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Día 103:
Se baña, viste y arregla. Desayuna lo poco que tiene, besa a su esposa y a su par de hijos, temiendo que esta sea la última muestra de cariño; se pone el tapabocas y sale de la casa, deseando que este sea un día mejor que los pasados. Ve algunas calles vacías, toca puertas y miradas de espanto lo ven por las ventanas. Casi siempre escucha negativas de ayuda o trabajos por unas monedas o algo que comer, y algunas veces cuenta con la suerte de alguien que le comparte alguna ayuda.
Se acuerda hace meses como si el pasado fuera un sueño que no supo gozar, cuando tenía menos tiempo, pero no había más preocupación; antes que se desmoronara lo que conoció como normalidad y que tanto odiaba en esos momentos. Antes que cerrara la empresa donde trabajaba y dejara de tener un salario seguro. Piensa en que el gobierno solo lo convierte en dígito de desempleo, más no le brinda ayuda. Ve cómo el impuesto que aportó solo enriquece a los que tienen el control, y poco dan a los que crearon ese tesoro.
Camina con temor que algún policía lo encuentre y este le coloque una multa por el desacato a pasar hambre en la casa y no buscar auxilio para su familia. Cruza calles, evita transeúntes, a quienes la necesidad también les carcome la mente. No hay sonrisas, incluso dentro de los tapabocas.
Se hace de noche y es más peligroso el deambular, de vuelta a casa y cuenta las monedas para ver si se da el lujo de tomar un bus o volver a pie para descansar unas horas y prepararse para otra jornada de súplicas y humillaciones.
Toca la puerta de su hogar, ve a sus hijos, está cansado y tosiendo, trajo lo poco para subsistir, pero mucho para preocuparse...sabiendo que mañana no besará a su familia.
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Día 107:
Después de la noticia, solo ha salido de su cuarto para las necesidades corporales, se ha enclaustrado por cariño y miedo; los ve en las fotos de su celular, los llama para escuchar su voz y decirles que los extraña. Está pasando por un momento fuerte y no puede abrazar, su pareja duerme en el sofá porque, aunque incómoda, será lo mejor. En su reflejo contempla a Gregorio Samsa y a Ivan Ilich, se siente molestia y monstruo; teme a su familia lastimar. Se pregunta cómo respirar para vivir puede ser un preámbulo de la muerte y en qué momento luchar por los suyos conlleva a ser una amenaza para los mismos. Se nota débil, exhausto, adolorido y solo, terriblemente solo, lleno de angustia, tos y abandono; suplicante a que todo esto acabe rápido, antes de que acabe con él todo esto.
Día 113:
En una mesa se refleja su imagen sonriente, y en medio de ella hay velas e incienso; se escuchan rezos y llantos de una familia quebrada. Los ojos vueltos líquidos de su mujer, que en sus venturas y tragedias lo acompañaba, lo encuentran lejos. Siente que la culpa fue suya por no aguantar más el hambre. Llegan los mensajes de la familia –que por y gracias a él ya es de ella- preguntando si a su compañero ya le dieron de alta en la clínica. Hay una cadena de ruegos y esperanzas que abrazan a un nombre. Un destello de súplicas y energías con cariños y buenos deseos a un destinatario que lucha por un respiro. Los niños cuentan los días para que papá regrese. La espera es un martirio en estos momentos. Faltó tanto que decir, faltó tanto que soñar.
Suena el timbre y al abrir la puerta ve entre las rejas una carta de la clínica dándole el sentido pésame, y la promesa de unas cenizas de una vida a la que no le pudieron decir adiós. La tristeza explota en llanto, mientras adentro de la casa lo único que detiene al chillido es el sonido de una nueva tos.