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“En el principio era el verbo”, habían dicho ya algunos cuando Albert Camús habló del solitario solidario que se encierra en sí mismo para comunicarse con los otros, justo antes que un poeta como Osvaldo Sauma reiterara que la poesía no solo “está hecha de razón sino de intuición y la intuición es uno de los pilares que sostiene la palabra”.
Colombia es el país pionero donde se hicieron los primeros festivales internacionales de poesía de América del sur, y aunque el de 1991, realizado en Medellín, solo tuvo la presencia de grandes poetas colombianos, para los de 1992 realizados tanto en Medellín como en Bogotá ya se escuchaban los versos de otros personajes internacionales.
Desde entonces, poetas como Víctor Rodríguez Nuñez, de Cuba, Carlos Sahagún, de España, Osvaldo Sauma, de Costa Rica, Daniel Samoilovich, de Argentina y José Emilio Pacheco, de México, han hecho correr sus voces por las montañas colombianas, declamando ante miles de personas composiciones como:
“¿Qué va a quedar de mí cuando me muera
sino esta llave ilesa de agonía,
estas pocas palabras con que el día,
dejó cenizas de su sombra fiera?
¿Qué va a quedar de mí cuando me hiera
esa daga final? Acaso mía
será la noche fúnebre y vacía
que vuelva a ser de pronto primavera.”
En adelante el verso que continúa no se ha detenido y en cambio los festivales empezaron a multiplicarse, tanto en el mismo país como en el resto de este lado del continente. Argentina, Cuba, Venezuela, Costa Rica, El Salvador, Nicaragua, Guatemala y hasta en los años más recientes Panamá y Bolivia, se unieron a la palabra que convoca para llegar a los otros.
En el Eje Cafetero, la voz poética nacional e internacional también tuvo su lugar y llenó parques públicos, plazas y espacios culturales y educativos de la ciudad y de Risaralda a partir del 2007. El mismo año en que surgieron en el mundo otros festivales como el Festival Internationale de Poésie de Paris, en Francia, el Festival International de Poésie 3V, Douala et Édéa, en Camerún, el Goolwa Poetry Festival, en Australia y hasta el Mekong International Poetry Festival, en Camboya.
En Pereira el Festival no alzó su vuelo bajo el nombre de un lugar o de un país; aquí, como quien desdibuja las fronteras a través de la poesía, se hizo conocido como el Festival Luna de locos, el mismo nombre que lleva la revista que también ha publicado a cientos de poetas del mundo, desde 1999, a través de sus 27 ediciones.
Como impulso de esa intuición que sostiene la palabra, el Festival había dado sus primeros pasos hace 20 años, desde 1998; fecha en que por iniciativa del poeta Giovanny Gómez Gil, aún hoy director del Festival, se habían hecho los primeros encuentros de lectura de poesía en la Universidad tecnológica de Pereira. Esos eran tiempos en que no se pensaba que Luna de locos llegaría a ser uno de los Festivales de la Red Mundial de Festivales de Poesía y uno de los más importantes de Colombia, que muy rápidamente pasó de 4.000 espectadores en el 2007 a 14.032 en 2017, sin contar el impacto que ha tenido en los colegios de Risaralda a los que ha llegado a alrededor de 44.000 estudiantes de básica primaria y básica secundaría.
Aunque el origen de los festivales suele tener a sus espaldas una revista de poesía, a modo de ratificar que primero fue el texto que la palabra, también es cierto que los festivales han permitido “transmitir la poesía y sacarla de la reconditez donde se escondía para hacerla proliferar por el planeta”, según el poeta costarricense Osvaldo Sauma, quien, además de haber participado en otros importantes festivales de la India y Nicaragua, ha estado en tres versiones del Festival Luna de locos, del cual lleva grabado en su memoria justamente esa riqueza tan particular en el hecho de “que te lleven a las escuelas, a los colegios y que haya un intercambio con los jóvenes constantemente”.
Desde William Ospina, poeta y escritor colombiano, hasta Jean-Paul Daoust, poeta canadiense, coinciden en el valor del Festival. Ospina, por su parte alude a ese público que además de ser cada vez más grande es también “más entusiasta, más comprometido, más fiel con un proceso tan valioso para una comunidad de convivencia, de pensamiento, de educación y de sensibilidad”. Mientras, Daoust afirma que “es un festival que llega a la juventud y a las personas más adultas, un festival que llega a todos los estratos de la sociedad. Yo estuve en tres colegios y es la primera vez que en un festival voy a los colegios. Eso me emocionó mucho: ir donde la gente a llevarles poesía”.
Cada Festival de poesía en el mundo, a través de sus particularidades, ha hecho que la poesía y los poetas sean por días una sola voz universal que la gente se queda escuchando en el corazón, porque como decía el poeta español Gabriel Celaya “la poesía es un arma cargada de futuro”; y como lo dice aún hoy Osvaldo Sauma “la poesía siempre debe estar a la par de los que no tienen voz, por eso el poeta ha encarado esos seres que están marginados y toma la voz del pueblo y la transmite para crear una conciencia política cada día más grande”.
Así que, al son de una luna llena que ha tenido al calendario lunar a favor durante 11 versiones, en que el Departamento se ha hecho poesía con cientos de artistas de todos los continentes, recorriendo además diferentes municipios de Risaralda; el 2018 no será la excepción: la luna de de la última semana de agosto también estará a favor y los poetas de nuevo, como dijo el escritor mexicano José Emilio Pacheco, harán “que tu voz sea mi voz por un instante al menos”.