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Los intelectuales en cuestión

El filósofo francés se hace serios cuestionamientos sobre la intelectualidad.

Alberto Bejarano/ Manuel Osorio

13 de noviembre de 2008 - 04:31 p. m.
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Escrito originalmente por el filósofo francés Maurice Blanchot (El libro por venir, Kafka, El espacio literario) en 1984 para la revista Le Débat de París, sus palabras continúan la polémica entre columnistas y lectores de El Espectador en torno a las siguientes preguntas, planteadas así por Blanchot: “¿Qué pasa con los intelectuales? ¿Quiénes son? ¿Quién merece serlo? ¿Quién se considera descalificado si se le dice que él lo es? ¿Intelectual? No lo es ni el poeta ni el escritor, no lo es el filósofo ni el historiador, no es el pintor ni el escultor, no lo es el sabio, aunque sea profesor”.

Para Blanchot, el intelectual es el arquetipo de la universalidad. Es quien se mantiene en la retaguardia del poder. Es el pensador en la trasescena (léase Affaire Dreyfus). En él vive la paradoja de saber que “es difícil ser un intelectual, tanto más difícil cuanto que no se podrá serlo solo y que las exigencias personales por las que tiene que responder le confinan a una soledad de la que no puede ya salir indemne”. Blanchot nos muestra también los antiintelectuales (Barres y el ‘primer’ Valéry). Leyéndolo comprendemos mejor cómo situar el concepto en el siglo XX, el “siglo de la Bestia” como lo llamara Alain Badiou: la Gran Guerra, la Guerra Civil española y el avance del fascismo, la lucha por la descolonización. Para Blanchot no puede hablarse de ‘intelectuales’ de la misma forma que se hacía antes de mayo del 68. Hay que resituar su figura sin dejar de lado su historia, mejor, su genealogía. En estos tiempos de reacomodación de los fascismos, debe adquirir nuevo vigor el intelectual.

Aparece también en la sombra la figura siempre impertinente de Heidegger y el rescate de un texto menor suyo titulado Discurso del rectorado (1933). Allí, nos recuerda Blanchot, “inexplicables e indefendibles son las declaraciones políticas de Heidegger, en las que da la razón a Hitler”. Sólo nos quedaría remitirlos, si desean profundizar en este tema, a Paul Celan. El libro incluye un largo prólogo, a cargo del traductor de la obra, Manuel Arranz.

El libro de los libros

El viaje de invierno, de Georges Perec, publicada en 1993 y traducida al español en 2006, es una novela corta en la que su protagonista, Vicente Degraël, descubre un libro desconocido, un libro de libros, un libro que es plagiado por anticipado, pues en él, poetas del siglo XIX como Rimbaud, Mallarmé, Verlaine y Lautréamont, entre otros, habrían copiado fragmentos. Es así como el protagonista va en busca de las pruebas de la obra maestra desconocida de Hugo Vernier. El autor crea una ficción en la cual esta obra sería un pilar de la literatura del siglo XIX, la “Biblia” en la que los más famosos escritores hubieran extraído lo mejor de sí mismos.  El desenlace es inesperado.

El libro se inscribe dentro de la experimentación realizada por Perec en el Oulipo, en el que autores como Raymond Queneau, François Le Lionais, Marcel Bénabou, Italo Calvino, ensayaron  las posibilidades de la creación literaria adoptando modelos formales procedentes de otros campos, como la matemática, la lógica  o el ajedrez. El viaje de invierno es un breve relato con fluidez poética en el cual el autor hace gala de su conocimiento literario. Una novela hecha con inteligencia y pasión, apta para bibliófilos.

Por Alberto Bejarano/ Manuel Osorio

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