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Andrés García La Rotta no sale nunca a un viaje sin su cámara, es el objeto que empuña cuando se encuentra en peligro y con el que capta imágenes que cuentan historias más poéticas, más minúsculas, más quietas quizá que las que demanda el cine. Desde el jueves, su video instalación Cabeza de pájaro estará en la muestra del Festival Internacional de cine de Toronto.
Desde hace tres años, este joven artista se internó en el río Magdalena para retratar el interior de las casas campesinas. Emocionado con esos escenarios mínimos y coloridos fue encontrando que el bahareque, el adobe y la guadua hacían que cada interior, cada cuarto y cada comedor fueran distintos. Cuando llegó a las riberas del río Magdalena, en los límites entre Antioquia y Santander, las casas que Andrés encontró contaban historias muy diferentes.
Deshechas, carcomidas en sus paredes y sus pisos por las subiendas, el panorama era desolador. Habitadas en su mayoría por humildes pescadores, esas destartaladas moradas eran el testimonio de las inclemencias de un río que paradójicamente es el que les da para sobrevivir. Fue allí donde realizó el primer video. Tomó el interior de una casa a medio caerse, en donde había muerto toda la familia de Juan Bola, un pescador de la región, mientras la ventana casi intacta era testigo del correr implacable del río. Este cuadro, que planeó proyectar sobre una enorme pared, era sólo el comienzo.
Pájaros y testigos
La creación de imágenes que hace Andrés García, siempre va acompañada de largas investigaciones. Un día, leyendo sobre el avance de los españoles por el gran río encontró un texto que aportaría un nuevo elemento a su proyecto: “Cuando los españoles llegaron a estas tierras, reportaban en sus crónicas de viajes que en este paraíso perdido nadie hablaba su idioma, salvo un pájaro verde que vivía en los árboles”. Los españoles hacían referencia al loro, pajarraco desconocido por sus latitudes y que con su capacidad de repetir lo que oía, les dio a pensar a los extranjeros que el animal realmente los entendía. Ahondando en el tema, García descubrió que incluso en las épocas de los indios Caribes, los loros fueron animales que guardaron los vestigios de pueblos desaparecidos. “En algunas crónicas de Humboldt se cuenta cómo muchos pueblos indígenas adoraban a los loros porque les hablaban en idiomas de otros pueblos, extintos ya”.
Fue así como este artista encontró en la figura del loro el testigo perfecto, un animal que circunda el río y que habla de lo que fueron los días pasados. A su instalación, -su imagen de aquella casa campesina que arroja al espectador a la vivencia del abandono -, le añadió unos pequeños monitores que posó sobre varias columnas y que proyectan las imágenes de unos loros que miran casi de forma acusatoria.
Este trabajo, que se expone actualmente en Bogotá en la galería Cuarto Nivel, ha sido seleccionado por el Toronto Internacional Film Festival para que sea una de las muestras invitadas. Desde el martes los rumores de un río, las tristezas de unas casas de pescadores y unos loros inquisidores contarán sus historias a personas que jamás han oído de un río llamado Magdalena.