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Más allá del escenario: reflexiones sobre la dramaturgia con Miguel Torres

En esta charla, el escritor y los integrantes de Radio Gallina hablaron sobre cómo el género dramático se lee, se interpreta y circula en el país.

Micaela Abigail Chiliquinga Sánchez

29 de abril de 2026 - 10:54 a. m.
Miguel Torres escribió "La siempreviva", considerada una de las cinco obras de teatro colombiano más importantes del siglo XX.
Foto: Cortesía Editorial Planeta
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Este 27 de abril, la charla “Más allá del escenario: la dramaturgia como literatura viva” transformó el estand de El Espectador en la Feria del Libro en un espacio de reflexión sobre el vínculo entre la puesta en escena y la escritura, propiciando un diálogo en torno a cómo la dramaturgia se lee, se interpreta y circula en el país.

En esta conversación, el escritor Miguel Torres conversó sobre su obra y el lugar del teatro como género literario en Colombia con Daniel Rubio Rosas, Juan Carlos González y Natalia Machuca, integrantes de Radio Gallina, grupo de estudios teatrales de la Universidad Javeriana y programa de LEO Radio, la emisora de la Red de Bibliotecas Públicas de Bogotá, donde hablan de teatro y literatura.

Miguel Torres es escritor y dramaturgo bogotano, reconocido por haber fundado en 1970 el grupo de teatro El Local. Ha dirigido obras como “La cándida Eréndira”, “El círculo de tiza caucasiano”, “Bodas de sangre”, “El proceso”, y realizó la adaptación a teatro de su novela “El crimen del siglo”, de la trilogía del 9 de abril. Además, es el creador de “La siempreviva”, considerada una de las cinco obras de teatro colombiano más importantes del siglo XX.

Para esta edición de la FILBo, el Magazín Cultural de El Espectador partió de una pregunta esencial: ¿de qué hablamos cuando hablamos de leer? Esa inquietud se extendió al enfoque de esta charla, reformulada a partir de una nueva incógnita: ¿de qué hablamos cuando hablamos de la dramaturgia como un género literario?

Este cuestionamiento se encuentra especialmente atravesado por el contexto colombiano que, a raíz del conflicto y la violencia, ha transformado el teatro en una práctica de lectura colectiva y abierta al diálogo.

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La charla inició con un recuento en el que Torres recordó aquellas vertientes del teatro que se han desarrollado a lo largo de la historia, empezando por la tragedia griega y continuando por el teatro latino, romano, renacentista, español, inglés, entre otros.

A partir de esto, el escritor realizó la distinción entre los dramaturgos de inicios del siglo XX, quienes se encontraban más lejos del escenario y más enfocados en la escritura, y los dramaturgos cuyo estilo nacía de la “entraña del teatro”, es decir, que conocen el parlamento, el escenario y que, inclusive, ellos mismos llegaron a ser actores. Shakespeare era actor, Molière y posiblemente Sófocles también, lo cual los hizo proclives a plasmar su experiencia de forma escrita.

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Daniel Rubio, quien también es profesor de Literatura de la Universidad Javeriana, concordó en que el teatro es una de las expresiones humanas más antiguas, sin embargo, explicó que el concepto de literatura es algo más reciente. Lo que es o no es literatura siempre ha estado en disputa, y el teatro es uno de los géneros que más se tardó en considerarse no solo como un arte vivo, sino también un arte poético.

Asimismo, recordó que este debate entre texto y escena hizo que personajes como el dramaturgo francés Antonin Artaud tomaran una postura distanciada de lo escrito. No obstante, para Rubio “el texto de Antonin Artaud es, en última instancia, la única posibilidad que tenemos de estudiarlo hoy en día y de que pueda circular”.

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A partir de esto, Natalia Machuca agregó que el texto dramatúrgico brinda también otra oportunidad: el dejar las puertas abiertas a la interpretación. Esto hace que muchas veces se tenga que recurrir al trabajo grupal para descifrar la intención que tiene ese texto, lo que da paso a múltiples perspectivas y a un ejercicio conjunto, donde prima el diálogo.

Continuando con la conversación sobre la vinculación entre escritura y puesta en escena, Juan Carlos González mencionó la narraturgia, un estilo que presenta la obra sin recurrir tanto a la escena y más bien a la lectura del texto, lo que permite otro tipo de posibilidades. También destacó que la dramaturgia tiene un aspecto de juego con el público y un factor ritualista que permite conectar con los presentes, que la hace diferente a otros géneros.

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Por su parte, Torres dijo que el teatro, así como otras artes, se alimenta precisamente de la experimentación de esos límites: “Si no hubiera experimentación, no habría avance”. A pesar de esto, el ejercicio teatral siempre vuelve a las palabras, necesarias para la creación de personajes, lugares y tramas.

