Hacia fines de 2025, con escaso reconocimiento nacional empezando por los colegas (con la sola excepción de los locales de Bogotá), partió definitivamente un grupo excepcional de hombres que en la segunda mitad del siglo XX ayudaron a concretar la idea de un Nuevo Teatro Colombiano; lo hicieron con su trabajo y el de numerosos otros directores, actores, dramaturgos, técnicos de la escena y administradores; de estos últimos no artistas no queda siquiera un recuento de su acción indispensable, anónimos como siempre fueron para el público y los medios. Y de muchos de los primeros, la discreción característica de algunos y la modestia llena de carencias de recursos de su condición privada, tan contrastante con la forzosamente pública de sus personajes, los fue hundiendo en el olvido cuando aún era mucho lo que todos, artistas y colaboradores, podían ofrecer en el presente y aún más lo que habían construido en un pasado muy cercano.
Pretendo hacer aquí un homenaje particular a Luis Alberto García, antes de vincularlo con la historia necesaria, la del contexto y las relaciones artísticas y humanas en las cuales se movió. No tuve el privilegio de tratarlo tantas veces como quise, por la distancia de nuestras respectivas residencias, pero alcancé a conocer su bonhomía de trabajador sin pausa como actor y como dramaturgo, y su modestia, casi timidez, que ocultaban a un intelectual meritorio. Mi mejor aproximación a él fue en sus textos y en su actuación. Años después de conocerlo como miembro del TPB, en 1983-84 hice con alumnos de la Escuela de Teatro de la Universidad de Antioquia mi propio montaje de su obra insigne “I Took Panama”, a partir del texto impreso en mimeógrafo que él mismo me regaló cuando su grupo estrenó la obra en 1974.
Como fue frecuente en la dramaturgia del Nuevo Teatro, uno de los objetivos fundamentales de esa obra, además de la creación de un público grande y nuevo, es uno el propósito de escribir y representar la historia, primordialmente la de Colombia: en este caso, la tragicomedia de la pérdida y venta de Panamá, obligada por el gobierno de Teodoro Roosevelt para su claro propósito imperialista de la construcción del canal interoceánico, tragicomedia de nuestra nación gobernada por la misma clase dirigente rapaz que siglo y medio después apenas empezamos a sacudirnos, por ahora con escaso éxito dados los trágicos y lamentables ensayos militares y por la acción contra la sociedad de esa falsa izquierda cuyos dirigentes lograron hundirnos aún más. La acción de quienes se nos han ofrecido como redentores.
Como también fue practicado entonces por varios dramaturgos, en la obra de Luis Alberto García es notoria la influencia, en esa mezcla de historiografía, farsa y saber teatral, de su cultura clásica y de dos dramaturgos que marcaron a la generación de nuestros maestros y a la nuestra: Bertolt Brecht y Peter Weiss. De Brecht, el teatro didáctico y dialéctico, que provee las condiciones indispensables para la visión y la escritura distanciada y crítica de los fenómenos sociales y los actos humanos; y la concepción de Weiss de algo que él no inventó (es tan antigua como Esquilo) pero sí practicó y le puso el nombre de Teatro Documental, esa conjunción de historia y ficción verosímil, también presente en Brecht. También lo haría García con “La Gaitana”, “Toma tu lanza, Sintana” y “La Primera Independencia”.
Pero hay un sector de lo que produjo Luis Alberto García que particularmente me seduce por la maestría con la cual lo consiguió y por la utilidad que tuvo para el TPB y la tendría para muchos de nosotros si se pudiera divulgar como lo merece: sus adaptaciones (abreviaciones indispensables para el público de hoy, sobre todo el estudiantil de los comienzos) y el manejo del lenguaje. Inolvidables por esas cualidades y por las acertadas puestas en escena del TPB: De Shakespeare, Julio César y Ricardo III, ésta con las actuaciones magníficas de Vicky Hernández como la reina seducida por el maligno Gloster de Angarita; de Calderón de la Barca, El Gran Teatro del Mundo, estrenada en la vieja Catedral de Sal de Zipaquirá, transmitida por el canal nacional, y que en Medellín presenciamos en la Catedral de Villanueva; de Brecht y Kurt Weill, La Ópera de Tres Centavos, con la dirección musical de la certera y gran intérprete Elsa Gutiérrez; de Lope de Vega, Fuenteovejuna, con una Laurencia memorable de Laura García; de Gogol, El Inspector; de Ibsen, Un Enemigo del Pueblo, con Gustavo Angarita como el Doctor Stockman y la bella y sutil actriz Carolina Trujillo como su esposa; o la primera obra que ví puesta en escena por Luis Alberto: Hamlet, con el grupo de la Universidad de América.
Insisto: la Secretaría de Cultura de Bogotá (que ya publicó la segunda versión de I Took Panamá) o el Ministerio de las Culturas o alguna universidad harían un aporte grande a nuestra dramaturgia, a la práctica pedagógica del teatro y al público de lectura y de escenarios, publicando la obra completa de Luis Alberto García. Sería, por demás, un homenaje justo a un intelectual notable.
