Cuando el terremoto sacudió a Colombia el pasado 10 de agosto, las casas, negocios e iglesias no fueron los únicos inmuebles que sufrieron daños. Diferentes museos en Risaralda, Caldas, Valle del Cauca y Chocó también fueron impactados. Un ejemplo de las afectaciones del sismo sobre estas instituciones culturales es el Museo de Arte de Pereira, cuyo edificio está en riesgo de ser demolido y varias de las obras de su colección continúan bajo los escombros. En Vijes, Valle del Cauca, varias de las cerámicas que residían en el Museo Arqueológico quedaron hechas pedazos. Más allá del movimiento telúrico y sus consecuencias, una arista que resalta en medio de esta situación son los planes y protocolos que los museos ejecutan en contingencias como estas.
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Óscar Gaona, presidente de ICOM Colombia, afirmó a este diario que actualmente se enfrentan a un panorama de aproximadamente 30 museos afectados. Sin embargo, cree que la cifra podría duplicarse en las próximas semanas cuando tengan acceso a regiones del Chocó. Por otro lado, contó que el mapeo de las instituciones impactadas ha sido difícil, puesto que hay museos albergados dentro de universidades que mantienen sus puertas cerradas y no es posible entrar a estos recintos aún.
Según Gaona, desastres naturales como el terremoto en Colombia, los de Venezuela y el que recientemente se registró en Perú ponen en evidencia que “en Latinoamérica no estamos preparados para atender lo que sigue después de un evento como este”, afirmó.
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Ante una situación como un terremoto, un museo debe abordar múltiples frentes. Por un lado, la vida de las personas dentro de los recintos, entre visitantes y trabajadores, un plan de evacuación para estos y, además, preocuparse por las colecciones y las obras que resguardan entre sus muros y lo que sucederá con ellas tras la emergencia. “Además, cada catástrofe es diferente. Habrá necesidades específicas para una avalancha, un incendio o un terremoto y cada país debe encargarse de adecuar esos protocolos a las legislaciones vigentes”, dijo.
Para crear uno de estos planes o protocolos, lo primordial es la protección de la vida. Paula Matiz, PhD en Gestión y Desarrollo del Patrimonio Cultural y docente en la Universidad Externado, aseguró a El Espectador que hay una serie de pasos aceptados internacionalmente para la creación de este tipo de documentos. “Lo primero que se hace es una identificación de las amenazas. Después se pasa a una fase llamada la valoración del riesgo, en la que se hace el análisis y la evaluación de las amenazas. Con eso se saca un nivel de riesgo, y esto va a decir si un museo o una colección está muy vulnerable a una amenaza específica, como, por ejemplo, en este caso, un terremoto o cualquier otra. Luego, se priorizan las amenazas y se establece cuál es más grave que la otra; esto te lo aporta la evaluación de riesgos. La siguiente fase es el tratamiento de los riesgos y aquí se toman las medidas pertinentes para la situación que cada institución o colección tenga, porque esto también se aplica no solo a museos, sino a bibliotecas y archivos”, afirmó.
Adriana Páez, jefa de conservación y registro en el Banco de la República, contó que la gestión de colecciones en una emergencia hace parte de la fase de conservación preventiva. En este proceso no solo se tiene en cuenta un desastre natural; también se evalúan riesgos para situaciones como una falla estructural o un problema de seguridad, entre otros. “Lo que más ayuda en una contingencia como esta es haberlo pensado desde antes. Los simulacros y la preparación son claves en la gestión integral de una colección”, afirmó.
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No hay una única forma de proceder en una emergencia. Según Matiz, no solo es el tipo de emergencia lo que pesa, sino también el tipo de material con el que se trabaja; una pintura va a tener un manejo diferente al de un libro o una obra gráfica. Páez y Matiz coincidieron en que la capacitación en estas situaciones es fundamental para saber cómo atender cualquier contingencia que se pueda presentar.
