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Los perfiles de Londoño: breve historia del cinismo

Los aforismos de los cínicos han estimulado el pensamiento filosófico de una manera extraordinaria. Aquí repasamos algunos de sus mejores momentos.

Julio César Londoño

20 de febrero de 2026 - 03:19 p. m.
Pintura de Diógenes el perro, atribuida a Giovan Battista Langetti.
Foto: Archivo particular
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El cinismo puede entenderse de dos maneras: la primera es la desvergüenza ostentosa, la actitud del que se jacta de sus infamias, o que pretende justificarlas con excusas ridículas. La segunda es más interesante: es el valor de confesar nuestras debilidades para llamar la atención sobre nuestros instintos más ruines. Es una confesión entre humilde y provocadora. En este segundo sentido, el cinismo es un caso particular de la ironía, la figura que encierra un mensaje subliminal opuesto al mensaje explícito del texto (ejemplo: la humildad del boato del Vaticano es conmovedora).

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Podemos definir al cínico, entonces, como un pensador que expresa posiciones morales en una forma aparentemente desvergonzada. Es una manera de llamar la atención para criticar conductas que considera hipócritas o por lo menos discutibles. Es por esto que los franceses los llaman moralistas. A este tipo de ironistas pertenece el cínico de cuya historia me ocuparé en las siguientes páginas.

En la historia de Europa, hay por lo menos cinco momentos donde brillan los cínicos: la Grecia antigua, el Renacimiento, la Ilustración, la Revolución Industrial y la posguerra de la segunda mitad del siglo XX. Aquí estudiaremos unos pocos nombres de cada uno de estos periodos.

Los cínicos griegos

Recordemos que los griegos descollaron en filosofía, matemáticas, política y dramaturgia. La tragedia se fundó en la tensión que existe entre el Estado y el ciudadano, entre el destino y la voluntad.

Un pueblo así tenía razones para ser optimista, para creer en la inteligencia y en la bondad y disertar sobre el bien, la justicia y la felicidad. Y no está mal. La ingenuidad y el idealismo son necesarios porque nos permiten diseñar utopías, que son paraísos inalcanzables, sí, pero les marcan un norte alto a las naciones y a los modelos de administración de la cosa pública. Pero no todos los griegos andaban en esa nube. Había cómicos y pensadores que veían las fisuras del paraíso griego, la rudeza de un sistema totalitario (la expulsión de la República de los poetas y los dramaturgos) bajo el barniz liberal de la filosofía platónica; que veían los pies de barro de la esclavitud bajo el dorado torso de la democracia. Entonces aparecieron los primeros cínicos que registra la historia.

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El mendigo que se burlaba de Platón

Diógenes el Cínico nació en Sinope, ciudad del Imperio Otomano, lo que hoy es Turquía. Tuvo que exiliarse junto con su padre, un banquero acusado de falsificar moneda. Vivía en una tinaja grande de barro, de las que se usaban como féretros. Cínico significaba canino, epíteto que no le molestaba. «Soy como un perro: le muevo la cola al que me da algo, ladro a los que no me dan nada y muerdo a los malvados».

Preguntado por qué los cretenses decían que los perros laten, en lugar de ladran, respondió: «Porque los cretenses saben que los perros presienten, como el corazón».

Luego de masturbarse en mitad del ágora, suspiró: «Ojalá pudiera calmar el hambre frotándome el vientre».

Un día pisó unos rectángulos que Platón había trazado en el suelo para explicar el teorema de Pitágoras. «Pisoteo el orgullo de Platón», dijo. «Los pisotea tu orgullo», replicó Platón.

Cuando le preguntaban por el origen del mundo, decía: «Al principio fue el caos, luego la cosa empeoró». A los que lo acusaban de loco, les respondía: «Loco Platón, que descubrió que el universo nació de la unión de dos triángulos isósceles».

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Cuando le preguntaron a Platón su opinión sobre «el cínico», contestó: «Diógenes es un Sócrates enloquecido».

Al ver que un muchacho se tapaba el rostro con las manos para ocultar su vergüenza, le dijo: «No ocultes el rubor, es el color de la virtud».

Cuando Platón lo vio lavando lechugas, le dijo: «Si honraras a Dionisio, no lavarías lechugas», y Diógenes le contestó: «Si lavaras lechugas, no tendrías que honrar a Dionisio».

