17 Apr 2020 - 9:00 p. m.

Los vatileaks de García Márquez

A propósito del sexto aniversario del fallecimiento de Gabriel García Márquez, les compartimos un artículo de Mary Villalobos sobre el reportaje “El papable", y como documento inédito, las críticas que recibió el escritor por el mencionado artículo por parte de monseñor Darío Castrillón.

Mary Villalobos *

Imagen de Gabriel García Márquez en los años 80, cuando trabajo con mayor ahínco en la liberación de presos políticos. / Archivo
Imagen de Gabriel García Márquez en los años 80, cuando trabajo con mayor ahínco en la liberación de presos políticos. / Archivo

*Facsímil de la carta que monseñor Darío Castrillón le envió a García Márquez luego de que escribiera un perfil sobre él.

“No se puede decir que no al Espíritu Santo”

Esta frase, con la cual el escritor Gabriel García Márquez terminó su reportaje “El papable”, provocó la ira del cardenal colombiano Darío Castrillón Hoyos, prefecto de la Congregación para el Clero durante el pontificado de Juan Pablo II.

Era el año 1999, inicio del lento viacrucis del Papa polaco. El cardenal Castrillón figuraba en la baraja de candidatos a la sucesión del trono de San Pedro. Por esa misma época, García Márquez, fundador y jefe de redacción de la revista colombiana Cambio, viajó de México a Roma para entrevistar al purpurado colombiano e indagar sobre sus verdaderas posibilidades de hacer brotar el humo blanco en el techo de la Capilla Sixtina.

El autor de Cien Años de Soledad elaboró un retrato divino y humano del jerarca colombiano. Escribió que su salario era de cuatro millones de liras, que dormía en la misma cama donde murió Pio XII, practicaba el esquí acuático y era buen jinete, entre otros detalles de su vida privada.

Reveló que cuando el cardenal era obispo, disfrazado de campesino, se había encontrado clandestinamente con Pablo Escobar, el temible narcotraficante , quien a su vez disfrazado de repartidor de leche, le preguntó en forma altanera “¿a quien representas? y Castrillón respondió “a aquel que te va a juzgar”.

Tres dias despuès de la publicación del reportaje el cardenal escribió de su puño y letra una carta de protesta dirigida a Garcia Márquez: “no sabes cómo me queda de grande y de incómodo ese título de papable”. 

En la misiva, cordial pero punzante, Castrillón dice que perdona pero no absuelve al nobel. El pecado: ser “el más grande maestro de la fantasía en nuestro idioma”. Según el cardenal, la frase final del reportaje es fruto de la imaginación del novelista.

Frente al dilema de su candidatura pontifical asegura que le respondió: “espero que dios conserve este papa (Juan Pablo II) muchos años para que sea él quien rece sobre mi tumba”. Pero el reportaje publicado en 35 idiomas el 19 de abril de 1999 termina con un cardenal resignado a convertirse en papa para no contradecir los designios del Espíritu Santo.

El jerarca colombiano reiteró que el vínculo entre él y García Márquez era la lucha por la paz, porque en materia literaria habría preferido que el premio nobel le hubiese sido otorgado al escritor argentino Jorge Luis Borges.

El encuentro con el cardenal Darío Castrillón Hoyos fue la última ocasión en la cual el escritor se ocupó como periodista de los misterios insondables del Vaticano. Pero no era la única.

Monaguillo frustrado

García Márquez llegó a Roma en agosto de 1955, enviado por el diario El Espectador para seguir de cerca la salud del papa Pio XII, quien el año anterior había enfrentado una crisis gástrica con ataques de hipo.

Durante su permanencia en Italia, en calidad de corresponsal, envió seis reportajes dedicados a su santidad el papa Eugenio Pacelli. Así narra una de las audiencias en Castelgandolfo:

Como es verano y el patiecillo está cerrado por los cuatro costados, en cinco minutos hay un calor asfixiante. Cuando Pio XII aparece, a las seis menos cinco, debe sentir ese espeso y agrio vapor humano que sube desde el patio, revuelto con las oraciones y los aplausos. En ese momento el papa sabe a qué huele la humanidad”.

