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20 Dec 2010 - 10:00 p. m.

Mi cuerpo es mi territorio

La artista antioqueña Libia Posada presenta su obra ‘Signos cardinales’,  un intento por construir memoria ya no sólo sobre el desplazamiento, sino de sus rutas ingratas.

Angélica Gallón Salazar

Después de oírlas por horas, después de hacerlas recordar nombres de quebradas, referencias confusas de ríos, de traer a la memoria la ubicación del pueblo aquel que atravesaron cuando el pánico aún les hacía acelerar los pies, la artista antioqueña Libia Posada se dispuso a lavarles los pies.

Once mujeres desplazadas se descalzaron, se dejaron cortar las uñas largas y lavar las manchas que en sus plantas había dejado tanto camino andado. El ritual, que evoca episodios bíblicos, esta vez tuvo sobre todo un efecto físico: por primera vez muchas de estas mujeres, confesaban, reparaban en la importancia de sus pies. “Los pies constituyen la parte del cuerpo que posibilita el desplazamiento y al mismo tiempo detenerse, plantarse, asentarse, llegar”, recuerda la artista.

Luego del agua, vino la tinta. Libia Posada dibujó entre cada uno de esos dedos, esas piernas, esas venas, esas cicatrices, los territorios que habían caminado las mujeres para poder huir de la violencia.

Las fotografías de cada uno de los mapas trazados en las piernas de mujeres desplazadas de las regiones antioqueña y Caribe, se exponen por estos días en el aula del Liceo Celedón, en Santa Marta, en el marco del 42° Salón Regional de Artistas, que desde el 11 de noviembre se desarrolla en la región Caribe.

Signos cardinales es un intento por hacer memoria del viaje, del recorrido. Es usar ese sentido que alguna vez nos llevó a trazar los mapas de la colonización y las conquistas, para esta vez hacer las marcas oficiales del triste periplo nacional. “Cuando se viaja es usual que el viajero determine previamente una ruta a seguir, donde señala tanto el punto de partida, como los lugares de paso y el punto de llegada. Viajar por la fuerza implica, sin embargo, inaugurar caminos o describir rutas urgentes, difíciles de localizar, reconocer, comprender y ver, no sólo en la memoria de los que huyen, sino en esa representación del territorio, denominada mapa”, explica la artista, quien inició las indagaciones para este proyecto desde 2007.

Pintar rutas en piernas de mujer —justo en esa parte del cuerpo que ha padecido y sido testigo silente de las rudezas del camino— tenía de alguna forma otra intención: volver plantas y pantorrillas en un territorio del que las mujeres no podrían ser despojadas. “La identidad está en gran medida dada por el territorio donde se ha crecido y vivido, despojar a estas mujeres de su territorio significó cambiarles de identidad, pintarles mapas sobre su piel es de alguna forma retomar esa identidad anterior y decirles: tu cuerpo es tu más preciado territorio”, añade Posada.

Cada mapa está acompañado de una secuencia de convenciones que identifican no sólo los lugares, sino cómo fueron recorridos. Así la línea punteada habla de caminos a pie y las cruces testifican esas zonas que las mujeres reconocieron como “zonas de probable masacre”. Hay también señas para los caminos minados y para las iglesias. Así, con convenciones y trazos, relieves y ríos, Libia Posada construye los mapas del desarraigo.

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