El Espectador usa cookies necesarias para el funcionamiento del sitio. Al hacer clic en "Aceptar" autoriza el uso de cookies no esenciales de medición y publicidad. Ver políticas de cookies y de datos.

“Los griegos se burlaban ridiculizando a los científicos y ello también les resultó útil”

Tales de Mileto y, después, Anaximandro pusieron en el siglo VI a. C. las primeras piedras para que los griegos comenzaran a pensar que no todo era obra de los dioses y que para llegar al conocimiento, a la razón, era imprescindible la observación. “El que el hombre descendiera de otros animales y no de los dioses suponía, como podemos imaginar, una enorme ruptura con la mentalidad pasada”, como escribió el historiador Peter Watson. (Rumbos de democracia VI).

Fernando Araújo Vélez

23 de mayo de 2026 - 02:49 p. m.
Imagen de las ruinas en la Isla de Delfos.
Foto: AFP - ARIS MESSINIS
PUBLICIDAD

Por la democracia griega, el poder se dispersó durante cientos de años, y aquella dispersión fue propicia para que surgieran la ciencia y la filosofía, entre tantas otras invenciones o descubrimientos. La ciencia, ‘scientia’, que significaba conocimiento, surgió en Jonia, en la costa occidental de lo que luego se llamaría Asia Menor, actual Turquía. Como escribió Peter Watson en su libro “Ideas, historia intelectual de la humanidad”, según Erwin Schrödinger, se dieron tres circunstancias para que naciera allí la ciencia. “En primer lugar, la región no pertenecía a ningún estado poderoso, que normalmente se muestran hostiles hacia el pensamiento libre. En segundo lugar, Jonia era un pueblo de marineros, ubicado entre Oriente y Occidente, y con sólidos vínculos comerciales”.

El comercio, las idas y vueltas, las mezclas de razas y de conocimientos, las necesidades de resolver asuntos prácticos, fueron siempre en la historia fundamentales para que las ideas de unos pueblos fueran conocidas por otros, y luego, para que de ellas surgieran otras, más fuertes en la mayoría de los casos. El tercer punto que Schrödinger planteó para explicar el nacimiento de la ciencia fue que “la región no estaba ‘infestada de sacerdotes’; no había, como en Babilonia o Egipto, una casta sacerdotal hereditaria y privilegiada con un interés personal en el mantenimiento del ‘status quo’”. Nathan Sivin y Geoffrey Lloyd sostenían que los pensadores griegos, fueran filósofos o científicos, no contaban con el patrocinio que tenían los chinos, por ejemplo.

“Esto tuvo como consecuencia que los científicos chinos fueran mucho más circunspectos en sus opiniones y menos dados a adoptar nuevos conceptos que sus colegas griegos: tenían mucho más que perder, y rara vez discutían como lo hacían éstos”, como lo explicó Watson, quien luego agregó que en realidad, en Grecia y entre los griegos lo que había era competencias de conocimiento y sabiduría, similares a las pruebas deportivas, que para ellos eran una forma de sabiduría. Para Geoffrey Lloyd, citado por Watson, había “muchísimas más afirmaciones en primera persona del singular en la ciencia griega que en la china, mucho más egotismo, los científicos griegos se referían con más frecuencia a sus errores e incertidumbre y se criticaban más a menudo”.

Incluso, “Los griegos se burlaban ridiculizando a los científicos y ello también les resultó útil”, afirmaba Lloyd en su libro “Early Greek Science”, publicado en 1970. En el fondo, entre conversaciones, discusiones y burlas, los jonios fueron comprendiendo que el mundo y la vida podían ser conocidos si dejaban a un lado las creencias y los dogmas. En palabras de Watson, “No era el patio de recreo de unos dioses que actuaban de forma arbitraria según se sintieran en el momento, animados por las pasiones suscitadas por el amor, la ira o el deseo de venganza. Este descubrimiento dejó asombrados a los jonios: se trataba, como subrayó Schrödinger, de algo ‘completamente nuevo’. Los babilonios y los egipcios sabían mucho sobre las órbitas de los cuerpos celestes, pero la consideraban un secreto religioso”.