Y es aquí donde, para el escritor, radica su distinción con otros géneros y es que, cada lector puede crear una novela distinta, pero todos los espectadores de teatro ven la misma obra. Para el creador de “La siempreviva” la novela cuenta y el teatro termina siendo “la palabra que desata una imagen”.

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Sin embargo, las incógnitas no se limitan a cómo se escribe la dramaturgia y su valor como acto literario, sino que abarca las formas de circulación de este género en Colombia. A partir de este cuestionamiento, Torres contó su experiencia.

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En los años sesenta y setenta, el boom teatral en Colombia impulsó a los actores a hacer obras de autores internacionales, hasta que la misma situación del país los obligó a crear su propio teatro. Por este motivo, para Torres “el dramaturgo necesita tener una gran formación, conocer el mundo, la vida, los movimientos sociales, los conflictos de la vida de un país, conocer su gente para poder escribir sobre ella”.

Obra de teatro sobre la desaparición de Julieta Marín el 6 de Noviembre de 1985, durante la toma y retoma del Palacio de Justicia.
Foto: Óscar Pérez

Durante esta época, a nivel nacional se crearon varios grupos que se vieron en la necesidad de producir sus propias obras, pero, de acuerdo con Torres, lamentablemente esto no se tradujo en un esfuerzo editorial, ya que casi no publican libros de teatro. Para Torres, desde este boom teatral se construyó una gran riqueza en el género, que lastimosamente no ha podido llevarse completamente a la fase de circulación.

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Frente a esto, Machuca confirmó que en Colombia hay muchas obras que no circulan en el papel y la única forma de acceder a ellas es irlas a ver al teatro, debido a que en las librerías casi no se encuentra teatro moderno. “Como público, también se está a merced de lo que se presenta en cada ciudad y de lo que es accesible para cada persona, lo que reduce la experiencia”, dijo.

Al hablar de la difusión del teatro en Colombia, Torres recordó su trayectoria, destacando su trilogía sobre el 9 de abril y, sobre todo, la adaptación de la primera novela, “El crimen del siglo” que transcurre en Bogotá en los años cuarenta (El Bogotazo). También habló sobre “La siempreviva”, una obra con la que contó lo sucedido en la toma y retoma del Palacio de Justicia desde la perspectiva de una familia.

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Esto hizo que la conversación reparara en una pregunta fundamental: cómo se plasma la violencia a través de la dramaturgia en Colombia. “Hay una diferencia entre la representación de la violencia escrita, que deja las cosas un poco a la imaginación del lector, y otra muy distinta es llevarla a escena”, afirmó Rubio.

El profesor también habló sobre la revictimización que puede producirse a partir de la escenificación del conflicto y señaló que, para los integrantes de Radio Gallina, lo interesante de “La siempreviva” era que no se mostraban de forma directa los hechos victimizantes, sino los efectos de la violencia en otros campos, como lo familiar y lo cotidiano.

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Aquí González realizó la pregunta de qué sucede cuando la escena se vuelve espectáculo y cómo se puede manejar a los personajes evitando violentarlos a través de la puesta en escena, ya que, como puntualizó Rubio, el personaje del teatro está atravesado por la representación de un cuerpo físico.

Torres manifestó que, si bien logró hacer la puesta en escena, es complicado explicar el cómo. Sin embargo, algo que tiene claro es que, en medio de esa gran tragedia, se esforzó por encontrar lo íntimo. Él tomó el caso de Cristina del Pilar Guarín, cajera víctima de la toma del Palacio, para construir el personaje de Julieta, personaje que desaparece en la obra en este mismo contexto.

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A partir de esto, trasladó esa violencia a otros ámbitos, como los estragos que sufren las familias después de un suceso como este. “La pequeña tragedia de una familia que no va a tener solución se desarrolla en el pequeño patio de una casa, frente a una madre que no se va a resignar y que grita su indignación frente al mundo y frente al país”.

Tanto la obra de Torres como el proyecto de Radio Gallina se convierten, entonces, en un ejemplo de dramaturgia como literatura viva, precisamente a través de esas reflexiones y prácticas que se construyen desde lo colectivo y que, en el contexto colombiano, reivindican el teatro como un acto de lectura basado en la conversación y el diálogo. De esta manera, el teatro colombiano se ha convertido en un espacio que no solo preserva, sino que también reconstruye la memoria del país.

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Por Micaela Abigail Chiliquinga Sánchez

Comunicadora social y profesional de Estudios Literarios de último semestre de la Pontificia Universidad Javeriana. Apasionada por la gestión cultural, el sector editorial y la literatura latinoamericana.mchiliquinga@elespectador.com
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