Murió a los 90 años a causa de la mordedura de un perro cuando trataba de repartir un pulpo entre una jauría. Otros dicen que se comió un pulpo vivo y murió en medio de dolorosos retortijones. Otros dicen que simplemente contuvo el aliento. Cuando le contaron esta versión, Platón comentó: «No me extraña: su soberbia era magnífica».

El siglo XVI

El Renacimiento es otro momento «positivo» de la historia europea. Su esplendor no sale de la nada, por supuesto. El Bajo Medioevo fue una matriz fecunda, de su vientre nació el individuo (hasta entonces solo había grey, masa, siervos). El parto del individuo fue posible por la confluencia de la fe, el genio, los bancos, la biografía, el retrato, la moda, y el método científico.

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Entre los pensadores renacentistas se destacan Maquiavelo y Erasmo de Rotterdam.

Nicolás Maquiavelo

Nicolás Maquiavelo nació en Florencia en 1469 en el hogar de unos nobles arruinados. En compensación, Nicolás fue un joven estudioso, recibió buena educación y vivió en el centro del mundo, el norte de Italia: Venecia era una ciudad de banqueros y el principal puerto europeo sobre el Mediterráneo; Roma, la sede del papa y de la política, y Florencia un hervidero intelectual y artístico de tal intensidad que la convirtió en el epicentro del Renacimiento.

Maquiavelo tuvo la suerte de estar cerca de hombres poderosos: los Médici, Savonarola, el papa Alejandro VI, César Borgia (hijo ilegítimo del papa) y Fernando II de Aragón, segundo esposo de Lucrecia Borgia, también hija del papa y tal vez amante de su medio hermano, César Borgia.

En esta escuela descubrió los resortes del poder, una teoría política que compiló en El príncipe, volumen que se convirtió en la biblia del arte de gobernar y de la manipulación, un manual cínico y preciso de lo que debe ser el retorcido cerebro de un hombre de poder.

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«Pocos ven lo que somos, pero todos ven lo que aparentamos».

«Es mejor ser temido que amado. Los hombres ofenden antes al que aman que al que temen».

«El que quiere ser tirano y no mata a Bruto, y el que quiere establecer un Estado fuerte y no mata a los hijos de Bruto, vivirá poco tiempo».

«Si el pueblo, el ejército o la nobleza que te respalda están corrompidos, hazte el de la vista gorda, toma nota y aprovecha esas debilidades. En política, el moralismo es una candidez».

«Los hombres olvidan con mayor rapidez la muerte del padre que la pérdida de su patrimonio».

«El fin justifica los medios».

«Las palabras sirven para ocultar los hechos».

«Es mejor convencer que herir, pero es mejor matar que herir».

«El vulgo se deja cautivar siempre por la apariencia y el éxito».

Maquiavelo fue nombrado canciller de Florencia a los 29 años, cargo que le permitió trabar amistad con Leonardo da Vinci, contratado por César Borgia para la ejecución de contratos públicos y oficios varios, desde arte y cocina hasta obras de ingeniería.

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Maquiavelo vivió a caballo entre dos siglos prodigiosos, el XV y el XVI, y en un país que reunía los peores vicios del poder y las mejores virtudes del pensamiento.

Erasmo de Rotterdam

Hijo natural de un señor que era clérigo y copista, Erasmo fue monaguillo y cantó en el coro de su iglesia. Estudió en colegios severos y tristes, donde fue un escolar discreto. Ya mayor, rechazó el capelo cardenalicio porque no podía costearse el boato que implicaba el cardenalato. Escribió El elogio de los necios cuando vivió en la casa de Tomás Moro, libro que estuvo en el Index, catálogo de libros malditos. Sabía más latín que griego, como todos los eruditos de su tiempo, y abandonó los estudios de hebreo.

El elogio de los necios es una diatriba de la Locura contra los cuerdos, los sabios, las instituciones, la gramática, los filósofos, los monjes, los teólogos... El texto oscila entre la sátira humorística y las invectivas serias.

«… Así vemos ordinariamente a tanto sabio sumido en la pobreza, el hambre y el dolor, vivir oscuramente, despreciado y detestado por el mundo. Los locos por el contrario, nadan en la opulencia, gobiernan imperios, en una palabra, gozan de una suerte más feliz y floreciente».