El aire ardiente y húmedo de aquel verano romano era el mismo que García Márquez había respirado en las hirvientes calles de Aracataca, la remota aldea de la costa norte de Colombia, llena de mitos y leyendas, donde había nacido el 6 de marzo de 1927.

El nobel, en sus memorias Vivir para Contarla, evoca su infancia en la casa de los abuelos, envuelta en el eterno sopor del verano. Recuerda el corredor sembrado de árboles de aguacate, mango y guayaba, y de fantasmas donde estaba “el cuarto de los santos iluminados día y noche con lámparas de aceite de palma y a cada uno se le había encomendado que velara por un miembro de la familia “.

En esa casa “de parientes que no hacían mucha diferencia entre la felicidad y la demencia” se gestó el ambiente propicio del sincretismo caribeño garciamarquiano resumido por él en una entrevista concedida al escritor y periodista Plinio Mendoza:

Estábamos como en el imperio romano, gobernados por pájaros y truenos, por cualquier señal atmosférica, por cualquier cambio del tiempo, cambio de humor, de los sueños: realmente éramos manejados por dioses invisibles, aunque era gente muy católica.

El olor a guayaba de los dulces que preparaba su abuela y el repique de campanas eran el santo y seña de la misa dominical a la cual asistía religiosamente de la mano de su abuelo, el mismo que lo llevó a conocer el hielo.

Los sermones del padre Francisco Angarita eran “soporíferos” pero fue el sacerdote quien lo bautizó a a los tres años y con el cual hizo la primera comunión en la iglesia San José, de Aracataca.

Su padre, Gabriel Eligio García, quería que fuera médico, abogado o sacerdote, y el cura Angarita lo inició en los oficios religiosos.

Le sugerimos leer: Macondo, el lugar de todas las cosas (A seis años de la muerte de Gabriel García Márquez)

Rememora el nobel:

Empecé a ayudar a la misa sin demasiada credulidad, pero con un rigor que tal vez me lo abonen como un ingrediente esencial de la fe. Debía ser por esas buenas virtudes que me llevaron a los seis años con el padre Angarita para iniciarme en los misterios de la primera comunión. Me cambió la vida, empezaron a tratarme como un adulto y el sacristán mayor me enseñó a ayudar en la misa. Mi único problema fue que no pude entender en qué momento debía tocar la campana, y la tocaba cuando se me ocurría por pura y simple inspiración. A la tercera vez, el padre se volvió hacia mí y me ordenó de un modo áspero que no la tocara más.

Fueron los jesuitas, con quienes estudió en el colegio San José, de Barranquilla, los primeros en detectar el talento que el niño Gabriel demostraba en sus ejercicios de castellano.

El padre Ignacio Zaldívar, su profesor, le abrió un espacio para que escribiera en el periódico del colegio llamado Juventud. A los 12 años, cuando cursaba primero de bachillerato, ya tenia su columna titulada “Bobadas mías”, donde publicaba poemas satíricos sobre sus compañeros e ironizaba sobre las normas severas y absurdas del colegio.

Los jesuitas le enseñaron a leer la biblia, su abuelo le transmitió la fascinación por los diccionarios. Libros clave para el futuro escritor. De la Biblia tomó prestado el tono. Su escritura embrujada de profeta tropical narra, de manera premonitoria, como en las sagradas escrituras, historias de pueblos errantes azotados por pestes, catástrofes, diluvios, incestos, guerras. Con mujeres que centran el mundo, suben al cielo, y con estirpes condenadas a la soledad.

Ser reportero en Italia a los 28 años le permitió consolidar su fascinación por las creaturas de poder supremo y le dio la oportunidad de indagar sobre los misterios que esconden los muros vaticanos.

