Tenía media docena de pantalones cortos, y unos largos. Un guante de béisbol desvencijado, una tropa de treinta y dos soldados de plástico y una tribu de indios. No tenía mamá. Papá y yo vivíamos en la calle Seis del barrio de San Gregorio, justo al lado de la casa de doña Dorita Salazar. La casa de doña Dorita se alzaba por encima de todas las casitas destartaladas de San Gregorio. Eran casi idénticas: de madera, con el techo de zinc corroído por el salitre, el suelo de cemento pulido y los listones cediendo al peso de los años y la miseria. La única casa de dos pisos que había en San Gregorio era la de doña Dorita, con su balcón lleno de trinitarias que reptaban por la fachada, los rosetones de yeso pintados de verde chillón y las rejas doradas arqueadas hacia afuera, como el pecho de una paloma.
Doña Dorita era menuda y delgada. Tenía la piel de un moreno cenizo y sus ojos, grandes y oscuros, arrastraban una melancolía congénita. Estaba sola en el mundo. En la familia de doña Dorita, los que no se morían de pena se mataban. La maternidad le llegó de improviso. Una mañana de julio, mientras barría el frente de su casa con una escoba de guano, se le acercó una muchacha para pedirle que se hiciera cargo de su hijo recién nacido. La criatura era blanca y regordeta, olía a leche rancia y bramaba con el desconsuelo de un condenado. Cuando lo tomó en brazos, el niño dejó de llorar y buscó en el pecho de doña Dorita lo único que ella no podía darle.
Poco tiempo después de cumplir la mayoría de edad, el hijo de doña Dorita entró en “el negocio” y, como casi todos los muchachos del barrio que llegaban a lo más alto de “el negocio”, se marchó a Estados Unidos. La madre no estuvo conforme con aquel viaje. Después de visitarlo, regresó convencida de que no volvería jamás. Decía que le faltaba voluntad para acostumbrarse a ese país de locos, donde la gente vivía encaramada en lo alto de edificios insípidos y los vecinos apenas se dirigían la palabra. Entonces el hijo de doña Dorita mandó a desbaratar la vieja casa de madera y, en su lugar, levantaron la gran casona. Sobre veintiocho baldosas blancas, en letra cursiva de color azul marino, se leía sobre el portón: “Villa Dorita. Por la gracia de Dios”.
Lo llamaban el Hombre. Como si no hubiera otro en el barrio, en la región, en la república o en la Tierra entera. Cuando los empleados del ayuntamiento reforzaban el pavimento de la calle Seis con una capa de alquitrán, cuando un camión cisterna repartía agua por cada casa y cuando el barrio se quedaba a oscuras porque explotaba un transformador y, en menos de cuarenta y ocho horas, los técnicos de la compañía eléctrica venían a cambiarlo, la gente decía: “¡Bendito sea el Hombre!”. Y cuando llegaba la Navidad, los niños de San Gregorio sabíamos que, si los reyes magos y el gordo del traje rojo volvían a olvidarse de nosotros, siempre podíamos contar con el Hombre.
Cada vez que el Hombre visitaba la isla, Villa Dorita se convertía en la médula de los desamparados: mujeres aupando niños mocosos, viejitos pensionados por el ingenio con pagas ridículas, y mendigos de vocación y oficio. Todos querían verlo. Esperaban en la calzada para pedirle, agradecerle o extender la mano entre el gentío y al menos poder rozarlo con la punta de un dedo. El Hombre entraba y salía de su casa custodiado por un séquito de lambones, muchachos del barrio que se sumaban por voluntad propia a los dos escoltas que viajaban con él. Eran como un cardumen de rémoras pegadas al lomo de un tiburón.
Después de la escuela, mi amigo Wellington y yo nos pateábamos todos los callejones de San Gregorio. Mi papá era vigilante de unos grandes almacenes. Se pasaba el día en el trabajo. Para que los vecinos no le contaran que llegaba a casa cuando las lámparas del puente ya estaban encendidas, yo entraba a la calle Seis cantando los himnos de la parroquia. A veces era inútil, ni la piedad cristiana me salvaba: papá llegaba antes que yo. Me esperaba sentado en una de las mecedoras de la galería, con el pantalón del uniforme, sin camisa y con su correa de nylon en la mano. Papá acentuaba cada sílaba de su cantaleta deletreada con correazos que iban cobrando fuerza y velocidad: “Te-he-di-cho-que-de-jes-de-an-dar-
ca-lle-arriba-y-calle-abajo-como-un-
perro-vira-lata”.