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«Los escritores torturan su espíritu sin cesar, cambian, tachan, añaden, repasan, corrigen, consultan; siempre descontentos de lo que hacen, trabajan durante nueve o diez años hasta publicar su obra. Después de tantas vigilias, penas y trabajos, tras tantas noches sin gustar las delicias del sueño, ¿cuál es su recompensa? La cosa más vana y frívola del mundo: la aprobación de un reducido número de lectores».

«Los filósofos lo saben todo y nada. No saben absolutamente nada y se vanaglorian de saberlo todo. Son los únicos sabios de la tierra y miran a los demás como sombras vanas que se mueven sobre la superficie de la tierra».

«Nada hay más divertido que las minucias que desvelan a los monjes. Todas sus acciones están regidas por una exactitud matemática cuya menor violación es un crimen que es preciso expiar. El número de nudos que sujetan su sandalia, el color y longitud del cinturón, el hábito, el tejido de la confección, la forma y amplitud precisa de la cogulla, el diámetro exacto de la tonsura, el número de horas destinadas al sueño, todo está determinado, medido, fijado».

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Esta desconfianza en la razón, y la sospecha de que la locura puede ser un estado de conciencia capaz de revelaciones insospechadas, hacen de Erasmo un pensador totalmente moderno. Queda en el aire un gran interrogante: ¿por qué el ser humano, que cifra su singularidad en la razón, desconfía de ella de manera recurrente y elogia estados y actitudes que la desafían abiertamente, como el delirio, la temeridad y la audacia, e incluso desórdenes mentales como la locura?

La respuesta puede ser sencilla: aunque ha creado obras de arte y de ciencia portentosas, la razón también ha parido tantos monstruos, ha desatado tantas guerras, cometido tantas injusticias e incubado hambrunas tan atroces que no podemos adorarla como si fuera una deidad infalible. De alguna forma, los pensadores saben que la certeza es un peligro y que deben ponerlo todo en tela de juicio, incluidas la inteligencia y la razón, dos entidades que, viéndolo bien, nadie ha definido de manera concluyente.

Rochefoucauld

Francisco de La Rochefoucauld fue un aristócrata francés del siglo XVII. Militar y casi filósofo. Hizo parte de movimientos rebeldes contra la monarquía, cuyos impuestos nunca fueron bien vistos por los nobles, asunto que terminaría haciendo rodar testas coronadas a finales del siglo XVIII. A causa de sus actuaciones políticas, fue herido de gravedad en una batalla, sufrió cárcel y tuvo que vivir escondido un tiempo. Los comentaristas creen que las adversidades políticas y los desengaños amorosos fueron los responsables de la acritud de sus máximas. Yo pienso que la rabia y el pesimismo no requieren explicación. Es el optimismo y la felicidad los que deben explicarse.

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Voltaire llegó a decir que la obra de Rochefoucauld es «una de las que más contribuyeron a formar el gusto de la nación, y a difundir un espíritu de precisión y justicia. Mezcló su experiencia, sus gustos y disgustos, sufrimientos y rencores mezquinos, y los cristalizó en verdades absolutas».

Se ha dicho que fue influenciado por Montaigne y que, a su vez, ejerció una marcada influencia ética y estética sobre Nietzsche. George Steiner lo cita en su famoso ensayo “Invidia”, que recoge una de las máximas más duras y paradojales de La Rochefoucauld: «En la desgracia de un amigo hay algo que no nos molesta».

Otros aforismos destacados de su obra son:

“Si juzgamos el amor por la mayor parte de sus efectos, se parece más al odio que a la amistad”.

“Cuanto más se ama a un amante, más cerca se está de odiarle”.

“Si quieres tener enemigos, supera a tus amigos; si quieres tener amigos, deja que tus amigos te superen”.

“Es muy difícil que dos que ya no se aman riñan de verdad”.

“La confianza sirve en las conversaciones más que el ingenio”.

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“Estamos tan acostumbrados a disfrazarnos para los demás, que al final nos disfrazamos para nosotros mismos”.

“Todos poseemos suficiente fortaleza para soportar la desdicha ajena”.

Yo siento que el aforismo moderno empieza a definir sus aristas más afiladas a partir de él. Rochefoucauld nos puso un espejo de alta definición en las narices y lo que vimos no nos gustó.

