
Foto: Viviana Velásquez Bello
Recuerdo todavía el día en que fui acusado injustamente de bocón; de sapo, para usar el término más adecuado a la idiosincrasia colombiana. Cursaba séptimo grado, y una tarde, mientras estaba en clase de religión, mi profesor de inglés tocó la puerta del salón y pidió hablar conmigo un momento. Sin saber qué era lo que tenía que decirme que fuese tan importante como para que no pudiese esperar a nuestra siguiente sesión, salí. Según él, alguien le había dicho que yo había leído el final del libro que él nos había asignado y andaba...

Por Santiago Gómez Cubillos
Periodista apasionado por los libros y la música. En El Magazín Cultural se especializa en el manejo de temas sobre literatura.@SantiagoGomez98sgomez@elespectador.com
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