Por aquellos días, papá sólo me regañaba por faltas menores. No me interesaba otra cosa que espiar la casa de mis vecinos. Me subía al depósito de agua que teníamos en el patio trasero y allí esperaba durante horas. De pie, frente al espejo del armario, ensayaba lo que iba a decirle al Hombre si tenía ocasión de verlo: “Jefe, ¿cómo le va?”. Hacía un saludo militar, levantaba el mentón y colocaba los hombros hacia atrás con un gesto desmesurado, tratando de imitar el porte de los cadetes que desfilan por la avenida Bolívar el Día de la Independencia. “¿Todo bien, jefe? Ya uté sabe, cualquier cosa, tamo a la orden”. Probaba diferentes modulaciones de voz y sonreía complaciente, con mis dientes enormes y mi cara de fresco.
Una tarde, mientras estaba en mi puesto de guardia, me puse a contar las garzas que volaban en bandada hacia el otro lado del puente, rumbo a los arrozales. Contaba en voz alta. Estaba bien distraído, atento al cielo, cuando escuché su voz.
—¿De quién eres tú? ¿De Isidro? —ahí estaba el Hombre. Vestía una camiseta de interior blanca, un pantalón jeans, sin cinturón y, colgando del cuello, llevaba una cadena de oro grandiosa, con una medalla que tenía la insignia de Supermán perfilada con piedrecitas brillantes.
—Sí, jefe, para servirle.
—Cuidao si te caes de ahí.
—No, jefe. No se apure, yo no me caigo.
—Háblame de Isidro.
—Él ta bien, trabajando en el mall.
—Dile que el hijo de doña Dorita le mandó saludos. ¿A ti te gusta pescar?
—¡Claro!
—Un día de estos vamos pa Río Bajito, a pescar tilapias. Pero, ya tú sabes, primero le pides permiso a Isidro.
—Sí, jefe.
—Nos seguimos viendo, tigre. Pórtate bien.
—Siempre, jefe.
Olvidé el saludo militar. Sentí frío en los pies y un sol quemándome el pecho. Me quedé ahí mucho rato, repasando en mi mente cada cosa que me dijo, y pensando que había mentido como un bellaco: no me gustaba pescar, y no comía tilapias porque me sabían a tierra.
Hasta separé la ropa que me iba a poner —pantalones cortos color kaki, camiseta con cuello, tenis blancos y una gorra de los Yankees de Nueva York que papá me compró en el mercado de pulgas—. ¿Compartiríamos el asiento trasero de su carro o me mandaría en otro, con uno de sus lambones? ¿Pasaría a recogerme por el frente de mi casa o me pediría que fuera a la suya? ¿Iríamos a primera hora de la mañana o al caer la tarde? Estaba tan ansioso. Esperando.
Alguien dijo que lo inesperado ocurre siempre. Aquella madrugada, los gritos de doña Dorita se escucharon por toda la calle Seis. Eran como los alaridos de una bestia afligida. —¡¿Dónde te encuentro?! —voceaba con los brazos en alto—. ¿Dónde y cuándo nos vamos a encontrar, mi hijo? ¡¿Dónde te encuentro?! —Ocurrió un viernes a media noche, cuando salía de una tienda de licores que acababa de inaugurar en el Distrito 5. El proyectil de un Colt Anaconda le reventó el pecho: tumbaron al Hombre. Al coche fúnebre lo siguió un cortejo de carros de lujo, autobuses atestados de gente, motocicletas, perros realengos, niños descalzos, la camioneta del destacamento de policía y una carroza con música. Papá y yo fuimos en un motorcito Honda que le prestó mi padrino. Podría decirse que el Hombre no se fiaba de los enemigos que le había acarreado “el negocio”. Dispuso cada detalle: la ropa con la que quería ser amortajado, el ron, la cerveza y la canción que debía sonar de continuo, y hasta el final, cuando su madre le echara el último puño de tierra. Era una bachata lastimera que entonaba un cantante ciego, la letra era patética, puro amargue. “No quiero llanto sobre mi tumba / cerveza y romo es lo que quiero / porque el que muere por lo que quiere / debe la muerte saberle a cielo”, rezaba el estribillo.
Papá decía que el corazón no duele. Pero a mí me dolía. Y yo no sabía, nadie me contó que hay diferentes tipos de nostalgia. Nunca antes había sentido esa nostalgia inapelable, tan desgarradora. Esa nostalgia amarga y confusa que, por momentos, convierte a los niños en ancianos. Por primera vez sentí nostalgia de aquello que nunca tuve, de lo que no tendré, de lo que jamás viví.
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