5 May 2021 - 4:16 p. m.

María Cano y la necesidad de construir un mundo más humano

María Cano tenía 26 años cuando, en 1914, Colombia tuvo la primera celebración pública por el Día del Trabajo. Años después, en la década de los 20, promovió manifestaciones en defensa de los derechos de los trabajadores y por el respeto a la vida de dirigentes obreros, campesinos e indígenas. Tras 54 años de su muerte (recientemente cumplidos), y en medio de las movilizaciones sociales que vive Colombia, recordamos el legado de la Flor del Trabajo.

Nacer durante el triunfo de la Regeneración y de la Constitución de 1886, en medio de un ambiente en el que la persecución a la disidencia era el pan de cada día. Crecer en un momento de la historia en el que el mundo no solo vivió la destrucción de la Primera Guerra Mundial, sino que también vio nacer y desarrollar la Revolución Mexicana y la Revolución Bolchevique. María Cano es producto de una época de tensiones y contradicciones sociales. Con una herencia liberal y de apego a las letras, pues su familia se aferró a los escritos de Víctor Hugo, de Lamartine y de los filósofos de la ilustración francesa, además de mantener una inclinación hacia los escenarios de debate, como las tertulias en las que participaron intelectuales como Efe Gómez, Abel Farina, Miguel Agudelo, Horacio Franco y Antonio J. Cano, se formó en el mundo de las ideas y de la discusión.

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Una humanista, eso fue. Explorando su preocupación por el ser humano, encontrando refugio en la pluma de José Enrique Camilo Rodó Piñeyro y José Vasconcelos, así como en los versos de Gabriela Mistral, Alfonsina Storni, Juana de Ibarbourou y Delmira Agostini, María Cano, en un principio, se adentró en la escritura. Luis Tejada la describió así: “Es mucho más concentrada en sí misma, más ‘yoista’, no va al mundo; cree que el mundo está todo dentro de ella; y canta exclusivamente al amor, con honda y apasionada sinceridad, ya que el amor es el eje de la vida de nuestras mujeres. Es una sensibilidad fina y audaz del tipo de Juana de Ibarbourou, pero María Cano tiene sin duda un sentido todavía más vivo y más intenso del color y de la forma y una mayor y más extraña esplendidez lírica”. Fue precisamente a través de la literatura, a través de los libros, que se acercó a los trabajadores y se adentró en la lucha política por la defensa de sus derechos. “Gustéis conmigo el placer exquisito de leer” fue la frase con la que, en medio de la inauguración de una biblioteca popular gratuita, se acercó a ellos.

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La Flor del Trabajo, como pasó a la historia, entendió que las ganas de ponerle punto final a una sociedad esclavista y esclavizada, que desde la época de la colonia ha funcionado bajo dichas lógicas, requería de un trabajo colectivo. Fue ahí cuando decidió unir fuerzas con Raúl Eduardo Mahecha, Tomás Uribe Márquez e Ignacio Torres Giraldo. Bajo el manto del himno de la Internacional, creyendo en la posibilidad de cambiar el mundo desde la agrupación de los oprimidos y la construcción de humanidad, Cano fue la abanderada de ocho horas de trabajo, ocho horas de estudio, ocho horas de descanso, así como fue vocera por la liberación de dirigentes obreros, campesinos e indígenas, a quienes, como a ella, trataron de silenciar y de relegar al encierro. “Compañeros en pie. Listos a defendernos. Seamos un solo corazón, un solo brazo. Cerremos filas y adelante. Un momento de vacilación, de indolencia, dará cabida a una opresión más a nuevos yugos. Valientes soldados de la revolución social, ¡en marcha! ¡Oíd mi voz que os convoca!”, afirmó en una de las manifestaciones masivas en las que participó. Así, con discursos similares, de esos que con palabras sencillas apelan a las emociones y generan unión, Cano recorrió el país. En mula, caballo y ferrocarril, pasó por Boyacá, Caldas, el Valle del Cauca, Antioquia, Cauca, Santander y la Costa Caribe, bordeando el río Magdalena, haciendo presencia en zonas bananeras, petroleras y mineras, lugares unidos por un común denominador: la explotación laboral. Recorriendo el país y organizando reuniones obreras multitudinarias, construyó un relato nacional alrededor de los derechos, en una realidad social en la que no existía tal cosa.

Cano vio cómo los que alzaron la voz en nombre de la construcción de escuelas, del reconocimiento de las personas como trabajadores ante las grandes empresas, así como de las jornadas y de las condiciones laborales dignas, como lo pedían los trabajadores en las bananeras, murieron a manos de la represión oficial. Los gritos en defensa de la humanidad fueron acallados con armas y, en medio de esa destrucción, entablar un diálogo parecía cada vez más una imposibilidad, aun cuando era la vía para generar los cambios sociales que se buscaban. Hoy, casi un siglo después, esos espacios de debate siguen siendo necesarios, pues alcanzar puntos de encuentro y de discusión parece ser la vía para construir una sociedad donde la vida sí sea sagrada.

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