Un día Gabriel García Márquez le preguntó: “¿Tú me quieres, Carmen”?, y ella le respondió, “no te puedo contestar, eres el 32.6 por ciento de nuestros ingresos”. Otro día, Juan Goytisolo le djó un recado en su contestador que decía “Carmen, sólo quería oír tu voz y decirte que cuentes con mi oferta permanente de matrimonio, a pesar de la diferencia de sexo". Un año atrás, en una entrevista con Xavi Ayen, de Clarín, ella misma, Carmen Balcells, aclaraba que prefería decir ‘complicidad’ y no ‘intimidad’, pues la intimidad podía malinterpretarse, y confesaba que durante mucho tiempo, décadas, tuvo un cartelito en su oficina que advertía: "Jamais avec les clients!" Sus clientes han sido su vida, o por lo menos, su vida de labores, de negocios y compromisos, la de los números, y también, la de sus mayores depresiones, que surgen, según ella, “cada vez que un autor me despide”.
“La suerte es que la mayor parte de las veces, pasado un tiempo, regresan... Y debo reconocer que tengo una gran alegría con este regreso, excepto algunos casos, en que me siento tan dolida que prefiero borrarlos de mi mente. Una vez leí a un autor al que consideré un genio, así que enseguida le escribí para representarle y me dijo que sí. Un tiempo después, me comunicó por carta que no renovaría conmigo. Aquello me causó tanto dolor, me provocó un drama de tal naturaleza, que lloraba desconsoladamente noche y día. Como no se me pasaba, mi marido y mi hijo me llevaron a Portugal, a cambiar de aires. ¿Cómo se pudo producir en mi interior un disgusto tan grande? Me preocupó el tema y me sometí a un análisis profundo: llegué a la conclusión de que lloraba por vanidad, porque era yo la que me sentía genial”.
“Hasta ella –reflexionaría Manuel Vásquez Montalbán en una de las cartas que se guardaron en el archivo-, los escritores firmaban contratos vitalicios con las editoriales, percibían liquidaciones agonizantes y a veces, como premio, recibían algunos regalos en especie, por ejemplo, un jersey (swetter) o un queso Stilton”. Balcells era implacable con las editoriales. En otro documento del archivo apareció una carta que le envió a Bruguera en 1982.
“Recibido tu télex acerca de la reedición de El otoño del patriarca, de García Márquez, en Club Bruguera: no estamos en absoluto de acuerdo y no aceptamos esta propuesta. Tanto García Márquez como Cela deberán percibir sus derechos íntegramente, como está previsto en los contratos. Y no la mitad. ¿O es que los fabricantes de papel os regalan la mitad para promociones?”. A la editorial Losada, de Buenos Aires, le escribió en 1979: “Lamentamos tener que comunicarles que si la próxima semana no tenemos constancia de su giro por todas las sumas pendientes consideraremos rescindidos los contratos Rafael Alberti. Stop. Ustedes comprenderán que hemos insistido y esperado todo lo que era posible tratándose de este autor. Stop”.
Desde hace más de 50 años, Carmen Balcells ha sido genio y figura. Para algunos, la hacedora del boom literario. Para otros, una negociante con demasiadas aspiraciones. Explosiva, variable, comprensiva, madre y amiga, enemiga en tiempos de distancia, apostadora y visionaria, logró reunir bajo su firma y sus condiciones a inmortales como García Márquez, Camilo José Cela, Mario Vargas Llosa y Juan Goytisolo, y se fue transformando en más que una agente. “Ángel tutelar”, la definía José Donoso. En los últimos 80 le sumó a su lista el nombre de Isabel Allende, la escritora que más dividendos le dejó. Jamás ocultó que el dinero era su bien supremo, sobre todo porque le podía dar libertad, y la libertad la necesitaba para leer, al menos, 20 páginas memorables que, en sus palabras, “te pueden cambiar la vida”.
Su vida se inició en un pequeño pueblo de Lérida llamado Santa de la Segarra. Sus padres eran lo que en aquellos tiempos se llamaba propietarios rurales, y fue educado en un colegio de madres Teresianas, según las costumbres católicas de la época. Una mujer debe ser de su casa, para su marido y sus hijos, y más que nada, para Dios. Sin embargo, la obsesión por la libertad la guió hacia el mundo del trabajo, primero como secretaria de una empresa textil, y luego, como delegada de una agencia literaria, la Acer, del rumano Vintila Horia. En los primeros años 60, Balcells se independizó y creó su propia empresa en el mismo apartamento en el que vivía. De allí en adelante, su vida estuvo marcada por las letras, los escritores y los editores. En un comienzo se asoció con autores españoles hasta entonces poco conocidos, como Juan Marsé, Manuel Vásquez Montalbán y Ana María Matute. Luego estalló el boom, o ella hizo que estallara.
“La primera reacción de rebeldía que recuerdo es al leer un contrato entre la sociedad de autores inglesa y un editor de Barcelona –diría para Clarín-. El autor era nada menos que Rudyard Kipling y, por 75 libras, se concedían a la editorial los derechos indefinidos de Kim. Me dije: una de dos, o este oficio que hago no vale nada, y abandono, o hay que cambiar las cosas. Decidí convertir mi trabajo en algo digno. Y, poco a poco, fui cancelando los derechos indefinidos de autores como Faulkner, Joyce, etcétera. Imagínese: los herederos de Neruda todavía hoy cobran una cantidad de la que se puede vivir. Con el sistema anterior, Neruda habría cobrado una sola vez por cada uno de sus libros”.