17 Dec 2018 - 5:36 p. m.

Los niños y la filosofía

José Saramago decía que “la filosofía debería incluirse entre los derechos humanos, y todo el mundo tendría derecho a ella”. Pues bien, este texto invita a incorporar la filosofía en la formación de los niños, lo cual favorece, entre otras cosas, fomentar el pensamiento crítico y cualificar la democracia de un país. 

Damián Pachón Soto dpachons@uis.edu.co

Cortesía
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Nacer es venir al mundo; es caer en el tiempo y en el espacio; es comparecer ante los otros. Por eso, desde los primeros años, esa tabula rasa que es el niño, inicia un proceso de aprendizaje, de formación y de subjetivación, proceso que determinará, en gran parte, su vida futura. En este sentido, el niño es, como se dice, una esponja que absorbe todo: recibe las primeras impresiones del mundo, la estela de los olores que ayudan a fijar la memoria, el lenguaje que constituirá su yo, el sedimento de su experiencia y del sentido del mundo, su identidad personal, su pequeña historia.

Estos primeros años son los peldaños de la vida, que, por paradójico que parezca, inician también su camino hacia la muerte. Nacer es empezar a morir, pues la muerte siempre es una realidad en marcha, subterránea en cada uno de nosotros. Pero mientras tanto, en los primeros años, nuestra vida va en ascenso, cuesta arriba. Y en esta primera parte de la existencia se debe labrar, como escultor que esculpe su estatua. No es un ejercicio que el niño hace sólo, para ello se requiere de paideia, guía, método, camino. Es ahí cuando aparece la familia, en sentido amplio; los adultos, la escuela, los compañeros de jardín, los primeros profesores. Es el rico y necesario proceso de socialización que hará del infante un ciudadano futuro.

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Ya desde esta edad se puede empezar a filosofar. Pero para ello es necesario superar las concepciones tradicionales sobre los infantes. Hoy hay un creciente movimiento llamado filosofía para niños, derivado de los intentos pioneros de Matthew Lipman en 1969, quien inició el programa Philosophy for children, donde a partir de novelas, ejercicios, juegos, diversos métodos, exploró la formación filosófica de los niños. Por ejemplo, Lipman pensaba que “los personajes de ficción en la novela filosófica pueden servir como modelos de diferentes formas de conducta razonable para los niños reales que están en la clase”.

En el caso de la filosofía para niños hay que decir que este movimiento ha originado cuestionamientos interesantes, entre ellos, las diferentes concepciones históricas en torno a la infancia, sus diferencias con la adultez; las discusiones en torno a si los niños carecen de razón y tienen exceso de sensaciones como pensaba Platón; si en la infancia el niño no se reconoce frente al mundo como en la teoría del narcisismo infantil de Freud; si son seres maleables a quienes podemos acuñar a nuestro antojo o, en pocas palabras, si son “una versión incompleta o imperfecta de los adultos”. Además de estas necesarias discusiones, lo importante es que hay un consenso desde Lipman de que la filosofía practicada desde la infancia favorece la vida democrática, la convivencia, forja la personalidad, construye la individualiudad, fomenta la autonomía, la tolerancia, depura la capacidad de juzgar, facilita las habilidades comunicacionales, alimenta la imaginación, entrena dialécticamente el pensamiento para la argumentación, aumenta la capacidad conceptual y propicia el pensamiento crítico de los niños.

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Lo que debe hacer el adulto es escuchar atentamente al niño, sus ocurrencias, sus preguntas, sus inquietudes. También se pueden hacer ejercicios con ellos, donde a partir de preguntas inocentes, espontáneas, se le puede llevar a reflexionar. Por ejemplo, a un niño parado frente a un espejo se le puede preguntar quién es él, el reflejo. Seguramente dirá “soy yo”. Seguidamente se le puede plantear la pregunta hipotética: “¿si te quitara los tenis que tanto te gustan, tu camiseta, tu peinado, seguirías siendo tú?”. O, que, si fuera más alto, viviera en Japón y fuera hijo de otros padres, “¿seguirías siendo tú?”. Estas preguntas están directamente relacionadas con el problema de la identidad. Desde luego, no se trata de enseñarle teorías, sino de escuchar sus respuestas e incitarlo a reflexionar y a pensar.

Gareth Mathews trae muchos ejemplos en su libro El niño y la filosofía. Aquí uno de ellos: Una niña de nueve años preguntó: “Papá, ¿realmente existe Dios? El padre respondió que no era muy seguro, a lo cual la niña replicó: “Realmente debe existir porque tiene un nombre”. Esta es una reflexión filosófica de la niña, pues tiende a creer que a todo nombre debe corresponder una cosa real, en el mundo, a la cual el nombre corresponde. En filosofía, es el problema del nombre y la referencia, tema tratado exhaustivamente por el filósofo colombiano Freddy Santamaría en su libro Hacer mundos. Pronto se le puede hacer caer en cuenta a la niña, que no todo lo que tiene un nombre tiene referente, pues existen las palabras “infierno” o “cielo”, “ratón Pérez” y nadie los ha visto hasta el momento.   

Desde luego, no se trata de hacer del niño una máquina filosofante, ni de impedirle disfrutar esta época de inocencia y juego, sino de incluir la filosofía en su vida, como parte del proceso de formación. Finalmente, debo decir que, sin ser experto en este tema, esta labor requiere entrenamiento pedagógico, capacidades empáticas, paciencia, audacia, creatividad y, desde luego, conocimientos sobre el desarrollo cognitivo de los niños. Es, también, una invitación a prestarle más atención a lo que los niños preguntan y dicen. 

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