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Mi pequeña Hankyung

Cuento ganador del Concurso Colombia.

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Angie Heredia
13 de octubre de 2014 - 02:32 a. m.
Mi pequeña Hankyung
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No sé si lo que estoy viendo es real, pero siendo sincera, aquella persona que está a lo lejos, entre los árboles, tocando el kayagum* con tanta sutileza, hace que llegue a mi corazón una tierna y cálida melodía. Vienen a mí memorias de aquellos momentos de mi vida junto con mi madre, memorias que duelen y que hacen crecer en mí la tristeza y la soledad, pues siempre he tenido la esperanza de que ella regrese a este mundo, pero tal vez está en uno mejor y tal vez yo quiero estar junto a ella.

No ha pasado mucho tiempo y ya mi tía insiste en levantarme día a día a regaños y a palazos para que les dé de comer a las vacas y para que riegue la cosecha. La verdad, ya lo ha convertido en una tradición. Por cierto, estoy muy feliz porque en esta temporada el arroz es muy abundante y Dios nos ha bendecido como de costumbre.

Es muy normal ver a los hombres golpear a sus mujeres e hijos. La semana pasada iba a la plaza a comprar unas manzanas para mi tía cuando salió un hombre de contextura mediana golpeando a una joven que quiso pedirle un poco de la deliciosa comida que vendía, pero él enfureció y golpeó fuertemente el rostro de la joven dejándole una gran marca y ella, ofreciéndole la más sincera disculpa le dijo, con ojos llorosos y voz temblorosa: “Señor, no sea tan severo conmigo, tan sólo he querido pedirle un poco de comida para mi padre que está tirado en cama”.

Entonces sentí que aquel hombre estaba siendo realmente injusto, así que me interpuse diciéndole con voz severa: “Señor, ¿es acaso pecado pedir un poco de comida para un hombre que esta enfermo? ¿Es usted tan poco humano para entender el amor que una hija siente hacia su padre?”. Dándome la mirada más fría cogió un palo y me dio un golpe en la cabeza, dejándome medio tonta. Así que cogí la mano de la joven y corrí con todas mis fuerzas escapando hacia el frondoso bosque y desde ese momento supe que de una u otra forma había encontrado a una buena amiga, aquella que me acompañaría en mis locuras y aventuras, aquella que me escucharía y aconsejaría en los malos momentos. Vi en su ser la esencia de un niño que anhela la llegada del solsticio de invierno o la llegada del año nuevo lunar. Pero no sé si me estaba haciendo una vana ilusión porque la acababa de conocer y soy de esas personas que confían en alguien en poco tiempo.

Transcurrió el tiempo a paso de tortuga y día a día hubo cambios tanto físicos como mentales en los cuales di a relucir mi madurez poco a poco. Mi pequeña Hankyung y yo, con el tiempo, nos hicimos grandes amigas, como lo había presentido cuando la conocí. Hace poco me enteré, y fue una gran sorpresa, que ella era hija del gran alfarero real que servía al rey haciéndole las más bellas, elegantes e ingeniosas vasijas de la más fina cerámica que se encontraba en el momento, pues el rey era muy exigente, ya que tenía ojo artístico, según lo que me dijo Hankyung. Cuando estábamos platicando con Hankyung, su padre, que estaba hablando con la primera dama, la llamó para que le hiciera un favor (o eso parecía desde mi perspectiva). Ella regresó con mirada vacía y triste pues no era un favor lo que necesitaba su padre, sino un aviso de que en la madrugada se tenían que ir. ¿La razón? Mi pequeña Hankyung estaba tan desconcertada que ni tiempo le dio para tener alguna explicación de lo que estaba sucediendo.

Sentí una presión en mi pecho. Por alguna razón, una voz dentro de mí decía que algo no estaba bien. Me preocupé desesperadamente y la maldije inconscientemente. ¡Condenada Hankyung! ¿Por qué te has ido sin razón alguna? Pasaron los días y las noches pensando en mi maldita pequeña amiga, preguntándome qué estaba haciendo en esos momentos y por qué se alejó tan repentinamente. Traté de buscarla por cielo y tierra, pero no tuve noticia alguna sobre ella y me entristecí dándome por vencida ante la ardua búsqueda.

Pasó el tiempo y aún no había señal de ella. Inesperadamente la respuesta cayó del cielo. Unos hombres de la guardia general recordaban que años atrás habían reclutado a un grupo de personas muy útiles, que servían al rey, y a manera de tregua el rey envió a Japón a los reclusos para evitar una guerra que devastaría ciudades y causaría la muerte de mucha gente inocente. Así que retrocedí con lentitud golpeando bruscamente mi pecho. Sentí una gran culpa por juzgar a mi pequeña Hankyung por no darme alguna explicación al irse así tan de repente (realmente comprendo cómo se sentía). Cuando se fue así me sentí sola y abandonada. Ya no tenía con quién compartir mi fruta favorita ni a quién contarle mis chistes malos de los cuales se reía sin cesar, ni todas esas cosas que me alegraba hacer con ella. Mi vida cambió repentinamente. De ser alguien feliz, pasé a ser una persona miserable.

