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Todo pudo haber empezado en mayo de 1994. Luis Arcesio Montealegre, entonces alcalde del municipio de Funza —a una hora de Bogotá—, dio vía libre a un plan de fomento industrial. Anunció una exención del impuesto de industria y comercio para empresas manufactureras instaladas en el perímetro urbano de la población. Es un punto estratégico: por allí confluyen vías que conectan con las grandes carreteras del país. Firmas de ingeniería, arquitectura e inversionistas particulares iniciaron entonces la cruzada. Una cruzada que hizo desaparecer la casa de la energía, una construcción de 1930 que ahora es un almacén de ropa: Mambo. La misma que modificó la iglesia principal, una edificación neocolonial y neorrománica de 1900, cuyo coro fue cercenado. La misma que dejó agonizando el humedal Gualí.
Wilfredo Barbosa Niño —artista autodidacta que nació en Popayán y desde los ochos años vive en Funza— ha dedicado buena parte de su carrera a pintar lo que fue y ya no es. Lo que no vuelve a repetirse. A través de seis obras de humedales en gran formato y de veinte acuarelas ha retratado el patrimonio arquitectónico del municipio consumido por el desarrollo. Algunos de los cuadros —casonas coloniales, pintadas de blanco y teja de barro, por ejemplo— cuelgan sin esmero de los muros de la Alcaldía. Las manchas del descuido están fundidas en el paisaje.
A Barbosa le preocupa conocer el pasado, detenerse en el tiempo. Por esa razón dejó la pintura a un lado —lo que sabe hacer— para hacer esculturas y así emprendió un proyecto inverosímil: piensa elaborar diez piezas tridimensionales sobre la comunidad muisca asentada en el municipio; un proyecto a una década de conocer la luz. Barbosa hace el cálculo mientras me habla de su trabajo: “En cuatro años hice dos. A lo mejor estarán listas en diez o quince años. Mentiras: sigo trabajando con entusiasmo y en diez años vamos a tener las esculturas en Funza”.
—¿Por qué es necesario conocer el arraigo ancestral de la población?
—Muchos de los habitantes de Funza no conocen exactamente sus raíces. Si somos cultivadores es por el legado muisca. Ellos estaban supremamente organizados, eran agricultores y orfebres. Si estudiáramos sus artesanías, surgirían salidas económicas.
—¿Por qué hacerlo a través de esculturas?
—Incursioné en la escultura y en la tridimensionalidad porque se necesita que las piezas estén en espacios públicos. Así vamos aceptando nuestro pasado.
—La manufactura en hierro es costosa. ¿Cómo ha financiado las esculturas y cómo piensa darles vida a las que faltan?
—Cada escultura podría valer $100 millones, pero costó $25 millones. Algo irrisorio respecto a lo que yo aspiro a ganarme con una escultura. En el corte se utiliza una técnica de láser que representa un poco de plata. Quisiera pedir ayuda al sector industrial; para el resto de obras debo hablar con el alcalde electo. No estoy conforme con lo que he hecho. Tengo que realizarlas.
La primera escultura que elaboró Barbosa es así: en la base se insinúan las aletas de un pez guapucha que da cuatro saltos vigorosos. Tiene grafismos muiscas en las fauces y en los ojos se describen las fases lunares como símbolo de buen augurio aborigen. Barbosa me explica que los muiscas tomaron la guapucha como parte de su dieta y que fue una tradición que se mantuvo por siglos: hasta 1940 todavía se pescaba y se consumía. La segunda escultura representa a guamuica, un pez blanco que proliferó en las aguas del municipio. El pez ahora solo existe en estanques pequeños, donde es criado. Las esculturas restantes también tienen que ver con animales: el búho muisca —que ya está diseñado— y la tingua, ave emblemática de los humedales.
Wilfredo Barbosa, quien no pasó por una carrera de pregrado y basó su formación en cursos de extensión de la Universidad Nacional, dice que no le interesa la plata: “Yo quiero dejar una huella en el municipio como artista y funzano. Ahora queremos conocer arte conceptual cuando no entendemos la parte plástica de lo nuestro. Quiero que me recuerden como alguien que dejó estampada en las próximas generaciones nuestra marca ancestral. Funza avanza en todo, solo le falta avanzar en lo ancestral. Nuestra cédula de ciudadanía”.