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Los mil y un vestidos de Oriente

El museo Quai Branly, de París, presenta una muestra que recupera trajes tradicionales de Egipto, Palestina y Siria amenazados por fundamentalismos.

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Angélica Gallón Salazar
11 de marzo de 2011 - 12:03 a. m.
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En los últimos meses los periódicos han hecho exhaustivos reportes sobre la protestas y los inconformismos ciudadanos, que casi comulgan con guerras civiles, en Egipto, Túnez y Libia. Esas imágenes de calles abarrotadas de hombres iracundos hacen preguntarse si en esos países las mujeres, en sus vidas íntimas, en sus casas, también libran sus propias luchas. ¿Qué otras batallas, quizás nunca contadas, ni puestas en primicia en los noticieros, se han librado en la intimidad del clóset femenino, por ejemplo, cuando han arreciado los fundamentalismos en las ciudades?

Justamente por estos días el museo Quai Branly, de París, presenta la exposición ‘El Oriente de las mujeres visto por Christian Lacroix’, un recorrido por 150 vestidos que narran el pasado —hecho de bordados, colores y algodones— de Egipto, Jordania, Siria, Palestina y en general de toda la vasta región situada en el corazón del Creciente Fértil, que abarca del norte de Siria al desierto del Sinaí. Vestidos que son documentos silentes de cambios religiosos y políticos, telas y siluetas que testimonian una idea del mundo pasado y los cambios vertiginosos del presente.

“Quise que el público descubriera, a través de esta exposición un arte indumentario femenino desconocido, pero sobre todo quise rendir un homenaje vibrante a las mujeres orientales. Mujeres que, a su manera, han dado forma a su mundo. Mujeres que han cosido millones de puntos coloridos sobre sus vestidos para embellecer sus vidas y endulzar sus futuros”, explica la curadora de la muestra, Hana Chidiac, desde París.

La idea de reunir trajes que desde nuestros días se devolvieran en el tiempo hasta el siglo XIII nació justamente de Hana Chidiac, quien en un viaje por Amman, en 2007, fue testigo de una propagada práctica femenina que desvelaba los tiempos oscuros por los que estaban pasando las mujeres de la región.

En una tarde de onces con la famosa coleccionista Madame Kawar, Chidiac vio llegar a una mujer palestina cargada con una bolsa llena de vestidos. Lo que había dentro de los ingratos plásticos era una fiesta de colores, telas llenas de bordados hechos a mano, vestidos de gasas exuberantes y velos que la curadora francesa jamás había tocado. La palestina venía a ofrecer todos esos atuendos que ella misma había cosido y con los que había inundado de alegría sus años mozos. En realidad, la mujer tenía que deshacerse de ellos. Las leyes de tintes fundamentalistas del Islam que se endurecían por esos días dictaminaban que “una mujer pura no debía salir de su casa vestida de colores”.

Sólo fue sentarse a investigar unas cuantas centurias atrás para que Chidiac entendiera que esa oscuridad con la que Occidente identifica el vestido de las mujeres del Islam, había sido en realidad un cambio reciente. Se dio cuenta, por ejemplo, de que en ciertas ciudades jordanas el color índigo puesto en los bordes de los vestidos y en las mangas protegía a las mujeres de un posible “mal de ojo”. Descubrió bordados en colores alegres y tornasolados, formas ancestrales, hechas de copas amplias, mangas tipo pagoda y vestidos de largos de hasta más de tres metros, que parecían haberse esfumado. “El negro puede ser un color sublime, pero no cuando es impuesto en las mujeres para uniformarlas y borrarlas —explica Chidiac—. Cuando el negro no es una elección deliberada, es una señal de oscurantismo”.

Otra de las grandes amenazas a las que se habían enfrentado esos saberes tradicionales hechos túnicas eran los frecuentes contactos con Occidente que fueron transformando los hábitos en la indumentaria de las mujeres urbanas. Éstas, atraídas por los trajes europeos, abandonaron poco a poco sus vestidos tradicionales. “Los vestidos tradicionales han sido todo el tiempo símbolos de identidad, una especie de cédula de identidad. A cada región su vestido, a cada vestido su estatus social.

Hoy, en un mundo en el que las fronteras se abren más y más bajo las presiones de la globalización de la economía, los vestidos tradicionales desaparecen en beneficio de una indumentaria universal. En Oriente próximo asistimos, impotentes, a la destrucción de una memoria, a la caída de una creatividad que parecía, todavía hace unos años, inagotable”, lamenta la curadora de la muestra.

Lacroix parece concordar con Chidiac. El director artístico de la muestra ha confesado a varias agencias internacionales que “la vulgarización mecánica y las brisas oscurantistas han acabado por desarmar las bellas almas de artistas artesanas natas. Han bastado dos o tres décadas para que casi se apaguen siglos de luces y los restos preciosos de generaciones laboriosas”.

El recorrido de la muestra arranca con el vestido de una niña del siglo XIII encontrado en unas excavaciones arqueológicas en Líbano, y sigue un itinerario geográfico que desvela en 150 atuendos los colores políticos, los tonos religiosos, las texturas que durante siglos ha adoptado la vida de las mujeres del Creciente Fértil.

Por Angélica Gallón Salazar

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