De ello dan razón, aparte de nuestro celebrado César Vallejo, contemporáneos suyos como Abraham Valdelomar, el anarquista González Prada o el poeta y periodista Antenor Orrego, mecenas y descubridor de Vallejo.
La importancia de Vallejo en el concierto de la lírica universal estriba en el estudio y el descubrimiento de un cansancio que sufría la poesía, replegada en las propuestas estéticas abanderadas por el nicaragüense Rubén Darío. El hallazgo de Vallejo empieza a cimentarse en su libro Los heraldos negros, de ello dan razón estudios del poeta Américo Ferrari, quien hace una pesquisa casi arqueológica de cómo se fueron labrando aquellos poemas juveniles que desembocarían en el libro atrás anotado.
Otros estudios contenidos en esta obra poética, relacionada muy a propósito del encuentro sobre Vallejo que por estos días puede verse en la Casa de Poesía Silva de Bogotá, refieren al filósofo colombiano Gutiérrez Girardot, quien en uno de sus varios ensayos trata la posibilidad ontológica en poemas como “Tiempo Tiempo”, imposible nudo gordiano que deviene en un complejo mundo de referentes, según lo interpreta el profesor de la Universidad de Böhn.
El aporte fundamental de César Vallejo a la poesía se encuentra en “Trilce”, donde hay un rompimiento real y profundo en un aparente desquiciar del lenguaje, que va desde la unión de un sustantivo con un verbo para generar una nueva palabra hasta el rompimiento ortográfico del discurso, acaso la creación de una nueva gramática poética.
César Vallejo trasciende las vanguardias. Algunos quisieron ubicarlo en el dadaísmo, otros en el simbolismo, otros en el surrealismo. Cabría, por lo demás, hablar de una suerte de ‘vallejismo’, que le mantuvo a salvo de falsas nominaciones.
Este inmenso ‘cholo’, nacido en Santiago de Chuco (Perú, 1892-Francia, 1938), recuerda aquellas premisas que, desde la prisión –tal y como Wilde, Genet o Hikmet–, reparan en otra morada de la poesía, confines de un encierro cercado por la misma condición humana: “De ellas me duele entretanto, más/ las doce largas que tiene en esta noche/ algo de madres que ya muertas/ llevan por bromaduros declives,/ a un niño de la mano cada una”.
Primeros pasos hacia la humanidad
Josefina Cano
Lucy, una mujer con 3.5 millones de años de antigüedad y tan sólo 20 de vida, es la protagonista del libro de Yves Coppens, paleoantropólogo francés.
El autor, habiendo participado en las primeras excavaciones y hallazgos de fósiles de homínidos en el valle del Omo, en Etiopía, escribe un libro que toca todos los puntos fundamentales de la evolución humana, tomando a Lucy y su rodilla como punto de partida.
Lucy pertenece a la familia de los Australopitecus afarensis. Sus escasos 52 huesos sirvieron a los científicos para reconstruir el cuerpo de una joven con rasgos semejantes a los del Homo sapiens, pelvis corta y ancha, caninos pequeños, rodillas que indicaban una posición erguida, combinados con unos brazos largos con manos grandes y articulaciones fuertes correspondientes a una capacidad para trepar a los árboles. Es decir, Lucy andaba erguida, pero tenía también una vida arborícola.
El autor resalta el significado de varios hechos: que el bipedismo no surgió de golpe, que debieron ocurrir muchos ensayos hasta llegar a la posición erguida permanente y que la evolución del hombre y sus primeros pasos hacia la humanidad fueron difíciles y tomaron millones de años. Lucy no es la abuela ancestral, resalta el autor; ese título le corresponde al Australopitecus amanensis. Y por ahora, porque en paleoantropología, como en la ciencia, nada es definitivo y nuevas excavaciones y refinamiento en las técnicas de datación y estudios del ADN encontrarán otros ancestros extintos del hombre.
Para Coppens la importancia de Lucy reside en que fue el primer fósil que puso en evidencia nuestro pasado cercano a los simios. Su cerebro era mayor al de cualquier simio, pero no lo suficiente como para suponer que hubiera podido desarrollar un lenguaje articulado o una capacidad de abstracción.
Pero ese cerebro había comenzado a comandar los procesos que permitirían a otros homínidos la conquista total del bipedismo y con ello mayores capacidades cerebrales: “De la cabeza a los pies”. Coppens cuenta con sencillez, claridad, exactitud y buen humor nuestra historia pasada.
Ensayos escritos después del 11 de septiembre
El filósofo francés Paul Virilio menciona a Colombia al final de uno de los cinco ensayos reunidos en este libro.
Se refiere a las ciudades privadas, a las ciudades seguras en medio de las ciudades pánico. Para Virilio, “en Bogotá donde las pandillas asolan, cuando no son los paramilitares o las fuerzas armadas supuestamente revolucionarias… pero sobre todo revelacionarias de un caos total del antiguo derecho de ciudad que refuerza la urgencia de un cerco y, al fin, de un Estado policiaco en el que se privatizan las fuerzas del orden”.
Estos ensayos son una serie de estudios sobre la relación entre espacio y población, valiéndose de ejemplos que trascienden la mal llamada “posmodernidad”. Hay en ellos un tono apocalíptico (algunos dirían realista). Nos obliga, eso sí, a hacernos más preguntas sobre nuestro entorno y nuestras formas de vida. El miedo es el personaje central de la vida actual. Es lo que refuerza la supuesta necesidad de un Estado policiaco que se afianza día tras día. Vivimos también en un Estado “cinemato-policiaco”. Si no lo creen, sólo tienen que acercarse al caso del gobernador de California, uno de los ejemplos de lo que Virilio llama la “política del espectáculo”.
Paul Virilio. Ciudad pánico. Ed. Libros del Zorzal. Buenos Aires,
2006. $44.000