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Madurez con pocos años

Este miércoles se presenta en la Sala de Conciertos de la Blaa la violinista canadiense Leila Josefowicz, acompañada en el piano por John Novacek.

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Alberto de Brigard/ Especial para el Espectador
02 de septiembre de 2008 - 10:34 p. m.
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En la década que cerró el siglo pasado hubo una abundante cosecha de violinistas cuyo debut coincidió con la última época de oro de los sellos internacionales de grabación de música clásica. Varios de ellos parecían la encarnación de los sueños de las divisiones de mercadeo de las disqueras y de las agencias de artistas de todo el mundo: eran jovencísimos, técnicamente deslumbrantes, los hombres bien plantados y las muchachas muy bonitas. Tantas maravillas sugerían cierto peligro de que se tratara de un boom artificial, generado por los esfuerzos de unas compañías desesperadas por aprovechar los alientos finales de un mercado discográfico que iniciaba un lento declinar que todavía no ha tocado fondo.

La grata sorpresa es que un número considerable de músicos de esta generación logró superar con éxito la transición de niños o jóvenes prodigios para consolidarse como intérpretes maduros, aunque todavía con muchos años por delante, con carreras internacionales sólidas y muy valiosas; ahí están para demostrarlo Joshua Bell, Sarah Chang, Hilary Hahn, Maxim Vengerov y varios otros. Leila Josefowicz, quien se presenta este miércoles en la Sala de Música de la Biblioteca Luis Ángel Arango, inició su carrera en este ambiente tan competitivo y ha logrado mantenerse en los más altos niveles de reconocimiento desde su debut en un famoso concierto en el Carnegie Hall en 1994, cuando tenía apenas 17 años.

A partir de ese momento la carrera de Josefowicz no ha tenido descensos. Se ha presentado con las orquestas y los directores más importantes del mundo, en los principales teatros norteamericanos y europeos, construyendo una bien merecida reputación como una intérprete siempre confiable de las obras más exigentes de los períodos clásico y romántico, pero también como una artista que enfrenta riesgos y contribuye como pocos a la expansión del repertorio para su instrumento. Sin ir más lejos, el próximo mes estrenará en Manchester el concierto Beautiful passing, del estadounidense Steven Mackey, y en octubre del año entrante hará lo propio con otro nuevo concierto para violín del inglés Colin Matthews.

En cierto modo, esa comodidad en la interpretación de obras antiguas y contemporáneas se expresa en los instrumentos que interpreta. Leila posee un maravilloso violín fabricado por Giuseppe Guarnieri del Gesu en 1724, que es el que toca en la mayoría de sus presentaciones, pero desde hace unos años toca también una violectra, con la cual interpreta la obra Dharma at Big Sur del respetado compositor John Adams. Este novedoso instrumento es un violín eléctrico con seis cuerdas, capaz de producir notas más graves que las de un violín corriente (casi como las de un violonchelo).

Las obras de su recital de Bogotá  reflejarán ese amplio rango interpretativo, porque abarcan desde el bello rondó en si menor de Schubert, hasta una pieza compuesta en los años 90 por el estonio Erkki-Sven Tüür. También se escuchará el movimiento de sonata de la juventud de Brahms y dos obras importantes de comienzos del siglo XX: la sonata en fa menor de Sergei Prokofiev y el dúo concertante para violín y piano de Igor Stravinski. Todas son composiciones muy exigentes desde el punto de vista de la interpretación, pero sin virtuosismos vacíos.

En esta gira por Suramérica, Leila Josefowicz se presenta con el pianista y compositor John Novacek, con quien colabora en recitales desde los comienzos de su carrera lo mismo que en todas sus grabaciones de música de cámara.

Por Alberto de Brigard/ Especial para el Espectador

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