión: usar lo raro, lo chueco, lo monstruoso o lo no normativo como un nuevo estandarte, como otra forma posible de pensar el cuerpo y todo aquello que nos atraviesa.

Ahí es donde aparece el body horror: en reflejar lo que ya está ocurriendo en nuestra realidad. Vivimos viendo, a través de pantallas, cuerpos en guerra, cuerpos violentados, cuerpos expuestos, y eso termina deshumanizándonos. Creo que lo más monstruoso es precisamente que llegue un punto en el que nada nos conmueva.

Entonces, parte de esa búsqueda también consiste en mover al lector o a la lectora, recordarle que todo eso no debería parecernos normal, aunque esté tan presente en nuestra realidad. Y es difícil, porque ya estamos muy acostumbrados a la violencia sobre el cuerpo, especialmente cuando sentimos que ocurre lejos de nosotros.

Desde los primeros cuentos que escribió hasta hoy, ¿cómo ha visto la evolución de los temas que trata? ¿Se imaginaba estar en el panorama en el que estamos actualmente?

Esperaba que no, pero la ciencia ficción funciona así. No es magia ni adivinación; lo que hace es escribir desde las dudas del presente y desde ciertas tendencias que ya se pueden percibir. En el caso de Macrored, yo escribía pensando en un futuro muy cercano, pero todo aparecía desde la exageración. Y ahora es muy extraño ver cómo muchas de esas cosas empiezan a parecer reales.

También espero que, así como se han cumplido ciertos escenarios más oscuros, aparezcan otros futuros posibles. Por eso también me interesa mucho lo que se está escribiendo desde otras perspectivas, más comunitarias y esperanzadoras, porque creo que esas búsquedas pueden funcionar como una contraposición a todo este panorama.

¿Cree que es posible escapar de la Macrored?

Yo creo que puede ser posible, porque conozco personas que realmente no están inmersas en eso. Pero al mismo tiempo es muy difícil, porque hoy toda la sociedad está mediada por las redes. En Macrored, desde el inicio, existe la idea de que hay un precio que pagar por pertenecer a ella, pero no estar en la Macrored también tiene un costo: perder la visibilidad y la hiperconexión.

La lógica del internet responde al capitalismo salvaje y eso inevitablemente puede conducirnos a una destrucción que termine colapsando este sistema y obligándonos a encontrar nuevas maneras de habitar el mundo. No sé si realmente vamos a escapar de la Macrored, pero sí sé que existe y que nos va a llevar a un punto en el que tendremos que tomar decisiones sobre ella. O quizá ella las termine tomando por nosotros.

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Micaela Abigail Chiliquinga Sánchez

Por Micaela Abigail Chiliquinga Sánchez

Comunicadora social y profesional de Estudios Literarios de último semestre de la Pontificia Universidad Javeriana. Apasionada por la gestión cultural, el sector editorial y la literatura latinoamericana.mchiliquinga@elespectador.com
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