El futuro nobel cubre su primer vatileaks

Durante la crisis del año pasado el papa vio a Jesús junto a su lecho” - “Cristo en el vaticano-” .

Esta primicia, publicada por la revista italiana Oggi en noviembre de 1955, provocó un terremoto periodístico.

García Márquez, en su calidad de enviado especial, se convirtió en detective en los meandros del Vaticano y se dedicó a investigar la noticia “calificada de incalculable trascendencia para los católicos: en toda la historia de la Iglesia solamente un papa ha visto a Jesús: San Silvestre“.

¿Cómo se filtró a la prensa la indiscreción sobre las habitaciones herméticamente privadas de su santidad? ¿Por qué la exclusiva entregada a la revista Oggi?, se preguntó en su crónica el corresponsal García Márquez.

El joven reportero enviaba sus reportajes con un correo que viajaba en tren de Roma a Paris. De la capital francesa salían en un vuelo semanal, con escalas para recargar combustible en Madrid, Lisboa, las Azores, las Bermudas , Barranquilla y Caracas, hasta que aterrizaban dos días después en Bogotá, sede del diario El Espectador, del cual era corresponsal. Hace medio siglo no existía internet ni otros demonios tecnológicos.

Ante la imposibilidad de publicar la primicia en tiempo breve, se dedicó a indagar, detrás de bambalinas, la fuga de la noticia.

Cuenta en su artículo que ante la falta de una versión autorizada por el Vaticano, los periódicos italianos dieron rienda suelta a la imaginación y al sarcasmo. Algunos lanzaron la tesis de que se trataba de un instrumento decisivo para la Democracia Cristiana, partido político italiano de inspiración católica; en otros se evidenciaba el celo profesional, subrayó el cronista. Citó a Curzio Malaparte, periodista y escritor italiano, autor de La Piel, quien en su columna Battibecco, del semanario italiano “IL Tempo”, escribió: “un papa que ve a cristo tiene sin duda más autoridad que un papa que no lo ve. Habria sido mucho mejor que una noticia de semejante importancia hubiera sido comunicada al mundo no a través de un períodico, de una manera anónima, sino de la propia voz del pontífice. Se trata de un milagro y no de un suceso de crónica”

Luego de tres semanas de conjeturas y especulaciones, en el l’Osservattore Romano apareció la confirmación el sábado 10 de diciembre de 1955. La constatación de l’Osservattore Romano aflojó la tensión de la opinión pública pero no la curiosidad periodística del reportero, quien continuó su investigación.

Al final reveló el origen y el contexto de la filtración de la noticia: la rivalidad entre la revistas Epoca y Oggi. El padre Rotondi , quien se ocupaba de las relaciones entre la prensa y el Vaticano, había dado a Epoca informaciones que aumentaron su prestigio y tiraje.

Edilio Rusconi, el director de Oggi, muy vinculado al Vaticano, presionó al padre Rotondi para obtener para su revista un tratamiento semejante. Esperó un año, pero valió la pena, concluye el cronista.

Después descubrió la verdadera autora intelectual: Suor Pascualina Lenher, la monja alemana, gobernante del apartamento del papa Pio XII. Según García Márquez, era una creatura misteriosa que manejaba de manera férrea la vida privada del pontífice. La verdadera primicia fue divulgar que en aquel mundo masculino y machista, era una mujer la confidente, consejera y depositaria de los delicados asuntos de su Santidad.

El primer viaje de un papa a Macondo

El papa Pablo VI fue el primer pontífice en visitar a Colombia en agosto de 1968. Sin embargo, García Márquez se adelantó 9 años al acontecimiento.

En su cuento “Los funerales de la Mama Grande”, el novelista embarca al papa en una góndola rumbo a Macondo para asistir a los remotos funerales de la matrona más rica y poderosa del reino, cuyas tierras limitaban con las del imperio romano:

En su itinerario nocturno la canoa pontificia se había ido llenando de costales de yuca, racimos de plátanos verdes y huacales de gallina y de hombres y mujeres que abandonaban sus ocupaciones habituales para tentar fortuna con cosas de vender en los funerales de la Mama Grande.