Ángela Pesantez, conservadora del Museo del Oro, aseguró que en la subgerencia cultural del Banco de la República se ha trabajado en el plan de salvamento que se usa desde 2013. A través de este evaluaron los riesgos de las diferentes colecciones que se encuentran en sus museos y bibliotecas. “Un riesgo jamás va a desaparecer, pero se puede reducir a su mínima expresión”, dijo. En el plan que desarrollaron contemplaron emergencias como una inundación, un incendio, afectaciones por obras civiles o internas y un terremoto. “Para crear un plan como este, lo primero que uno mira es a cuáles riesgos eres más vulnerable como institución, cuál es la naturaleza de tus colecciones y con qué recursos cuentas en términos de personas, tecnología, infraestructura y conocimiento para atender esos escenarios de riesgo”, afirmó.
Tanto Páez como Pesantez resaltaron que en el caso del Banco de la República “nadie se pone la capa de superhéroe. Primero viene la vida y luego las colecciones”. Sin embargo, en este caso, implementaron la estrategia de las “colecciones jerarquizadas”, lo que quiere decir que identificaron una serie de piezas de alta importancia que serían las primeras en evacuar una vez que el personal obtuviera el aval para ingresar al recinto.
“Esto lo aprendimos de una experta que vino desde la Biblioteca de Nueva Orleans, que luego del huracán Katrina sufrió varias afectaciones. Nos comentó que cuando llegó el huracán se inundaron sus colecciones y no las pudieron recuperar hasta tres meses después de que se hicieran las inspecciones de que el lugar era seguro para el ingreso”, relató.
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Por otro lado, Páez afirmó que otra de las herramientas clave en estos casos es la documentación. Se debe observar el registro de la obra para hacer una evaluación y pensar en el transporte y la póliza de seguro, de manera que exista una lista de chequeo antes de que se manifieste el riesgo. Sin embargo, según comentó Gaona, asegurar las colecciones de un museo, especialmente para aquellos que dependen económicamente de la venta de entradas y el turismo, no es tarea fácil. Las condiciones de cada institución son diferentes y, por ende, no hay un estándar o una fórmula única para este tipo de planes. “La mayoría de museos en Colombia no tienen aseguradas sus colecciones. A veces ni para pagar la luz les alcanza”, dijo. Además, acceder a un seguro implica adjudicar un valor comercial a piezas como cerámicas precolombinas, lo cual dificulta más el proceso porque la gran pregunta después de que se rompan piezas como las del Museo Arqueológico de Vijes es: ¿qué se hace con el dinero de un objeto que ya no se puede recuperar ni restaurar?
Más allá de asegurar una obra o colección, tanto Matiz como Gaona mostraron su preocupación por el aspecto económico, puesto que para realizar este tipo de acciones es necesario contar con el trabajo de conservadores y restauradores. “No todas las instituciones cuentan con estas personas y el personal debe capacitarse en saber cómo salvar y evacuar una colección, además de instruirse en manipulación, embalaje, documentación y registro para emergencias”, afirmó.
De acuerdo con la docente, en Colombia ya se ha avanzado con matrices de riesgo e identificación de amenazas. Sin embargo, estos avances no son homogéneos en el país, puesto que son solo algunas instituciones las que tienen esta documentación. “Eso fue, en parte, lo que evidenció el terremoto. Lo que se vio fue que muy pocas instituciones realmente tenían unos planes de emergencia, salvataje y evacuación de colecciones que les pudieran permitir entrar en la fase de tratar las colecciones que tengan”, finalizó.
Para Páez el hecho de poder pensar a largo plazo en una institución cultural en Colombia es un lujo. “Este es un ejercicio que debería tener más continuidad de la que en la vida real tiene. Es una tarea silenciosa y que no tiene unos resultados visibles, salvo cuando ocurre un desastre de esta naturaleza. Creo que el éxito en estos casos no responde a unos indicadores cuantificables de cosas. Prepararse para una emergencia cuando nosotros somos sociedades que viven en emergencia a veces es difícil en términos culturales. Ese podría ser el llamado de atención en estos momentos. Si la vida nos está recordando esto, como lo hizo la pandemia, donde dejamos de tener acceso a los museos y a los lugares culturales por meses, podemos ir recogiendo estas experiencias para que, si se repite un evento de esta naturaleza, podamos usar esas lecciones aprendidas”, afirmó.
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