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Maestro de lo imposible

El escritor estadounidense, autor de obras como ‘Fahrenheit 451’ y ‘Crónicas marcianas’, falleció a los 91 años de edad.

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Santiago La Rotta
06 de junio de 2012 - 10:24 p. m.
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La ciencia ficción como la ficción de las ideas, no sólo el arte de lo posible, sino de lo obvio. La definición es de Ray Bradbury. Con 50 libros publicados en 36 idiomas y ocho millones de copias, el hombre sabía algo del tema.

Por encima de los números, de la lógica dudosa de las estadísticas (más cuando se refieren a ventas), la obra de Bradbury es celebrada por su impacto en la cultura popular y en varias generaciones de artistas, escritores y científicos. Junto con otros grandes del género (Isaac Asimov notablemente entre ellos), el escritor estadounidense terminó por desenterrar la ciencia ficción de las publicaciones de nicho, las pequeñas revistas hechas más que para lectores, para devotos.

Su método fue hacer ciencia ficción sin depender de la ciencia. En los libros de Bradbury el aire de Marte es respirable, por ejemplo: lo importante era la historia, no tanto la tecnología en ella. Un movimiento que le trajo críticas de otros autores del género, pero que, entre otros factores, acercó la escritura sobre el futuro a los lectores presentes.

“Cuando hablo de ciencia ficción suelo usar la metáfora de Perseo y Medusa. En vez de mirar a los ojos de la verdad, miras por encima del hombro al reflejo en el escudo de bronce. Entonces tomas tu espada y cortas la cabeza de Medusa. La ciencia ficción pretende mirar al futuro, pero en realidad está mostrando un reflejo de lo que ya está frente a nosotros”, dijo Bradbury en una entrevista para Paris Review.

Siguiendo este precepto, Bradbury escribió una historia en la que los bomberos quemaban libros. “La idea fue surgiendo a medida que veía los efectos que la televisión y la radio tenían sobre la gente. Entonces me pareció natural escribir una historia acerca de la quema de libros”. Fahrenheit 451 es tal vez una de las obras más reconocidas del escritor y, bajo cierta lectura, ha sido comparada con 1984 de George Orwell. Cada lector tiene una interpretación: es una reivindicación del libro como herramienta, una sátira política sobre el control del Estado, una advertencia sobre los peligros de los medios.

Hugh Hefner, fundador de Playboy, pensó que esta era una historia que llegaba al corazón de la represión, la libertad y la democracia y decidió publicarla, por entregas, a partir de la cuarta edición de la revista, en 1954.

Para mediados de los años cincuenta Estados Unidos era un asunto muy distante de “la tierra de los libres y el hogar de los valientes”. En plena Guerra Fría, el senador McCarthy sembraba el terror entre la población con la amenaza comunista: cazarlos porque piensan diferente. En ese contexto llegó una historia en la que la quema de libros es el castigo contra el disenso, que si bien ya había sido publicada como libro, ahora venía acompañada de mujeres desnudas. En 1966, François Truffaut adaptó la narración de Bradbury al cine y Fahrenheit 451 pasó a ser un libro Canónico, con la c en mayúscula.

El éxito era ya un compañero común de Bradbury, aunque en un principio le resultó esquivo. Al intentar vender varias de las historias que luego formarían Crónicas marcianas, Bradbury recibió la negativa de distintos editores en Nueva York porque los cuentos sueltos, decían, no vendían. Fue Walter Bradbury (sin relación), editor de Doubleday, quien le sugirió juntar todos los relatos bajo el título que luego identificaría a uno de los libros más entrañables del escritor.

Su primer reconocimiento llegó en 1947, cuando Truman Capote desenterró Reunión de familia, que le valió un premio en ese año como uno de los mejores cuentos publicados en Estados Unidos.

Bradbury era un escritor consagrado a su oficio, que desde el principio fue su profesión. Ir hasta Nueva York para vender los relatos de Crónicas marcianas fue una necesidad luego de que naciera su primera hija, Susan, razón por la cual necesitaba más dinero.

Pero no sólo fueron las necesidades económicas las que lo llevaron a sentarse todos los días en frente de su máquina de escribir (jamás usó un computador). Había en él una curiosidad poco común, una llama interna que pedía devorar los días con el fuego de un trabajo que lo entretuviera. “Me divierto con las ideas, juego con ellas. No soy una persona seria y no me gustan este tipo de personajes. No me veo como un filósofo. Eso es algo increíblemente aburrido. Mi objetivo es entretener y entretenerme”.

Su nieto lo definió como “el niño más grande que he conocido”. Bradbury aseguraba que durante su infancia salía en las noches al patio de su casa a gritarle a Marte “Llévame contigo”. Sus primeros años transcurrieron en el tiempo incierto del asombro, una sensibilidad extrema que lo llevaba a deslumbrarse con un buen cuento, una historia de Edgar Allan Poe, una de las nueve películas que, en promedio, veía cada semana.

Fue esa energía imbatible la que quedó impregnada en sus más de 50 libros, sueños sobre un futuro inminente, advertencias por momentos, otras tantas veces descripciones de un mundo extrañamente familiar, lejano y reconocible.

Por Santiago La Rotta

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