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Mercedes Sosa, la eterna

Hoy se conmemoran 80 años del nacimiento de la cantante argentina Mercedes Sosa, una de las artistas más importantes de América Latina.

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Camila Builes
09 de julio de 2015 - 10:29 p. m.
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Todos los días se extinguen miles de velas sobre el pastel de alguien que tras expulsar un viento moribundo termina confirmando que esa es la mejor manera de celebrar el día en el que su existencia fue marcada como nacimiento en este mundo. Hoy, a 80 años de su nacimiento, Mercedes Sosa no puede apagar las velas de su pastel, al menos no el que le tendrían en Argentina. Hoy todos quienes usaron sus letras como himno quisieran apagar junto a ella el fuego de este mundo que arde en llamas de violencia, discriminación e inequidad y ver, por fin después de tanto canto, subir el humo y que las cenizas limpiaran nuestros recuerdos.

En octubre de 1950, quinceañera, empujada por el entusiasmo de un grupo de amigas inseparables, se animó a participar en un certamen radial organizado por LV12 de Tucumán. Oculta tras el seudónimo de Gladys Osorio, su incipiente calidad como cantante la hizo triunfar en un concurso cuyo premio era un contrato por dos meses de actuación en la emisora. Fue el principio…

Una década después, cuando se produjo una suerte de estallido en torno de la música folklórica, meramente consumista, el nombre de Mercedes Sosa ya estaba comprometido con el canto popular como integrante del Movimiento del Nuevo Cancionero, una corriente renovadora del folklore, surgida en la provincia de Mendoza, que proponía dejar de lado las modas pasajeras, para poner el acento en la vida cotidiana del hombre argentino, con sus alegrías y tristezas. De pronto sus canciones dejaron de representar solo al hombre y la mujer argentinos, para convertirse en la identificación de parte de un continente que se encontraba en la canción, la trova, el cuento, la palabra. (Ver Cuando ya me empiece a quedar solo)

Esquinas furtivas, bares, calles y bibliotecas fueron los lugares donde, como ella misma lo dijo, convirtieron su canto el canto propio y por fin, después de escuchar todas las versiones de lo que nos convenía, de lo que había que comprar y cuánto nos deberíamos endeudar, surgió una protesta, un síntoma definitivo de la grandeza y la fuerza de la revolución y del amor.

En 1979 se editó “Serenata para la tierra de uno”, una canción que era música, letra, protesta y, sobre todo, lucha. Aún en medio de la violencia que sacudía a Argentina por los militares que se habían tomado el poder en el 76, Mercedes Sosa seguía cantándole a la vida. (Ver Gracias a la vida). El hostigamiento y el cerco que se fueron formando en torno de ella la obligaron a exiliarse. Ese año fue detenida en la ciudad de La Plata junto con todo el público que había ido a verla cantar. Ese mismo año se instaló en París y en 1980 se afincó en Madrid.

En teoría, Mercedes Sosa podía entrar y salir del país, no tenía causa judicial alguna, pero no podía cantar. Fue un castigo doble: para ella y para todos sus seguidores. América Latina atravesaba una de las épocas más violentas de toda la historia, la vida humana no tenía valor alguno, y cientos de ellas se perdían en la oscuridad de las mazmorras, los usurpadores del poder pensaban que la canción con contenido era peligrosa. Por eso había que acallar a los cantores, como una manera de silenciar a la gente.

Después de dos años La Negra, como la llamaban algunos, volvió a los escenarios del mundo con una gira por toda Europa, donde reivindicó para siempre el poder de las palabras, y afirmó que su lenguaje preferido era el del amor, y que como lo dijo Facundo Cabral: “Procura tú que tus coplas vayan al pueblo a parar, que lo que se gana de fama se gana de eternidad”. Y Mercedes, La Negra, fue eterna antes de morir. (Ver Canción de las simples cosas)

Por Camila Builes

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