Siglo XIX: Wilde, un señor de corbatas y metáforas

El XIX es el siglo de la filosofía positiva, entendiendo esto como una gran confianza en la ciencia, que estaba haciendo grandes avances en todos los terrenos. Pero esta confianza venía del siglo de las luces, que confiaba en la Ilustración, los libros, los intelectuales. Recordemos que es en el XVIII cuando Diderot y D’Alembert hacen la Enciclopedia, la Revolución Francesa le corta la cabeza al último rey e inaugura la democracia (que ya tenía un antecedente en USA) y los ingleses inventan la máquina de vapor, cuyas calderas cocinarán la revolución industrial. Una prueba de esta fe la encontramos en Víctor Hugo, que se emociona al ver imprentas movidas por vapor escupiendo páginas por centenas y deduce que el mundo está salvado.

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Para algunos, el poeta Óscar Wilde es un ejemplo perfecto de estilo sentencioso, decorativo, plagado de cortinas púrpura, de oro y pórfido y toda esa utilería versallesca que el siglo XIX heredó del XVIII, de los reyes de peluca y rubor y zapatos de hebilla y tacón.

Al dramaturgo Wilde lo acusan de poblar sus obras con clones suyos. La criada es epigramática, la señora irónica, el marido cultísimo, el amante sarcástico, el jardinero aforístico y el vecino esteta y pederasta. Es verdad. Un narciso como él no podía crear personajes con vida propia; solo podía clonarse en varios Wildes.

Con Wilde, la crítica se libera de funciones ancilares y exegéticas y se erige como un género autónomo: “El único deber del crítico es dejar una bella página so pretexto de comentar una obra de arte. Procurará siempre hacer más profundo su misterio y más alta su majestad”.

Alguna vez le dije a Álvaro Pío Valencia que yo lamentaba esa manía de Wilde de estar buscando siempre la forma de descrestar al lector. Su afán por ser siempre brillante, cínico, original. Si hubiera sido menos exhibicionista, habría sido más profundo, dije. Valencia me miró con compasión: “Es probable que hubiera sido más profundo… pero entonces no habría sido Wilde”, dijo.

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El siglo XX es abigarrado. Contiene mil eventos que nos hacen abrigar ilusiones… y mil y una pesadillas. Ascenso social de la mujer. Dos guerras mundiales. Holocausto. Revolución rusa. Caída del muro. Partido Verde y calentamiento global. Revolución tecnológica. Carrera espacial. No hay un momento claro de optimismo, sino una combinación constante de brillos y oscuridades. Es el siglo donde vemos al mayor cínico de la historia, al tiempo un prosista extraordinario, Emil Cioran, y sorpresivamente un suramericano.

El brasilero que descubrió al inventor del alfabeto

Millôr Fernandes nació y murió en Río de Janeiro (1924–2012). Fue autor de historietas, artista gráfico, dramaturgo, traductor, escritor y periodista, y un referente central del humor brasilero. «Renovó el lenguaje gráfico con la marcada influencia de artistas rumanos como Saul Steinberg y André François, cuyas líneas se distanciaban de manera radical del agónico figurativismo y creaban imágenes abstractas o deformadas». (Enciclopedia Latinoamericana, portal digital).

Como a todos los pensadores, a Millôr lo fascinó lo teológico: “La frivolidad de Jehová se manifestó dos veces: cuando torturó a Job para ganarle una apuesta a Satanás, y antes, en el Génesis. ¿Por qué esa prisa liviana, ese afán de hacer el mundo en seis días si tenía toda la eternidad por delante?”.

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Tenía un pulso moderno, decía las mejores cosas de la peor manera: “En momentos de mucho peligro es fundamental mantener la presencia de ánimo, ya que no se consiguió la ausencia de cuerpo”.

“Moda es todo lo que pasa de moda”.

“Siendo muy joven descubrí que la vida era dura y que debía agarrar el toro por los cuernos. Ganó el toro”.

“No somos la imagen de Dios. Somos apenas su autocrítica”.

“Dios existe, pero no trabaja tiempo completo”.

“El pie de atleta tiene arreglo. El cerebro de atleta es incurable”.

“Si la belleza es superficial, la fealdad debe ser profunda”.

“Si yo fuera el papa, vendía todo y me iba”.

“La vida sería mucho mejor si no fuese diaria”.

“El mundo mejorará cuando los buenos tengan la suficiente maldad para imponer a sangre y fuego su bondad”.

“La intuición es una entidad que no fue a la escuela”.

“En caso de duda, haga lo contrario”.

“Marxismo actualizado: ya que no podemos hacer nada por los miserables, al menos disminuyamos el ruido de los millonarios”.

