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Los traductores de san Pedro Claver

Hace 400 años, cinco traductores ayudaron al misionero español a evangelizar esclavos. Hoy, cinco artistas interpretan su legado en el Santuario de Cartagena.

17 de diciembre de 2015 - 02:52 p. m.
“Maternidad en mundos paralelos”, Rafael Dussán. / Cortesía
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Hace más de cuatro siglos, cuando se decía que los negros no tenían alma, hubo un hombre que se dedicó a averiguar en qué momento arribaban los barcos cargados de esclavos al puerto de Cartagena. Se trataba del punto de comercio de esclavos más grande de América: recibía 1.000 afros por mes. San Pedro Claver averiguaba el momento de llegada, pero también la procedencia, para ir en busca de traductores. Pedía prestados a los hijos de nadie para enseñarles la historia bíblica con ilustraciones. Era un hombre silencioso, del que difícilmente se puede extraer una cita. Tal vez todo lo que quiso decir y no dijo quedó cifrado en su firma: “San Pedro Claver. Esclavo de los negros para siempre”.

El Santuario San Pedro Claver, de Cartagena, donde vivió y murió uno de los pioneros de los derechos humanos en Colombia, desde hoy acoge “Presencias y Ausencias”: una exposición artística que relata las esclavitudes modernas. La muestra, apoyada por la Cámara de Comercio de Cartagena, hace por primera vez una intervención completa del Santuario, el único en la ciudad que no ha sufrido modificaciones. En los próximos meses se realizarán happenings de la exposición en otras ciudades, pero se inaugura en Cartagena porque fue diseñada para la ciudad. “Presencias y Ausencias” retoma un concepto de Gilles Lipovetsky: la hipermodernidad, que consiste en ensanchar las posibilidades del arte como medio de comunicación universal a través de lenguajes contemporáneos.

María del Pilar Rodríguez, curadora de la exposición, me cuenta sobre la primera intervención, a cargo del arquitecto Ramiro Cuello. Se trata de esculturas traslúcidas, que se mimetizan en el jardín selvático del Santuario. Los dibujos etéreos exponen el conflicto que produce desconocer el lado masculino y femenino que nos habita. Las reacciones desmesuradas y las emociones adversas que se sienten pero no se entienden por el vértigo de las rutinas. Por otro lado, Alfonso Bonilla, que hace pintura con su cámara fotográfica, reinterpretó el patrimonio material del Santuario: imágenes religiosas del siglo XIX. Las figuras — de mirada amenazante, lastimera— en las fotografías de Bonilla abstraen la angustia y elevan el valor estético.

María del Pilar Rodríguez interviene edificios históricos desde 1999. “Yo hice el bachillerato en Cartagena de Indias, por esos años estaba enamorada del Museo Naval. Hasta ese momento, el Museo no había hecho nada distinto a exhibir los insumos de la Armada Nacional. Yo logré desocupar la Sala Republicana para la fiesta del colegio. Tendría 17 años. Haciendo la fiesta pensé que se iban a ver divinas las exposiciones”. En diciembre de 2012, Rodríguez curó la exposición de Mauricio Vélez “Mitad ángeles, mitad demonios”, una de las más taquilleras en la historia de la ciudad: 20.000 personas. En Medellín fue cerrada y en Bogotá la Cámara de Comercio puso un aviso en la entrada: “No nos hacemos responsables del contenido de esta exposición”. “Hacía alusión a la pederastia en una ciudad conservadora como Cartagena. Había que encontrar la manera de que la gente no se sintiera agredida y de que decidiera hasta el último momento si quería verla o no”, cuenta. Rodríguez construyó la sala en el Museo Histórico en 14 días. Era un laberinto. La pared estaba dividida: mitad blanco, mitad negro. En el centro, Adán y Eva. Un altar: una cruz, que era la secuencia de un orgasmo. Había velas e inciensos; de fondo, rezos en latín con música contemporánea. “Pusimos curas pederastas en la fachada mirando hacia la catedral. Nuestro vigilante, que solo contaba personas, terminó siendo guía. Recuerdo que un niño de 13 años salió llorando”, dice.

Al subir las escaleras del Santuario, está el lugar más sagrado: el aposento. Allí Jaime Osorio, que ha investigado sobre los palenqueros de Cartagena, hizo una galería fotográfica de sus tradiciones raizales. “Cartagena está de espaldas a eso. El afrodescendiente se volvió folclor en el Centro Histórico”, dice, exaltada, Rodríguez. Osorio hace un collage de esas imágenes en las murallas, donde hay una enorme grieta. Un poco más arriba está la obra de Esteban Sánchez, “la luminaria joven del dibujo colombiano”, para Rodríguez. Son tres piezas de gran formato: 3 metros de largo por 1,40 de ancho, y se basan en el concepto de San Agustín: lo esencial está por dentro.

En el campanario, donde se encuentra la cúpula, Rafael Dussán hace una diatriba entre lo santo y lo profano. El artista —que fue sacerdote y ahora laico— retorna sobre el eterno dilema del eros y del tánatos, de aceptar o negarse. ¿Cómo hacer para que lo erótico no lesione la historia de un santuario?, le pregunto. “Hacer curaduría es interpretar las energías del lugar donde estás. Hay que ser inmensamente respetuosos. Lo erótico no rompe con el espacio porque son dibujos clásicos, no imágenes explícitas. Es poesía”.

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