Es un testimonio poético sobre una Librería “entre líneas”. Una Librería atendida y sostenida por Escritores. Mijail Osorguín la define así: “la Librería de los Escritores fue, quizá, la única institución cultural y comercial en Rusia que conservó su independencia moral y material a lo largo de los terribles años de caos, terror y hundimiento de los valores espirituales. Fundada en septiembre de 1918, la Librería existió hasta 1922”.
Este libro pudo ser un capítulo (más) de la película “El violín rojo”. La Librería fue un refugio de escritores, lectores y libreros. Libros nuevos y usados; editoriales independientes. En otras palabras, un panorama diferente al de Bogotá, salvo algunas gloriosas excepciones. La única Librería de Rusia, luchando en el frente más transiberiano de todos: la precariedad económica y la censura. La única en la que se podía leer “sin autorización”. En medio de la aventura literaria, lo más significativo fue asumir la Librería como una necesidad, y al mismo tiempo, valorar el oficio del librero como el que sabe de libros. Es irónico el contraste entre la Librería y el afiche que escribieron y pegaron en su puerta, los soldados del Ejercito Rojo: “rebista nuestra ptria proivido pasar sin permiso arestado” (sic.)
Es difícil imaginar la situación del libro en los albores de la revolución rusa. Quizá viendo “El huevo de la serpiente” de Bergman, se pueda entender mejor la hiperinflación. El pan sube de un día para otro cien por ciento y más. En Moscú, como lo narra Osorguín, “a cambio del libro, con frecuencia en vez de dinero, recibíamos harina o jabón o aceite o azúcar”. A pesar de ello, la Librería pudo dedicarse también a la edición artesanal: llegó a publicar 190 libros autógrafos.
Poemas de Tsvietáieva cierran esta cálida lectura. Un verso elegido, acaso a propósito, “…aún así entre la gente yerra / Como a la luz de la luna un perro…”.
La librería de los escritores. Mijail Osorguín, Alexei, Rémizov, Marina Tsvietáieva. Ed de la Central- Sexto piso. Barcelona, 2007.