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Manuela Nieto habla de la cerámica y la frustración: “Lo que no sale, se repite”

Hasta la primera semana de marzo se podrá visitar “(No) la embarré”, una muestra colectiva de cerámicas en la Galería Salón Comunal, en Bogotá. Allí se pueden ver algunas de las obras de Nieto, que aquí contó cómo nació su interés por este arte.

Santiago Gómez Cubillos

20 de febrero de 2026 - 10:00 a. m.
Manuela Nieto también dicta talleres que se pueden reservar a través de su página de Instagram, @karmanuela_.
Foto: Cortesía
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¿Cómo empezó en el mundo de la cerámica?

Mi relación con la cerámica empezó desde la universidad. Yo estudié artes visuales y, cuando comencé a enfocarme en la parte más escultórica, la descubrí. Le conté a mi abuela que estaba haciendo cerámica y fue muy bonito porque ella tenía un montón de libros de mi bisabuela sobre el mismo tema. Siento que ahí mi interés creció muchísimo más. En ese momento llegó la pandemia y mi abuela me dijo: “tengo algo para ti”, y me dio un horno pequeño que mi bisabuela usaba para hacer cerámica para muñecas. Con ese horno fue que yo arranqué y seguí aprendiendo.

Aprender a hacer piezas de cerámica requiere de mucha paciencia. ¿Cómo fue eso para usted?

El proceso de aprendizaje con la cerámica es diario; nunca se deja de aprender. Y sí es un ejercicio de paciencia, pero sobre todo de entender al material. La cerámica se enfoca en los cuatro elementos: tierra, agua, aire y fuego. Necesitas los cuatro y tienes que aprender a usarlos a tu favor y darles el tiempo que requieren en la pieza. Creo que es un arte que enseña a lidiar con la frustración: lo que no sale, se repite, y así de sencillo.

¿Cómo fue convertir lo que inicialmente era una pasión personal (y familiar) en un negocio?

Simplemente dije: “me voy a lanzar”. Empecé vendiendo tazas personalizadas, por ejemplo con rostros, y a partir de ahí me puse a crear piezas un poco más divertidas, que siempre tuvieran relación con el juego. Sentía que tenía ideas distintas y piezas únicas así que empecé vendiéndoles a amigos por Instagram. Después me gradué y me invitaron a dictar un taller de cerámica. A partir de ese taller, varios estudiantes me dijeron que querían seguir tomando clases conmigo. En principio no sabía si iba a poder porque mi taller era muy pequeño, pero mi abuela, que también tiene un espacio de trabajo en el que dicta clases de dibujo, me propuso compartirlo. Es muy bonito porque ahora los dos talleres están conectados, así que casi todo el tiempo trabajamos juntas. Ahí empecé yo dando mis clases personalizadas y hoy ya tengo planes grupales, en pareja y clases semanales.

Si en la cerámica todo es un aprendizaje constante, ¿cómo es para usted enseñarla? Sobre todo a personas que nunca han hecho algo parecido.

A mí siempre me ha gustado enseñar, en especial por mi relación con los niños. Creo que todo el mundo tiene la capacidad de aprender algo nuevo, de cambiar su rutina y de desconectarse un poco. Este tema de la enseñanza también va muy ligado a la paciencia y a hacerle entender a las personas que todo se puede aprender, siempre y cuando haya disciplina y se disfrute el proceso.

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¿Por dónde comienza con uno de estos alumnos?

Lo primero que hago es enseñarles cuál es el material que van a usar. En este caso, la arcilla. En ese sentido, comienzo con el amasado y les explico que la pieza no puede tener burbujas, porque la arcilla, en el horno, se vuelve piedra y si tiene burbujas, puede explotar. A veces la gente se asusta con eso, pero mi trabajo es decirles que todo va a salir bien y que vamos paso a paso para evitarlo. Después de que han amasado y han conocido un poco más el material, les digo que, si hay grietas, pueden usar un poco de agua, pero que escuchen la arcilla: si está muy dura, necesita agua, pero sin excederse porque se puede ablandar demasiado. Luego les pregunto qué quieren hacer y, según eso, les explico las distintas técnicas. Si nunca han hecho cerámica, empezamos por la más básica y los voy guiando. También me gusta que, en una parte, intenten modelar como si fuera plastilina. La idea es que disfruten el material y se relajen.

¿Se podría decir que es una especie de terapia?

Claro, muchos la relacionan con la terapia: la arcilla no perdona. Si aparece una grieta cuando la pieza ya está seca, puedes intentar remendarla cuantas veces quieras, pero volverá a salir después de la quema. También te enseña a soltar. No hay que apegarse demasiado a los objetos. Si algo no sale bien en una pieza, es mejor romperla y volverla a hacer; incluso así no la quemas y puedes reciclar esa arcilla.

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¿Hay alguna pieza que recuerde con especial cariño?

Para la exposición en la que tengo algunas de mis obras en la Galería Salón Comunal hice unas piezas evocando mi infancia, recordando los platos que me hacía mi abuela cuando era chiquita. Ahí hay un sánduche de jamón y queso que me produce mucha nostalgia y al que le tengo mucho cariño. Tiene el bordecito quemado y, aunque es algo muy sencillo —solo un sánduche de sanduchera—, me evoca mucho estar en el taller de mi abuela pintando, con ese sánduche hecho por ella. Esa diría que es mi pieza favorita en este momento.

¿Cómo describiría la sensación de trabajar sola en su taller?

Yo creo que estos espacios con la arcilla, para mí, se vuelven una conexión muy física y muy emocional. Trabajar sola me ayuda a organizar mis ideas. Se vuelve algo más introspectivo: me desconecto de lo que está pasando alrededor y me concentro en el material. También me estresa un poco cuando tengo mucha gente alrededor. Prefiero ese momento en el que estoy sola frente a la escultura o la taza, porque soy solo yo enfrentando los retos que me pone la pieza y aprendiendo a resolverlos por mi cuenta, como en la vida.

Además, con las manos llenas de arcilla es imposible distraerse con el celular...

Eso es algo muy chévere de la cerámica y también de mi oficio como artista, incluso cuando pinto. Mi trabajo me obliga a desconectarme del mundo, de las redes sociales y del consumo de imágenes. Si agarro el celular, se llena de arcilla, entonces no es una opción. La música se vuelve una herramienta que acompaña, pero de resto es un desconecte total. Eso es muy satisfactorio.

Por Santiago Gómez Cubillos

Periodista apasionado por los libros y la música. En El Magazín Cultural se especializa en el manejo de temas sobre literatura.@SantiagoGomez98sgomez@elespectador.com
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