Su Santidad padeció esa noche, por primera vez en la historia de la Iglesia, la fiebre de la vigilia y el tormento de los zancudos. Pero el prodigioso amanecer sobre los dominios de la Gran Vieja, la visión  primigenia del reino de la balsamina y de la iguana, borraron de su memoria los padecimientos del viaje y lo compensaron del sacrificio”.

En el cuento, el presidente de Macondo, después de catorce días de plegarias, inició con gran pompa los funerales con la presencia del Papa y altos dignatarios. Era un presidente calvo y rechoncho.

El duende de la historia leyó “Los Funerales de la Mama Grande”, escrito en 1959, y copió el realismo mágico. El mandatario que recibió al papa Pablo VI se llamaba Carlos Lleras Restrepo y era como el retratado por la pluma del escritor.

Pero si en Los funerales narra con sarcasmo magistral el feudalismo barroco y la complicidad de los poderes políticos y eclesiásticos con las clases dominantes, en su reportaje “El Clero en la lucha”, publicado en la revista Momento, exalta el valor, la dignidad y la coherencia del clero venezolano contra la dictadura de Marcos Pérez Jiménez, a la cual le dedicó varias crónicas después de sus viajes de Roma a Paris y luego a Caracas, donde trabajó como periodista en 1958.

Una edición especial de Cien Años de Soledad fue el regalo que el expresidente colombiano, Juan Manuel Santos, le entregó al Papa Francisco durante su primer encuentro, el 13 de Mayo del 2013. Francisco agradeció y aseguró que era un atento lector de sus libros.

Duante su visita a Colombia, en septiembre del 2017, el Papa Francisco, para tratar de curar las heridas abiertas de una guerra de más de seis décadas, en su primer discurso incluyó esta frase tomada de las palabras pronunciadas por García Márquez al recibir el premio Nobel de literatura, en diciembre de 1982:

«...donde nadie pueda decidir por otros hasta la forma de morir, donde de veras sea cierto el amor y sea posible la felicidad, y donde las estirpes condenadas a cien años de soledad tengan por fin y para siempre una segunda oportunidad sobre la tierra»

Cartagena, ciudad donde reposan las cenizas del nobel, fue la última etapa del peregrinaje de Francisco en Colombia.

Allì, García Márquez trabajó como periodista, cuando tenía 21 años de edad, en el diario El Universal. Ganaba treinta y dos centavos de dólar por articulo y fumaba tres paquetes de cigarrillos diarios.

En ese puerto ambientó sus obras “El amor en los tiempos del cólera” , “El general en su Laberinto” y “Del amor y otros demonios“, donde revive la Inquisición de la época colonial, uno de los periodos más oscuros de la Iglesia católica. En esa ciudad amurallada, Bergoglio también recordó las palabras del escritor en su lucha por la reconciliación: “Este desastre cultural no se remedia ni con plomo ni con plata, sino con una educación para la paz"

Lo invitamos a escuchar la audionovela: "Yo Confieso": Que el señor lo tenga en su gloria-Capítulo Cuatro

Diez minutos de soledad con san Juan Pablo II

“¿Qué tal que mi mamá supiera —pensé— que estoy encerrado con el papa en su oficina? Me pareció tan irreal, que aquella tarde me hice el propósito firme de no escribirlo nunca, por temor de que nadie me lo creyera”, anota García Márquez en el relato de su encuentro privado con Juan Pablo II.

El episodio sucedió en enero de 1979. La versión original se encuentra en el Harry Ransom Center de la Universidad de Texas, que compró los documentos del archivo del escritor . En el segundo tomo inconcluso de sus memorias cuenta que en 1.978 creó “Habeas”, fundación para los los derechos humanos .