El contexto en el que actuaron estos hombres
Luis Alberto García, Gustavo Angarita y Carlos Barbosa fueron los últimos de la partida, pero este mismo año vio la del dramaturgo, director, titiritero, académico de la Lengua y de la Historia Carlos José Reyes y la de Kepa Amuchastegui, a quien nunca olvidaré por su actuación intercambiada con Santiago García en los dos caracteres de La Historia del Zoológico de Edward Albee, sin mencionar las muchas del teatro y de la televisión nacionales. Ya pocos días antes nos dejó Danilo Tenorio: amigo, actor, director y dramaturgo que se movió en el TEC, en el Teatro de la Universidad Santiago de Cali y en Esquina Latina. Y aún antes grandes actores como Pacho Ortiz y Fernando Peñuela, del Teatro La Candelaria de Bogotá el segundo también músico y dramaturgo; Helios Fernández excelente en el escenario y en la pantalla o Luis Fernando Pérez varias veces Peralta de En La Diestra de Dios Padre, del Teatro Experimental de Cali.
Imposible mencionarlos a todos, pero también lo es dejar de recordar a directores y dramaturgos esenciales que antes en este mismo siglo salieron de la escena del mundo después de definir la historia que los precedió, los propósitos políticos del movimiento del Nuevo Teatro y de una estética con fundamentos sólidos: Enrique Buenaventura y Santiago García.
Todos ellos y muchos otros hicieron parte de ese Movimiento en todo el país donde había cualquier asomo de práctica teatral, sin hablar de un reconocimiento internacional en toda América Latina, Europa y Norteamérica. En Bucaramanga, Barranquilla, Ibagué, Cartagena, Tunja, Neiva, en los Llanos Orientales, en el oriente antioqueño, en Urabá. En Medellín estábamos en la campaña por la acogida de la Universidad de Antioquia a la propuesta de una Escuela de Teatro universitaria, campaña exitosa en 1975 que luego se replicaría en la Universidad del Valle; surgía un movimiento de teatro independiente, con un liderazgo claro: Gilberto Martínez Arango dramaturgo, director y actor (además de profesor de cardiología en la Universidad de Antioquia), con una obra considerable impresa y numerosos alumnos, dejando la Casa del Teatro con su rica biblioteca y centro de documentación teatral.
Ahora viven y merecen toda la atención otros: Maestros como Vicky Hernández que se movió en todos los escenarios de los ya señalados: el Teatro Experimental de Cali, el Teatro Popular de Bogotá TPB, la televisión nacional y la española y el Teatro La Candelaria de Santiago García, el mismo que sigue activo, hogar y taller en aquellos años 70 y 80 de Álvaro Rodríguez, Alfonso Ortiz, Luz Marina Botero, Fernando Cruz, Graciela Mendoza, Inés Ortiz, Fernando Cruz, Manuel Gil, María Elena Sandoz, Ignacio Rodríguez, César Badillo, Ober Gálvez, Hernando Forero, Patricia Ariza dramaturga, actriz, directora, promotora y directora de la Corporación Colombiana de Teatro y autora con Nohora Ayala de un importante trabajo social con el Teatro; elenco de obras esenciales en los años que reseño como Guadalupe Años Sin Cuenta o Comuneros 1781.
Todos ellos son referentes ineludibles no sólo de lo que fue sino de lo que debería ser nuestro Teatro, confrontado aunque hoy con frecuencia no quiera verlo con un país y una sociedad convulsos producto de esos otros momentos y crisis que tan certera y poéticamente representaron todos en una lista enorme de notables que incluiría entre muchos a Lucy Martínez (también en La Candelaria -protagonista de El Alma Buena de Se-Chuan de Brecht- , en el TPB y en la televisión), Yolanda García (cuya acción fecunda se extendió a Medellín en la Universidad Bolivariana, igual que lo hizo Edilberto Gómez en la Universidad de Antioquia) y a producciones de RTI y en la Ópera de Colombia como mi eficaz asistente de escena; Guillermo Piedrahíta, Lisímaco Núñez, Gladys Garcés, Diego Vélez, Nelly Delgado, Sergio Gómez, Gilberto Ramírez, Iván Montoya, Hilda Ruiz, Aída y Liber Fernández (hermanas de Helios) del TEC fundado por Enrique Buenaventura, que sigue dirigiendo con una nueva generación su esposa la actriz Jacqueline Vidal, promotora del Centro de Investigación Teatral CITEB que lleva el nombre del Maestro. Elenco de obras grandes como la cuarta y la quinta versiones de En la Diestra de Dios Padre, Soldados, Los Papeles del Infierno, La Orgía, o la versión de Buenaventura de El Canto del Fantoche Lusitano de Peter Weiss. Todos estos caleños fueron también sustento actoral del cine producido en su ciudad (que ahora han llamado Caliwood) y en otras ciudades.