En aquellas circunstancias, y en el siglo VI a. C., emergió de las costas jónicas Tales de Mileto, a quien los historiadores consideraron el primer científico “verdadero” de la historia. Pese a que no fue el primero de los pensadores que trató de comprender el origen del universo y de qué estaba constituido, sí fue un punto y aparte en cuanto a que no se han encontrado evidencias sobre otro que hubiera expresado antes de él sus ideas de forma lógica, más allá de la mitología. Tales era mercader. Había navegado hasta Egipto, y en sus distintos viajes había aprendido sobre astronomía y matemáticas, hasta el punto de que en el año 585 a. C. predijo un eclipse total de sol. Aristóteles afirmaría dos siglos más tarde que con aquel acontecimiento se había iniciado la filosofía griega, entendida como conocimiento, indistintamente de que fuera ciencia o no.

Para los griegos, las preguntas eran esenciales. No dividían los saberes. Es más, la palabra “ciencia”, como se entiende hoy en día, apenas comenzó a utilizarse en el siglo XIX. Tales de Mileto pasó a la historia por haberse preguntado de qué estaba hecho el mundo. Aunque su respuesta no era del todo correcta, pues se respondió que de agua, haberse interrogado algo cuya respuesta no tuviera que ver con los dioses era una innovación. De acuerdo con Watson, “Su respuesta también era nueva porque sugería que el mundo no consistía en una innumerable cantidad de cosas (un hecho obvio a simple vista) sino que, por debajo de esta apariencia de multiplicidad, estaba formado por un único elemento. En otras palabras, para Tales el universo no era sólo racional, y por tanto cognoscible, sino también simple”.

Luego de Tales, otro jonio, Anaximandro, continuó preguntándose por la esencia del mundo y la vida, y llegó a la conclusión de que la realidad física última de las cosas no podía ser tangible, “una idea que no estaba tan lejos de la verdad, como se descubriría muchos años más tarde”, como lo reseñó Watson. Para Anaximandro, en lugar del agua, había algo “indefinido”, y propuso una tesis que denominó de “oposiciones”, lo caliente y lo frío, lo líquido y lo seco. Luego elaboró una teoría según la cual los humanos no descendían de los dioses ni de los titanes, sino de los animales. Todos los seres vivos se habían criado en su origen en el agua, y estaban “cubiertas con conchas llenas de púas”. Pasados los años, un tiempo indefinido pero muy largo, gran parte de los mares se secó.

Algunas de las criaturas que vivían allí, o que habían vivido allí, “salieron a la tierra, donde sus conchas se rompieron para dar origen a otro tipo de animales”, en palabras de Watson, quien afirmó que las tesis de Anaximandro, como antes las de Tales, pusieron las primeras piedras para que los griegos comenzaran a pensar que no todo era obra de los dioses, y que para llegar al conocimiento, a la razón, era imprescindible la observación. “El que el hombre descendiera de otros animales y no de los dioses suponía, como podemos imaginar, una enorme ruptura con la mentalidad pasada”.

No ad for you

Si le interesa seguir leyendo sobre El Magazín Cultural, puede ingresar aquí 🎭🎨🎻📚📖

Por Fernando Araújo Vélez

De su paso por los diarios “La Prensa” y “El Tiempo”, El Espectador, del cual fue editor de Cultura y de El Magazín, y las revistas “Cromos” y “Calle 22”, aprendió a observar y a comprender lo que significan las letras para una sociedad y a inventar una forma distinta de difundirlas.fernando.araujo.velez@gmail.com
Conoce más

Temas recomendados:

Ver todas las noticias
Read more!
Read more!
El Espectador usa cookies necesarias para el funcionamiento del sitio. Al hacer clic en "Aceptar" autoriza el uso de cookies no esenciales de medición y publicidad. Ver políticas de cookies y de datos.