Como presidente le había sido encomendada la misión de obtener la bendición del recién elegido papa Juan Pablo I en favor de la campaña que reclamaba justicia frente a los desaparecidos en Argentina, durante la dictadura del general Jorge Rafael Videla.

Ante la muerte repentina de Juan Pablo I, fue recibido por el sucesor. Juan Pablo II le concedió una audiencia privada de diez minutos en la cual el escritor le entregó una carta donde resumía el exterminio sistemático de los opositores al régimen argentino.

“Después de leer la carta, el sumo pontífice exclamó que la situación era igual a la de Europa del Este”.

La audiencia se desarrolló la mitad en francés y la mitad en castellano. Juan Pablo II le contó que lo había aprendido en la escuela superior porque pensaba hacer su tesis sobre el poeta místico español San Juan de la Cruz y quería leer su obra en el idioma original. El tema sobre el poeta místico duró cinco minutos, en los otros cinco el papa leyó la carta y cuando se disponía a profundizar el tema de los desaparecidos, el tiempo de la audiencia ya había terminado.

Así narra el momento mágico del encuentro:

Sobre todo al final, cuando el Sumo Pontífice no pudo abrir por dentro la puerta de la oficina por más que hacía girar la llave, hasta que un secretario acudió en su auxilio y la abrió desde fuera. Me pareció lógico: todos hemos tenido esos problemas en una casa donde acabamos de mudarnos, y él no tenía en aquella más de dos meses. Sólo entonces tomé conciencia plena de dónde estaba, de aquellas vidrieras de madera natural con filas interminables de libros iguales, de aquellos floreros antiguos sin una sola flor, y de aquel hombre solitario que hacía girar la llave al derecho y al revés en la cerradura sin conseguir abrirla, murmurando algo en polaco que tal vez fuera una oración al santo ignoto que abre las puertas atascadas” .

Cuando Juan Pablo II visitó a Colombia en 1.988, el nobel vivía en Mèxico. Se encontrarían de nuevo en la Plaza de la revolución en la Habana, durante la visita de Wojtyla a Cuba en 1.998.

Mientras el Papa polaco iba camino a la santidad, García Márquez aprendió a mover las fichas secretas y los hilos invisibles del poder. Gracias a su criticada amistad con presidentes y jefes de estado afinó sus dotes de mediador y obtuvo silenciosamente la liberación de numerosos presos políticos en Cuba y otros países de América Latina . Tres mil doscientos solo en Cuba, según escribe el escritor y periodista Plinio Mendoza en su libro “Gabo Cartas y Recuerdos”.

Vacunado contra la peste del olvido

En sus memorias cuenta que nació con una vuelta del cordón umbilical alrededor del cuello y una prima propuso que lo frotaran con ron y agua bendita.

¿Sería ese el remedio que lo vacunó contra la peste del olvido y logró que sus libros encarnen el derecho a soñar de todo un continente?

¿O sería tal vez la férrea fe de su mamá ─según cuenta el hijo─, cuya “relación con Dios no parecía de sumisión sino de combate"?

Gabriel García Márquez fue bautizado, ofició como monaguillo, hizo la primera comunión, se casó delante del altar y el mayor de sus hijos fue bautizado por el sacerdote colombiano Camilo Torres Restrepo, antes de morir en combate como guerrillero.

El escritor luchó por los derechos humanos, abrazó las causas de los menos favorecidos y fue un buen cristiano. Pero antes de morir en ciudad de México el 17 de abril de 2014 dispuso un funeral laico.

En una entrevista, el periodista italiano Giovanni Minoli le preguntó si creía en Dios. García Márquez le respondió:

No, pero espero que Dios crea en mí”.

Creyó profundamente en el niño de Aracataca. Le dio el don de convertir los laberintos luminosos de sus obras en “una nueva y arrasadora utopía sobre la tierra”.

* Copyrigth: Proofy

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