Mi vida ya no tenía sentido. Pensaba que aquellas personas que quería se alejaban de mí constantemente. Era como una maldición. Mi madre murió, a mi padre nunca lo conocí y ni siquiera tuve con él un recuerdo dichoso o afligido. Ahora mi mejor amiga se había ido con la incertidumbre de qué pasaría en el futuro. “¿Será que mi pequeña Hankyung y yo nos volveremos a encontrar?”, me pregunto una y otra vez llorando en silencio, suspirando como si las lágrimas que nunca antes había derramado estuviesen acumuladas por un largo tiempo, lágrimas que habían estado esperando salir hasta que mi cuerpo, mi alma y mi mente estuviesen en el estado más vulnerable para así florecer gota a gota y marchitarse hasta derramarse en mi tibio rostro, condenadas y egoístas lágrimas que aparecen en el momento menos esperado.

Hoy he visto algo muy extraño. La verdad, nunca me he visto, ni sentido, tan frágil. Prometí nunca volver a llorar o sentirme triste, siempre pensando y diciéndome a mí misma: “¡Sigue así, Yung, ánimo, hoy es un nuevo día!”. Pero descubrí que después de todo no estoy hecha de un material resistente y, por lo tanto, siento como los demás. Qué tonta he sido pensando que podía tolerar todo, pero resulté siendo un completo fracaso sintiéndome la persona más inferior y frágil.

Es de madrugada y escucho pajaritos con un cantar algo peculiar. Algo así como ¡Pium, pium! ¡Pow, pow! De repente, todos en el hanok* se levantan estrepitosamente al escuchar grandes estruendos causados por los cañones, alterando la paz y la tranquilidad que nunca hubo. No ha pasado mucho tiempo y ya nos hemos enterado de que hemos entrado en guerra con Japón, porque en el pueblo las noticias van y viene como ir al baño a hacer pipí después de tomar mucha agua. Todos salen corriendo a buscar algún refugio para resguardarse, pero muchos son atrapados y, en el peor de los casos, estrangulados o degollados por los condenados japoneses sin oficio.

Ya han pasado dos años viviendo en este desagradable refugio que, aunque huela a feo y sea húmedo y frío, nos acoge en las mañanas, en las tardes y en las noches. Realmente quiero salir y correr desnuda en los verdes prados y gritar al cielo todo lo que siento con estas ganas que desgarran mi garganta. ¡Ay, pobre de mí y de esta pobre gente que está viviendo penurias! Las enfermedades se propagan como las noticias en mi pueblo. Carecemos de comida, de agua y de ropa, y las tristezas aumentan y las esperanzas se agotan. ¿Qué nos espera en este lugar lleno de muerte y violencia? Espero que haya al menos una pizca de esperanza, con eso bastará para mantener en pie a este pueblo que se muere de tristeza.

Es de noche y aún siento el frío en mis pies. Durante todo este tiempo no he conciliado el sueño. Mis ojeras son tan grandes que parezco un oso panda y tampoco he tomado un baño apropiado para evitar ver mi esquelético cuerpo.

Hoy me he levantado con la mejor actitud para ir a traer agua y algo de comida. Caminando a lo lejos por el bosque hay una tropa de soldados. Traté de esconderme entre los árboles, pero los japoneses sin oficio me han descubierto y me han obligado a ir con ellos. No sé lo que dicen, pero estoy muy asustada. Mi corazón salta, pero no es de felicidad. Ellos me han llevado a un refugio en donde sólo hay mujeres. He hablado con una señora y me ha dicho que seremos llevadas a esos lugares en donde las mujeres son esclavas de los soldados y en donde mueren fácilmente porque son maltratadas y violadas hasta morir.

Ya es de madrugada y hemos partido. Pronto llegaré a mi infortunio. ¡Oh, qué será de mi vida! Allá en la esquina había una mujer que se encontraba muy mal, no me había dado cuenta, era casi irreconocible, y comprendí finalmente que era ella, era mi pequeña Hankyung, por fin la había encontrado después de tanto tiempo. Grité con las pocas fuerzas que me quedaban: “¡Hankyung!”. Ella me miró con ojos de extrañeza y finalmente corrió hacia mí con ojos de felicidad mezclados con dolor. Todo fue tan repentino que cuando nos estábamos dando la tan anhelada bienvenida, no nos dimos cuenta de que nuestra bienvenida era en realidad una despedida.

 

*Estudiante del Gimnasio Sabio Caldas de Ciudad Bolívar.

Por Angie Heredia

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