¿Cómo llegó a vivir a Bogotá?
Fue una casualidad de la vida. Hace diez años estaba viviendo en Francia porque estaba haciendo mi pasantía doctoral en una ciudad del norte llamada Lille. Muy casualmente, en un curso de francés al que me inscribí, me senté al lado de un colombiano. Nos hicimos amigos y con el tiempo nos enamoramos. Después de un tiempo de relación a distancia y años de pensar qué hacer, —porque que se mudara él o que me mudara yo era un paso muy grande—, decidí mudarme a Colombia. En síntesis, llegué aquí, a Bogotá, fundamentalmente por amor.
¿Por qué empezó a crear contenido en redes sociales?
Cuando empecé con el proyecto Filoparchar me di cuenta de que, para que el proyecto se conociera y para dar visibilidad a los espacios del café filosófico y del vino, era inevitable crear un perfil en Instagram donde pudiera promocionarlo. Entonces, cuando empecé a crear contenido, todo estaba muy conectado con esos encuentros. De hecho, como yo proponía siempre un tema para cada evento, pensé que era interesante preparar a los participantes a través de una pequeña introducción, algo que llamé “antipasto filosófico”. “Antipasto” es una palabra italiana que significa la entrada de un almuerzo, la que prepara el apetito. Así comencé, con la idea de ofrecer pequeñas menciones o aproximaciones al tema que se iba a tratar, citando a algún autor o filósofo. Después me empezó a gustar y comencé a explorar otros formatos más allá del antipasto filosófico.
Uno por el que muchos la conocen es “Filosofía y colombianismos”. ¿Qué fue lo que le llamó la atención de nuestra forma de hablar?
Desde siempre me ha llamado la atención, porque a mí me interesan todos los aspectos de la filosofía, entre ellos el lenguaje. Cuando llegué a Colombia y empecé a adentrarme más en el español, comencé a aprender sobre la jerga colombiana, que realmente es muy divertida y muy original. Tiene proverbios y modos de decir muy creativos. Por ejemplo, “dar papaya” me parece espectacular, tanto por su sentido como por las metáforas que utiliza. Además que es lo primero que nos dicen a los extranjeros: “¡Cuidado! No dé papaya”. Entonces para mí fue inevitable preguntarme qué significaba eso y cuál es la relación con la fruta. Ese interés me hizo querer relacionarlo con algunos aspectos de la filosofía, y de ahí nacieron los videos sobre colombianismos. Me alegra que hayan tenido bastante éxito. Colombia es un país que muchas veces se mira solo desde el punto de vista político o por su historia de guerra y violencia, pero también es muy rico desde lo lingüístico, lo artístico, lo intelectual y lo cultural. De alguna manera, este trabajo es un tributo que le hago a un país que me gusta mucho.
Recuerdo mucho el que hizo sobre la palabra “paila”…
Sí, exacto. “Paila” es muy estoica. Es, en el fondo, una forma de decir: acepta la realidad. O también hice una sobre “gonorrea”. La primera vez que la escuché, quedé atónita, porque la palabra también existe en italiano, pero allá es solo una enfermedad venérea. Entonces yo me preguntaba por qué la usaban en otros contextos. Me parecía muy divertido. Al principio lo comentaba con mis amigos cercanos y muchos me decían que era por el sonido. Entonces yo les preguntaba, en ese caso, por qué no usaban ‘herpes’, ‘clamidia’ u otra enfermedad cualquiera. Nadie sabía por qué. Y es que el lenguaje es como estar en un acuario: uno está sumergido en su propio idioma y no se da cuenta de ciertas cosas hasta que sale y puede mirarlo desde afuera. Eso es un poco lo que hago yo como extranjera: observar y reflexionar desde esa distancia.
¿Cuál es la dificultad de condensar estas reflexiones en videos cortos para sus redes?
Eso me ha costado un poco, porque no podría reducir conceptos tan complejos a un video de minuto sin sentir el riesgo de banalizarlos o de quedarme en la superficie. Por eso, en realidad, nunca me he ajustado del todo a los tiempos dictados por las redes sociales. Mis videos suelen durar dos o tres minutos, e incluso más. No lucho tanto contra esa dictadura del tiempo porque no me interesa volverme viral si eso implica traicionarme. Si no siento que puedo desarrollar bien una idea en un minuto, prefiero hacer un video de siete minutos. Quien lo quiera ver, lo verá. Quiero mantenerme coherente con lo que soy. Creo que la filosofía es importante divulgarla y hacerla accesible, pero sin traicionar su profundidad ni su esencia, que es justamente la investigación y la reflexión a fondo.
