Así, un país unido, solidario, se convirtió en un país roto y lleno de rencores, en donde los indios perseguían a sus anteriores vecinos musulmanes y viceversa. Estos fueron los tiempos en que Mahatma Gandhi fue asesinado por un extremista hindú el 30 de enero de 1948, hoy hace 70 años.
Aun cuando sus luchas no violentas se vieron desviadas por esta separación, Gandhi fue una figura ejemplar en un siglo XX turbulento, colmado de guerras, totalitarismos, extremismos y odio. Él, abogado, pacifista, estaba convencido de que para encontrar la libertad de toda persona y de una nación entera debía existir una capacidad de cada uno de gobernarse a sí mismo, la capacidad de autonomía. Esto iba de la mano con sus conocidos planteamientos sobre la no violencia, que entendía como la posibilidad de rebelarse frente a los opresores de la libertad, pero sin violencia física. Así fue como llevó a la India a romper con la influencia británica, a liberarse, no usando las armas, sino más bien, impulsando la construcción de una propia identidad cultural de la India que trascendiera.
Y más allá de sus creencias sobre la paz y la no violencia, Gandhi habló de economía, de religión y hasta del peligro de la tecnología; sobre esta última, alguna vez dijo: “la máquina encadena, la mano libera”; habló de la necesidad de interacción y del lenguaje que llevan a la dignidad humana y no dejan caer en el silencio. Toda esta diversidad de pensamientos que hacían parte de su “filosofía” quedaron como un legado al mundo y hoy, 70 años después de su muerte, la figura de Gandhi aún nos habla de la necesidad de paz, libertad y autonomía.