Publicidad

Los usos de la falacia (Sobrepensadores)

En la vida diaria, los argumentos erróneos son mucho más comunes que los válidos. Se usan para empujarnos productos, para que votemos por un candidato e incluso en las peleas de pareja.

Sigue a El Espectador en Discover: los temas que te gustan, directo y al instante.
Roberto Palacio
15 de mayo de 2026 - 07:22 p. m.
Las falacias han hecho parte de la argumentación desde tiempos de la Antigua Grecia.
Las falacias han hecho parte de la argumentación desde tiempos de la Antigua Grecia.
Foto: Toru Wa / Unsplash
Resume e infórmame rápido

Escucha este artículo

Audio generado con IA de Google

0:00

/

0:00

Apenas si reconocemos argumentos erróneos a pesar del enorme poder que tienen en nuestras vidas. Un argumento que es al tiempo inválido, pero convincente se le llama “falacia”. Se trata de errores tan frecuentes y engañosos que tienen nombres propios. Desde tiempos de Aristóteles comenzamos identificado una veintena de ellas; hoy reconocemos más de 250.

Una falacia muy común, que tiene un lugar destacado en los regímenes de facto y entre los que venden “misterios” es la falacia de la ignorancia o Ad Ignorantiam según su denominación medieval. Ocurre cuando de algo que no sabemos extraemos una conclusión. Los ufólogos la aman: ¿Alguien ha demostrado que los extraterrestres no hayan venido a la Tierra? ¿No, cierto? ¡Por lo tanto están acá! Del hecho de que no se tengan pruebas de su “no visita” (algo por cierto imposible, uno no puede demostrar un “hecho negativo”), no se sigue lo contrario, que estén acá. Simplemente no sabemos si han venido, no hasta tener una prueba positiva y contundente.

Los corruptos aman igualmente esta falacia; está hecha para engañar bajo la forma de una “prueba”. Cuando hace años al Ñoño Elías se le acusó de tener vínculos con Odebrecht nos regaló un ejemplar hermoso, puro de una Ad Ignorantiam: ¿Acaso existen fotos mías con personas de Odebrecht? ¿No, cierto?, por lo tanto no tengo nada qué ver con ellos.

Lea también: Nuestra señora de Unicentro (ficciones sobre Dios en la era digital) - Sobrepensadores

Las instituciones que han incurrido en prácticas autoritarias la aman también porque permite enjuiciar sin pruebas. En la era Duque, cuando en medio de las protestas pre-pandemia proliferaron las marchas y en ellas los desaparecidos, la Fiscalía nos entregó una falacia de la ignorancia de manual de argumentación: un desaparecido del cual no se sabía cómo había desaparecido debía tratarse como un caso de desaparición no forzada. ¿Acaso había evidencia para decir que fue forzada la desaparición?

Más que la política misma o la institucionalidad, quizá sea el discurso de los políticos un caldo de cultivo de las falacias. Algunas son increíblemente comunes, pero no las reconocemos como falacias. Se le pregunta al ministro de educación, demos por caso, por qué ha bajado el presupuesto para ese sector y responde que el gobierno está muy interesado en la vivienda, en el bienestar general de la población, que la defensa de la patria es primordial. No respondió la pregunta y se fue por las ramas. Se llama la Falacia de la Pista Falsa, también conocida como Arenque Rojo o Cortina de Humo. Esta falacia pelechó durante la pandemia, cuando las administraciones intentaban minimizar el peligro del virus: ¿no mueren acaso más personas de la gripe común, de indigestiones? Comer mucho es por tanto más peligroso que el Coronavirus.

Pero no es la única falacia de los políticos. La política radical, para no mencionar los movimientos ideológicos radicales, son afectos a las falacias. Una de sus predilectas se llama el Falso Dilema, un intento de encasillarnos en una de dos opciones cuando en realidad hay mucho más que dos elecciones. ¿Eres de Millonarios de Santafe? Si no estás con la causa de las feministas estás contra ellas. Es perfectamente posible que ni lo uno ni lo otro, que me sea indiferente el tema o que yo asuma una posición ecléctica. Pero en los regímenes de facto, la gente muere por esta falacia.

Le puede interesar: Filosofía y academia: la urgente necesidad de una renovación educativa (Sobrepensadores)

Una falacia que aman los políticos es la de El Hombre de Paja. Esta a mi modo de ver es una variante de otra muy común llamada Ad Hominem, o contra la persona: cuando ataco al individuo y no su argumento. El Hombre de Paja se da cuando yo construyo una caricatura de un individuo, un hombre de paja, y quemo esa representación junto con su argumento: Juan es que tu eres un mamerto, y los mamertos no hacen más que decir burradas romanticonas sobre defender el medio ambiente. Maria Fernanda Cabal y Polo Polo la han llevado a un siguiente nivel con su premio al “mamerto del año”.

Pero no todo es política. La publicidad nada a gusto en las aguas turbias de la falacia. La más común tal vez sea la Ad Populum: si algo o alguien tiene una gran aprobación o ha durado años, es porque ese algo o alguien ha de ser bueno, conveniente o al menos no tan malo como tú te lo imaginas. Es “el pueblo” ejerciendo el control de calidad. Pero la aprobación pública y popular de algo o alguien no dice nada de su sabiduría, idoneidad o conveniencia: todo el mundo está usando el Shampoo X…¡úsalo tú también!

No sólo el pueblo vende, las figuras que el pueblo ama venden: Mariana Pajón anuncia analgésicos, un corredor de autos canta la canción de BonFlan para Alpina, y jugadores de fútbol visten la camiseta dichosos por Bancolombia. Esta falacia se llama Ad Verecundiam o la de la autoridad inadecuada porque no es que a Mariana le duela más la cabeza que a nosotros o que Juan Pablo Montoya sea una autoridad en flanes.

Hasta en las relaciones de pareja abundan las falacias, a menudo usadas como trucos socios. Ella le pregunta a él: ¿es cierto que la noche que saliste temprano de mi casa te fuiste a ver con la vieja esa que te fascina? Al responder él que no, ella replica: ¡pero entonces admites que esa vieja te fascina! Diga lo que diga el infausto individuo, la pregunta está planteada de tal manera que siempre se incriminará de un “delito” o del otro. Esta falacia se llama Pregunta Compleja y solemos caer en ella más de lo que creemos porque no parece haber una forma de escapar de sus tenazas más que indicando que se trata de una falacia. Las parejas aman hostigarse también con una vieja falacia que los romanos conocían muy bien: Tu Quoque, o “tú también”: Fernando, tu eres un perro que se acuesta con todo el mundo. Y el responde tú también Mary, con lo cual Fernando no ha limpiado su nombre, sólo ha ensuciado el de ella. Pero quizá la que más usan los amantes es la que todos conocemos o hemos usado, el intento de establecer una conclusión causando pesar, o la falacia Ad Misericordiam: Si tu me dejas, me suicido. La cual, suele ser una de las pocas falacias que delata su naturaleza falaz ya que casi nunca funciona. Al menos no en mi caso.

Siga leyendo: Pensar críticamente: el vacío detrás de la educación

Conoce más

Temas recomendados:

 

Sin comentarios aún. Suscríbete e inicia la conversación
El Espectador usa cookies necesarias para el funcionamiento del sitio. Al hacer clic en "Aceptar" autoriza el uso de cookies no esenciales de medición y publicidad. Ver políticas de cookies y de datos.