Piglia es un hombre que va envejeciendo mientras dicta sus clases de literatura en la Universidad de Princeton, la misma cátedra que por años dictó en la Universidad de Buenos Aires. También, a sus 71 años, sigue escribiendo novelas: Anagrama lanzó el año pasado su obra Blanco nocturno, elegida como el tercer mejor libro de 2010 por Babelia.
Cuando concede entrevistas suele decir que a estas alturas sus míticos diarios son los únicos que le permiten recordar las cosas que le pasan. “Pensar no es recordar, se puede pensar aunque se haya perdido la memoria. (Lo vengo sabiendo por mí desde hace años: sólo recuerdo lo que está escrito en el diario)”. Justamente esos diarios, secretos, inéditos, serán publicados cada mes en el suplemento literario Babelia del diario español El País.
Se trata de páginas que recogen encuentros luminosos, reflexiones y experiencias que ha anotado el escritor en cuadernos desde finales de 1957 y en los que todavía sigue escribiendo. “Me mantengo fiel a esa manía. Por supuesto, no hay nada más ridículo que la pretensión de registrar la propia vida. Uno se convierte automáticamente en un clown. Sin embargo estoy convencido de que si no hubiera empezado una tarde a escribirlo jamás habría escrito otra cosa...”, ha confesado el escritor en el blog del diario madrileño.
Los escritos que se van a publicar son los más recientes, los que ha escrito trabajando como catedrático. Así, por fin, los lectores podrán conocer el espíritu de esos cuadernillos, que tantos rumores han generado por décadas en el mundo literario. Pero más allá del descubrimiento de secretos, la inquietud debe alentarse sobre todo por conocer en un testimonio en primera persona la vida de escritor que incluso a él mismo se le escapa. “Tengo la extraña sensación de haber vivido dos vidas. La que está escrita en los cuadernos y la que está fija en mis recuerdos”.
En su primera edición, publicada este domingo y titulada “Un detective privado”, Piglia cuenta de manera fragmentada el encuentro un lunes en un hospital, con un hombre alcohólico, luego, un domingo, habla de Ralph Anderson, un detective privado, mientras un jueves el juicio que parece asaltar al escritor es el siguiente: “Curiosamente nadie parece haber reparado en que no fue T.W. Adorno el primero en establecer una relación entre el futuro de la literatura y los campos de exterminio nazis”.
Los primeros fragmentos se pueden leer en http://www.elpais.com/articulo/portada/detective/privado/elpepuculbab/20110115elpbabpor_65/Tes