Martin Scorsese tuvo un día intenso en Cannes. A su paso todo era interminables aplausos, miradas de admiración, caras de esto-es-algo-para-contar-a-mis-nietos.
No es para menos. Scorsese es uno de los responsables de la renovación de la cinematografía estadounidense, en complicidad con otros muchachos con ganas de hacer de las suyas.
Dos horas antes de lo pautado, una larguísima cola serpenteaba por los alrededores del Théâtre Croisette, donde se proyectaría Mean Streets, para acto seguido dar inicio a la master class que ofrecería Scorsese.
La Quinzaine des Réalisateurs, sección independiente del Festival de Cannes, esa noche premiaba al director estadounidense con Le Carrosse d’Or, un galardón que celebra la osadía e intransigencia de los realizadores que han dejado huella en la cinematografía mundial.
Sin embargo, Scorsese tiene una opinión muy distinta de sí mismo y de su trabajo. “No es que trate de ser diferente. Lo que tengo es una gran necesidad de explorar”, diría destilando humildad en el escenario donde cuatro reconocidos cineastas franceses se encargaron de hacerle preguntas.
Scorsese recuerda cuando llegó a Cannes en 1974 con Mean Streets (Calles peligrosas), “un momento fantástico”. Aquella película semiautobiográfica, desarrollada en la Little Italy de Nueva York en los años 70, con Robert de Niro y Harvey Keitel, sentaría precedentes en la cinematografía estadounidense, cosa que para aquella fecha Scorsese ni sospechaba.
Sin dudas, Calles peligrosas le sigue tocando de cerca. En esa cinta admite que se refleja su familia, con aquel sentido de la responsabilidad y obligación que le llevó años entender, pero también se encuentra el significado de la fraternidad, la relación con su hermano mayor y, por supuesto, el entorno altamente violento que reinaba en el Lower East Side de Nueva York de aquella época.
A propósito de ambiente peligroso, no duda en remontarse aún más atrás en el tiempo, cuando siendo un niño de 11 años conoció a un buen maestro cura, quien le hizo ver que debía procurar lograr más en la vida.
Esa tarde en Cannes, mientras el festival seguía su habitual apogeo, durante más de una hora Martin Scorsese mantuvo embelesado al público. Contando anécdotas de sus películas, como el origen del famoso “Are you talking to me?” en boca de Robert de Niro en Taxi Driver (1976), el cual se dio por una casualidad. Al igual que uno de los más famosos diálogos entre Joe Pesci y Ray Liotta en Goodfellas (Buenos muchachos, 1990).
Entró en detalles sobre el proceso de filmación de algunas de sus películas, de los trucos en la edición, y hasta se refirió al torrente de sensaciones y sentimientos que algún que otro trabajo le hicieron sentir, hasta el punto de avergonzarse por ello. “Pero de eso aprendí mucho de mí mismo”, admite.
Scorsese se ríe a carcajadas, contagiando a una sala repleta de gente que no deja de tomarle fotos y hacer videos.
El pelo de Martin Scorsese se ha vuelto blanco, y hasta sus espesas cejas poco a poco ceden su antigua negrura. El tiempo no pasa en vano. Este cinéfilo empedernido ha sabido aprovecharlo, no solamente dirigiendo y produciendo largometrajes y documentales que ya pertenecen al imaginario popular, sino también en la labor de restauración de películas a través de The Film Foundation, institución que preside.
Precisamente en este mismo día de intensa actividad en el Festival de Cannes, Scorsese presentaría en el marco de Cannes Classics, Enamorada (1947), del mexicano Emilio El Indio Fernández. Filme y director por los que profesa predilección.
“¿Quién ha dicho que el cine va a desaparecer?”, espetaba Martin Scorsese, evocando el gran impacto que tuvieron en él las primeras películas que vio cuando era apenas un chiquillo.
“Se trata de sensaciones que se quedan de por vida en tu mente”, describe. “El cine es como una experiencia religiosa, y llegas hasta sentir sosiego. Se trata de una vivencia trascendental que te cambia la vida. Entonces, ¿por qué vas a permitir que desaparezca?”.
Hace 50 años, en las turbulencias del mayo de 1968, mientras transcurría el Festival de Cannes, unos jóvenes cuyos nombres luego figurarían en la historia de la cinematografía, en un acto de rebelión crearon la Société des Réalisateurs de Films (SRF). Aquellos revoltosos abogaban por salvaguardar la libertad artística y proteger los intereses profesionales y económicos de los realizadores cinematográficos.
De allí surgió la Quincena de los Realizadores, que en 1974 le proporcionó a Martin Scorsese la plataforma idónea para su internacionalización. Tal vez a sus 76 años Scorsese tenga más arrugas que le surcan el rostro y menos frondosidad capilar, pero el entusiasmo y la intransigencia de este revoltoso aún perduran.