Luis Alberto García, Carlos Barbosa y Gustavo Angarita están unidos a una labor inmensa del director del TPB Jorge Alí Triana, y a la de Fanny Mikey como actriz y como eficaz administradora (después la promotora y directora del Festival Internacional de Teatro de Bogotá). El TPB había sido fundado en Praga por Triana, Rosario Montaña y Jaime Santos cuando los tres estudiaban allí. Al lado de un elenco en el cual también se destacaron de manera magnífica Waldo Urrego, Antonio Corrales, Victor Hugo Morant, Jairo Camargo, Luis Montoya, Eduardo Castro, Édgar Rojas, Nurya Monge, Cristina De la Torre (hoy columnista de El Espectador), Isabel Gutiérrez, Mónica Carrasco, Diego Álvarez, Jorge Armando Gil, Inés Correa; Juan Gentile (el Viajante de Arthur Miller, obra en la cual el propio Jorge Alí Triana hizo el patrón de Willy Loman). Estos y algunos más hicieron una historia inmensa de montajes y representaciones de clásicos que poco o nada se habían visto en el país y nueva dramaturgia para la escena teatral y para la televisión.
La acción del TPB en las décadas de 1960, 70 y 80 no se limitó a su sede, la inolvidable de la carrera 5ª. con la Avenida Jiménez de Bogotá, de la cual fui testigo en numerosas ocasiones; esa acción se extendió por el país en una gira anual llamada por ellos la Vuelta a Colombia que los llevó a salas con buena, mediocre y a veces ínfima dotación que el grupo debía remediar con los infinitos recursos que sacaba de la nada el gran Enrique Álvarez, esposo de Fanny Mikey, factotum de escenografía, utilería e iluminación, más tarde mi insuperable colaborador en lo segundo con el argentino Gregorio Rubín, en la Ópera de Colombia. Fui provisional y casi casual colaborador (pero sobre todo público asombrado cuando yo mismo empezaba a hacer teatro) en Medellín y en algunos municipios de Antioquia, enviado por mi patrón Coltejer cuando la empresa patrocinaba parte de las giras.
En la televisión hay que destacar, aparte de novelas y teleteatros, la admirable serie Revivamos Nuestra Historia, con libretos de Carlos José Reyes, la asesoría historiográfica de Eduardo Lemaitre y la dirección de Triana; era la conjunción de conocimientos y experiencias múltiples que en el caso del director tenía la garantía de sus estudios y prácticas de teatro, cine y televisión en Praga donde su maestro de guion fue Milán Kundera. En horario triple A de los domingos por la televisión nacional nos dieron en los años 70 y 80 numerosos episodios de historia nacional de la Conquista, la Colonia, la Independencia (con picos altos en la representación de La Pola, y de Manuelita Sáenz, Bolívar y Córdova), el siglo XIX y las guerras civiles, la etapa de la Regeneración (un Núñez bien retratado por Saín Castro) y la pérdida de Panamá, o el 9 de abril de 1948 (Edgardo Román como Gaitán, Jairo Camargo como Juan Roa Sierra, Víctor Mallarino como el presidente Ospina Pérez y Constanza Duque como doña Bertha Hernández; libreto de Arturo Alape y Arturo Abella; admirables la actuación y la dirección de actores de Triana), la ambientación, la realización, la edición.
Ahora, cuando a tantos nos parece imperativo reclamar que se enseñe historia del mundo y de Colombia en el ciclo básico y en el superior y en éste no sólo a los estudiantes de historiografía, y que los medios audiovisuales se ocupen de ello para el común de la población, bueno sería que los canales públicos volvieran a transmitir aquel material extraordinario; inútil esperarlo de los comerciales. Y eso no fue todo: el elenco y el director habrían de producir también en el campo del cine; un buen ejemplo fue la colaboración con García Márquez en ambas versiones (cine y televisión) de su guion de Tiempo de Morir, las posteriores a su primera hecha en México a comienzos de la década de 1960. O la primera versión para televisión de La Vorágine, una producción hecha en las más difíciles condiciones de la locación y los escasos recursos, como lo explicaba Jorge Alí Triana.
Entre las obras latinoamericanas para la escena teatral que montó el TPB en aquellas épocas recuerdo dos importantes: El Gesticulador, del mexicano Rodolfo Usigli (protagonista Carlos Barbosa) y Delito, condena y ejecución de una gallina, del guatemalteco Manuel José Arce: ambas crudas imágenes en movimiento y parlamento de realidades sociales y políticas del Continente, como el populismo y la corrupción; crudeza notoria que en el caso de la segunda obra, alegórica, cuando la gallina expiatoria era ejecutada por decapitación real en escena (Enrique Álvarez como caracterizado verdugo de hacha), en Medellín no soportó una improvisada crítica de derecha, reconocida escritora, quien llamó a la función respectiva “la encerrona”. Punto en boca.
* Promotor (1972) de la fundación (1975) de la Escuela de Teatro (hoy Departamento de Artes Escénicas, Facultad de Artes) de la Universidad de Antioquia. Director, dramaturgo y actor. Pensionado y docente de cátedra en la Facultad de Educación de la Universidad de Antioquia. Magister en Ciencia Política de la U. de A.