“No debemos odiar con fines lucrativos: el odio pierde su pureza”.

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“Los economistas de la oposición dicen que no hay luz al final del túnel. El pueblo sabe que no hay túnel”.

“Con una fe realmente profunda, se adquiere el derecho a la irresponsabilidad total”.

“Nunca digas una mentira que no puedas probar”.

“En el Foro de Davos las potencias concluyeron que los países pobres todavía no están preparados para comer”.

“Los neolíticos vivían de la caza, pero la caza también vivía de los neolíticos”.

“Si Dios fuera de verdad poderoso, habría hecho el polo mitad hielo, mitad whisky”.

La lingüística le debe un hallazgo insólito: “El inventor del alfabeto era analfabeto”.

Los comentaristas coinciden en que su obra es una mezcla bien batida de humor y gravedad. En la amplitud de esta oscilación reside la fuerza del cinismo.

Emil Cioran nació en un pueblo de Transilvania y tuvo una infancia feliz entre animales y campesinos en las montañas de los Cárpatos rumanos hasta los 10 años, cuando su padre, un cura ortodoxo rural, lo metió en un internado. Nunca volvió a ser feliz, si leemos sus entrevistas, o llevó una vida cada vez más intensa y extraordinaria, si nos atenemos a sus libros.

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Con la adolescencia llegó el insomnio. Leía mucho y caminaba toda la noche, como un alma en pena. “A los 20 años perdí el sueño por completo. Fue horrible. ¿Para qué dormimos? No tanto para descansar como para olvidar”. La madre, una señora atea y amante de Bach, lo maldijo: “¡Debí abortarte!”. Cioran no lo tomó mal. Fue una liberación, dice. “Comprendí que mi existencia era un accidente, nada serio”.

Dedicó su vida a injuriar al universo y a polemizar con Dios en una prosa divina y con un estilo que no habíamos escuchado antes, ni en Nietzsche ni en Platón. A veces es altanero: “A Dios hay que pensarlo desde arriba. Desde abajo solo podemos adorarlo”. A veces, coqueto y delicado: “Soy ateo porque no recibí la gracia de la fe”. O sofisticado: “Si alguien le debe todo a Bach, es Dios”. En suma, fue un teólogo ateo.

Pensaba que la tragedia del hombre radicó en su incapacidad para la modestia; lo aburrió la inocencia del Paraíso, persiguió el conocimiento y se abismó en el drama, “una pulsión demoniaca”.

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Tenía dos estilos, uno tranquilo y otro violento, histérico, pero su pulso siempre fue firme y literario, algo que no se veía desde Nietzsche.

Leer al maldito Cioran es una experiencia paradojal: no nos deprime. Hay tanto estilo y agudeza en su pensamiento, que el regusto de leerlo es tercamente feliz.

Murió de viejo, luego de predicar el suicidio y de incitar a varias generaciones a «la muerte por mano propia». Tal vez lo salvó el único aforismo que escribió a favor de la vida: «El suicida es un sujeto ingrato que no sabe agradecer a este universo que se pone, de manera tan gentil, al servicio de nuestra tristeza».

Conclusión. Desde Nietzsche, la filosofía se expresa en fragmentos. Los filósofos de muchos volúmenes son cosa del pasado. La filosofía moderna se escribe en aforismos, en ensayos breves o en volúmenes flacos: Emil Cioran, Joan-Carles Mèlich, Fernando Savater, Byung Chul Han…

Y estos aforismos no pueden ser ejemplares por dos razones: la primera es la vergüenza; el hombre contemporáneo es un ángel caído. Sabe que la humanidad es capaz de las peores infamias, y sus filósofos no son tan caraduras como para andar predicando ternuras. La segunda razón es práctica: exaltar las virtudes es una obviedad que no agrega nada al debate. Además resulta pedante: el que enaltece la honestidad dice entre líneas «soy honesto». Reconocer nuestros vicios, en cambio, es interesante y valiente; y poner estas ruindades en lenguaje irónico, a la manera de Rochefoucauld, por ejemplo, configura la terapia de choque que todos necesitábamos.

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El moralista contemporáneo nos recuerda que no somos tan buenos como pensábamos, y esto es muy saludable porque la historia está llena de hombres bondadosos que un día decidieron irradiar a sangre y fuego su bondad, como advirtió ya Millôr Fernandes.

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