Aunque más conocido en el ámbito del ensayo literario, principalmente por sus abordajes iluminadores sobre la obra de García Márquez, Germán Espinosa y otros autores colombianos y latinoamericanos, me consta que Orlando Araújo Fontalvo ha venido cultivando, quizás mucho antes de su trabajo ensayístico, la escritura narrativa en el género del cuento. Y lo ha hecho casi de modo secreto, aunque, de vez en cuando, nos ha dejado conocer algún relato en una revista o suplemento literario, principalmente en el periódico El Heraldo.
Resulta indiscutible que Araújo Fontalvo es un narrador que sabe crear el suspenso y el interés que todo buen cuento debe proyectar en el lector. El Diablo de Guanabara contiene 17 relatos escritos con la virtud de no decirlo todo en relación con las historias que proponen. Y el autor lo hace con la conciencia y la destreza de un relojero, dejando vacíos y lagunas intencionales en el decurso del tictac narrativo, para que sea el receptor el que llene esas porosidades en la trama narrativa y los finales abiertos. (Recomendamos nuestra serie Cuentos de sábado en la tarde).
Y uno descubre, leyendo los cuentos de El Diablo de Guanabara, que el conocimiento semiótico y teórico-crítico de la literatura que le han dado su labor ensayística y sus estudios literarios no interfiere para nada en su trabajo creativo de ficción y, antes por el contrario, como lo sentimos en la narrativa de un semiólogo como Umberto Eco, la conciencia de la narratología lo lleva a proponer relatos autosuficientes y estilísticamente creativos que saben detenerse en los límites de la ansiedad y el desenlace, cuando el lector quisiera saber más, que es la entrañable dicha que todo buen cuento debe proponernos.
En este sentido, recordemos la teoría de la fotografía como imagen analógica del cuento y de la película como espejo de la novela, de Julio Cortázar. En efecto, estos cuentos nos presentan el recorte de una realidad cuyos límites proyectan la mente del lector a una percepción más vasta, de modo que el significado de cada cuento en particular, como lo hace una buena fotografía, nos lleva a esa “aparente paradoja: la de recortar un fragmento de la realidad, fijándole determinados límites, pero de manera tal que ese recorte actúe como una explosión que abre de par en par una realidad mucho más amplia” y a veces monstruosa.
Araújo Fontalvo tiene la capacidad creativa y la sabiduría para escribir sus historias con un lenguaje que, sin rehuir la erudición, real o aparente, como en un puzle borgiano, se decide, por un juego de lenguajes en que la balanza expresiva se mueve en el exacto equilibrio entre lo culto y lo erudito, y lo popular caribeño, como seguramente lo han hecho sus maestros García Márquez, Germán Espinosa y Ramón Illán Bacca.
Así, sin caer en el color local, por la vocación universalista que guía sus relatos y el manejo de una estructura frásica competente, Araújo Fontalvo incluye un vocabulario caribeño, propiamente barranquillero o atlanticense, de modo que encontramos vocablos muy nuestros, paseándose orondos por las páginas, como camastro, cebiche, canalete, ristra, alharaca, comadrona, bijao, chinchorro, encerrona, fique, bellaquería, chichigua, pechiches, lumbalú, yamaró, surimba, chambones, malencarado, cachivaches, chirimbolos, batacazo, pito atravesao, cachitos de panela, torito bravo, garabato, vallenato llorón, ventorrillo, calanchín, cabrito, tapetusa, cuchara de palo, monocucos, marimondas, jarabe de totumo, menjurjes de yerbatero, pataleta, terraza berrochona, tinterillo, batatilla, butifarra, caribañola, café cerrero, palomitas volantonas, la cola del patio, catre de tijera, celele, chequita, fuetera, trompo cascareto, chapolo, pito atravesao, carrucha, coroncoro, paquitos, berrinche, majadero… O frases como “Pelen a este malparido”, “Bájate con lo que tienes”, “Estirar la pata”, “Colgar las abarcas, malanga, ñame espino”…
En cuanto al espacio, en algunos cuentos se presenta una geografía que incluye al Caribe, como se observa en el cuento “El Diablo de Guanabara” (La Habana, Cartagena de Indias, San Basilio de Palenque, Sanlúcar de Barrameda, La Tortuga, Las Azores, Portobelo, Islas del Rosario) y Alemania, España, Francia, pero también nos estalla en la cara la toponimia de Barranquilla: La Troja, Barlovento, Zona Cachacal, Estadio Romelio Martínez, Mercadito de Boston, El Recreo, Mercado de Grano, Paseo Bolívar, Calle 30, El Boliche, Plaza de la Paz, Siete Bocas, Plaza de San Nicolás, Teatro Obando, Mogador…
Balance o quizás swing (ritmo) podrían ser palabras que definen la estructura de los relatos de El Diablo de Guanabara, equilibro en el lenguaje y en las realidades y ficciones tratadas. Así, si por un lado encontramos un texto como “El Diablo de Guanabara”, en que todo parece pura ficción, con un trasfondo erudito de referencias esotéricas, por otro lado tenemos un cuento como “Palomeque”, en que se narra la historia ocurrida a un habitante de la calle, recogedor de desechos, una noche del carnaval barranquillero, mientras su hijo Benjamín, de siete años, lo esperaba en la carretilla de reciclaje. Es de anotar que sobre el tema universal del ‘carnaval sangriento’, este relato será definitivamente una pieza de antología, al lado de la matanza en el carnaval de Macondo en Cien años de soledad.
Con El Diablo de Guanabara, Orlando Araújo Fontalvo nos deja la certeza de que vendrán nuevos volúmenes de relatos y quizás novelas, pues un cuento como “El barista” tiene el aliento y la andadura de una narrativa que está pidiendo una mayor extensión narrativa.