Recientemente publicó el video que más vistas ha tenido en toda su historia como creadora de contenido y era sobre la infantilización del deseo sexual. ¿Por qué cree que tuvo tanto impacto?
Todavía me lo sigo preguntando. Fue uno de esos videos que publiqué a partir de sentirme agobiada por todas las noticias, especialmente por el tema de estas últimas semanas: el de los archivos de Epstein. Estuve leyendo mucho al respecto e incluso le dediqué un espacio en La Pola Filosófica, porque sentía una urgencia muy fuerte, casi espiritual, de hablar del tema. Muchas veces es fácil caer en el odio o en la lectura simplista de que “estas personas son monstruos”, pero el problema con eso es que, si nos quedamos solo en eso, estos episodios se convierten en una excepción. Yo quería decir algo distinto: que estos hechos son tan problemáticos y tan graves precisamente porque no son una excepción, sino que son hijos de un sistema patriarcal y, en el fondo, pedófilo.
Creo que el video conectó porque muchas personas compartían ese mismo enojo y esa misma necesidad de gritar que algo está mal en nuestro sistema y que debemos empezar a mirar las cosas desde otra perspectiva. Muchas mujeres sienten que su infancia fue, de alguna manera, vulnerada. En los comentarios recibí muchos testimonios de personas con hijos o hijas, o de mujeres que recordaban episodios de su propia niñez. Pienso que tuvo impacto porque es un tema en el que muchas mujeres se vieron reflejadas.
¿Por qué le pareció importante crear un espacio para la filosofía fuera de la academia?
Siempre he pensado que la filosofía debería tener un impacto en la sociedad. Me guía mucho esa frase de Marx que dice: “Los filósofos se han dedicado a interpretar el mundo de diversos modos. Sin embargo, de lo que se trata es de transformarlo”. Para mí, hacer filosofía significa dejar una huella, transformar el estado actual de las cosas, incidir en cuestiones sociales a través del pensamiento. Sin embargo, durante mi doctorado ese concepto empezó a tambalear, porque sentía que la academia empobrecía a la filosofía: la volvía triste, aburrida, solitaria. Además, los doctorados son muy competitivos, todo gira en torno a publicar por publicar, mantener cierto estatus, usar un lenguaje cada vez más especializado. Se crea un sistema autorreferencial en el que la comunidad académica termina hablándose solo a sí misma, lo cual alimenta la idea de que la filosofía es inútil.
En ese momento empecé a preguntarme por otra manera de concebirla. Así conocí el movimiento de las “prácticas filosóficas”, que nació en 1981 con Gerd Achenbach. De ahí surgieron iniciativas como el café filosófico, el vino filosófico, la filosofía para niños, entre otras. Todas comparten la idea de que la filosofía necesita salir de la academia, volver al espacio urbano, a la ciudad, a las experiencias existenciales, políticas y comunitarias de las personas. Me apasioné por ese enfoque y fue alrededor de él que construí este proyecto. En síntesis, Filoparchar nació de esa convicción profunda de que la filosofía debe tener un impacto en la realidad. Si no, se convierte en pura erudición y, ahí sí, no sirve para nada.
Y esta es la visión que usted tiene ahora para Culto Cervecería, ¿verdad?
Sí. La idea de encontrarnos en una cafetería, una cervecería o un restaurante no solo es para que el ambiente sea informal, también responde a la intención de repensar los espacios socialización. No se trata solo de conocer gente, sino de hacerlo de una manera menos superficial, de encontrarse verdaderamente con el otro. No tengo nada contra la rumba o las aplicaciones de citas, pero siento que muchas personas tienen la urgencia de relacionarse de forma más auténtica. Y lo mejor es que no se necesita haber estudiado filosofía. De hecho, quienes asisten a estos espacios casi nunca son filósofos: son ingenieros, arquitectos, trabajadores de distintos campos. Para mí, eso también es hacer política, porque es un ejercicio de pensamiento crítico en un espacio de comunicación no violenta, que creo es muy necesario en una sociedad como la colombiana, donde muchas interacciones suelen ser agresivas. En mis espacios la diferencia es bienvenida. La heterogeneidad de pensamiento es algo positivo. No se trata de llegar a un consenso ni de pensar todos igual, sino de no considerar enemigo a quien piensa distinto.