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Antes de que Mario Mendoza se convirtiera en una de las plumas más importantes de la literatura urbana contemporánea, se creía que Bogotá carecía de los elementos necesarios para nutrir este arte, que no formaba parte del imaginario literario. Para ser escritor, primero había que atravesar Nueva York, París o Barcelona y así, supuestamente, alcanzar los estándares de la escritura. Pero no fue el caso de Mendoza, quien descubrió que Bogotá —como otras ciudades del tercer mundo— se convertirían, años después, en musas de grandes escritores.
Bogotá no solo ha sido el protagonista de su obra, sino la responsable de sus viajes más profundos, como el último que inspiró su reciente novela La hora de los lobos (Planeta), donde un joven marginado —marcado por la muerte desde niño— termina en la cárcel y allí conoce al que será su maestro y guía por los bajos fondos del continente latinoamericano. Así mismo, la capital ha suscitado las preguntas más íntimas y necesarias que el autor de Satanás ha enfrentado a lo largo de su vida, y que, esta entrevista, busca responder.
Sus libros tienen a Bogotá como protagonista. ¿Cómo nació esta relación y este interés en narrar sus historias sobre esta ciudad?
A mediados del siglo XX, alguien dijo que Bogotá era una ciudad en la que no se podía hacer literatura, que no se podía escribir gran literatura con esta ciudad como escenario. A partir de entonces, nos quedamos huérfanos de una novelística poderosa, mientras que en esa misma época ya existía una literatura urbana en Argentina o en México. Nuestras aventuras urbanas, en cambio, derivaron hacia Medellín y Cali, con Andrés Caicedo a la cabeza. En ese tiempo se pensaba que, para ser escritor, había que ir a París o instalarse en Barcelona; era necesario vivir en ciudades con prestigio y trayectoria cultural, lugares que avalaran la reflexión sobre el oficio. Pero si uno se quedaba a 2.600 metros de altura, en una ciudad conventual en los Andes, precaria, sin ríos, sin mar ni playa, ¿cómo diablos se iba a construir una novelística desde acá?
Con el tiempo entendí que ese esquema se había invertido. Durante el siglo XIX fue París; en el XX, Nueva York, las ciudades arquetípicas de donde provenían las grandes historias. Sin embargo, hacia finales del siglo XX ese modelo cambió: el arquetipo de ciudad se trasladó hacia los territorios del tercer mundo, urbes caóticas, entrópicas, desordenadas. Y la razón es simple: la realidad empezó a operar de ese modo. Hemos sobresaturado el sistema; somos demasiados en el planeta, y eso lo lleva a un punto de no retorno —esto es pura física—.
Entonces ya no era necesario viajar a esos centros culturales. Si el sistema es entrópico, somos nosotros —el llamado tercer mundo— quienes vamos adelante, no porque vayamos a parecernos a Suiza o a convertirnos en sociedades “civilizadas” que respetan la cebra, sino porque ellos, cada vez más, se parecen a nosotros. Hoy Europa vive un flujo migratorio desbordado: personas que llegan de Medio Oriente, África o Ucrania, que terminan viviendo bajo los puentes, vendiendo en las calles. Uno puede sentir que está en medio de San Victorino cuando camina por el centro de París.
Así, el esquema se dio la vuelta, y vivir en Bogotá se volvió un privilegio: ya no era necesario mudarse a Bangkok para poder narrar una historia. Comprendí esto a tiempo, y por eso decidí quedarme y convertir a Bogotá en un personaje de mi obra.
Teniendo en cuenta lo anterior, usted se ha atrevido a meterse en ese caso, en esa parte de la ciudad que muy pocos realmente se atreven a habitar. ¿Cómo ha sido para usted hacer parte de la construcción de la contracultura?
Ya estando en esta ciudad caótica y tercermundista, hay que intentar entender qué sucede aquí, comprender por qué surge este nuevo arquetipo. Esto ocurre porque los desplazamientos espaciales también son desplazamientos temporales. En una ciudad del primer mundo eso no pasa: caminas tres cuadras y sigues en la misma ciudad, sigues en el presente. Bogotá, en cambio, no opera así. Estás en la Avenida Caracas con la Avenida Jiménez, caminas las mismas calles, tomas la “L” y de pronto te encuentras con lo que los sociólogos llaman el factor de prehistoria humana. Es decir, te cruzas con personajes de largas barbas, armados con espadas —que nosotros llamamos machetes—, acompañados por una jauría con la que siempre se desplazan en un vehículo de madera y duermen donde los sorprende la noche. Son nómadas, hacen fuego y son territoriales. Saliste del mundo contemporáneo e ingresaste a otro completamente distinto.
Si sigues avanzando hacia la carrera Novena con calle Primera, te encuentras con un galpón enorme donde está el pastor Enrique Gómez, biblia en mano, rodeado de una multitud de adeptos. Este pastor recibe a ciegos, purulentos, endemoniados, que van siendo curados por él con la palabra bíblica. A eso los sociólogos lo llaman el factor de medievalidad urbana. Aquí atraviesas otro umbral: pasas de la prehistoria al medioevo.
Luego continúas y llegas a una casa en la que vive un hikikomori —un joven de unos diecisiete años— que decidió no salir más a la calle, que ha optado por vivir su vida de manera virtual, siempre frente a la pantalla del computador, entre videojuegos y redes sociales. Y ahí ya estás en el futuro.
Entonces, ¿cómo construir una escritura que transite por el factor de prehistoria, por la medievalidad y logre ingresar en el porvenir? Esa ha sido precisamente la pregunta que me he hecho para abordar a Bogotá y, como bien lo mencionas, para entender esa contracultura.
Bogotá es un distrito salvaje, una ciudad bellísimamente caótica. ¿Cómo se encuentra el silencio en la capital? ¿Cómo ha sido su relación con el silencio cuando ha caminado tanto por esta ciudad?
Considero que no hay que confundir el tiempo de afuera con el tiempo de adentro. El tiempo externo puede ser vertiginoso, ruidoso, atropellado, pero uno no debe permitir que ese ritmo altere su tiempo interno. Ese otro tiempo es distinto. Y sí, hay que cumplir con ciertas obligaciones: trabajar, ir al banco, responder a las demandas cotidianas. Esa es la vida práctica, con la que hay que cumplir, pero existe también un tiempo psíquico, un tiempo de búsqueda. Uno sabe que vino a esta vida a encontrar algo antes de morir.
Cuando tienes conciencia de la muerte —que la mayoría de la gente no tiene, porque cree que es eterna—, entiendes que el tiempo es breve, que te queda poco: puede llegar una enfermedad terminal, un accidente. Entonces, ese tiempo interno, ese proceso de búsqueda, es silencioso, callado y tranquilo. Hay que aprender a comunicarse con él.
Creo que me muevo entre la vertiginosidad del afuera, pero nunca la mezclo con el silencio interior. No permito que el ruido externo perturbe el adentro.