Cuando La región más transparente fue publicada, en 1958, aún faltaban cinco años para que llegara Rayuela de Julio Cortázar, ocho para La casa verde de Mario Vargas Llosa y nueve para Cien años de soledad de Gabriel García Márquez. El boom aún no era una condición diagnosticada, pero ya la novela de Fuentes comenzaba a recoger los pedazos de México y, en parte también, de Latinoamérica, para inventarse un nuevo panorama con un lenguaje recién forjado.
Cincuenta años después de la Revolución mexicana, La región transparente se erigió como una de las primeras visitas a un proceso que quiso reinventar un país mediante la lucha popular: una hoguera nacional para quemar los restos feudales del colonialismo y la opresión que sobrevino a la independencia.
El espejo del pasado trajo de vuelta la imagen de la Revolución convertida en burocracia y el idealismo en una práctica para personajes de enciclopedia. El presente estaba jugado al caos de la superación social: que gane el que más tenga. “Aquí no hay más que una verdad: o hacemos un país próspero, o nos morimos de hambre. No hay que escoger sino entre la riqueza y la miseria. Y para llegar a la riqueza hay que apresurar la marcha hacia el capitalismo, y someterlo todo a ese patrón”, dice uno de los personajes.
No era panfleto, discurso en plaza pública o sesudo ensayo académico. Aquello era una literatura que, con una prosa rápida y cuidada, tiraba por el suelo la retórica oficial del bienestar absoluto mediante un reflejo en el que el revolucionario era llamado empresario y el país se transformó en negocio.
En ese proceso de reconocimiento, Fuentes fue una figura central, pues no sólo era un narrador disciplinado, sino un lector actual, con un ojo constante en las nuevas páginas que empezaban a contar la historia de un continente que había hecho historia republicana a través de guerras, dictadores y poetas. El escritor mexicano fue quien dirigió la mirada de Luis Harss hacia Gabriel García Márquez, el último novelista en entrar a la selección de Los nuestros, libro que comenzaría a armar lo que se conocería como el boom.
El primero en ser entrevistado para armar Los nuestros al parecer fue Cortázar, quien a su vez le dijo a Harss: “¿Sabés que hay otro tipo, acá a la vuelta, no muy conocido todavía pero excelente escritor? Te lo recomiendo. Se llama Vargas Llosa”. La historia, contada por Tomás Eloy Martínez en una columna publicada por este diario, cuenta que Vargas Llosa llevó a Harss por el camino de Fuentes y que este último le mostraría al crítico el trabajo del futuro Nobel colombiano.
Hablando de los escritores analizados en Los nuestros, Harss escribió que “los unía la idea de que su país común era el idioma español, y ese idioma era un artefacto arcaico y rechinante que necesitaba ser revivido y renovado, reclamaba desesperadamente una transfusión de sangre y de vida”.
La terapia de choque al español llegó de la mano de los experimentos de Cortázar, claro; de la realidad sobredimensionada, aunque extrañamente plausible, de García Márquez; pero también con la combinación de voces, personajes, tiempos y eventos que Fuentes imprimió en La muerte de Artemio Cruz.
Cruz encarna, en un cuerpo a punto de expirar bajo el odioso escrutinio de una familia que lo detesta, la gloria y el fracaso de la Revolución: él es, en tres tiempos narrativos, revolucionario y tramposo, noble guerrero y empresario, cadáver y memoria viva.
La novela se presenta como una mirada panorámica que se construye a partir de quiebres en el tiempo, de la misma forma que la historia suele construirse con los pedazos de los días fatídicos. “Uno de los elementos más distintivos de la obra de Fuentes es la utilización de dos realidades superpuestas que se unifican a través de un personaje”, asegura Beatriz Botero, doctora en Literatura Latinoamericana de la Universidad de Wisconsin Madison.
Fuentes asegura que esta técnica tiene lecciones prestadas de John Dos Passos, William Faulkner y D.H. Lawrence: “En Dos Passos todo fue. Aun cuando él escribe en presente una cosa, sabemos que fue. En Faulkner, todo está siendo siempre. Aún el pasado más remoto es un presente. Y en D.H. Lawrence, lo que hay es ese tono profético, de inminencia. Yo muy conscientemente tenía esas tres influencias, porque eran tres tiempos que yo quería imbricar y organizar y contraponer y mezclar”.
La muerte de Artemio Cruz se inscribió como una de las grandes novelas latinoamericanas, a pesar de ser un relato profundamente anclado en México, porque la reconstrucción del auge y la ruina de un hombre es, a su vez, la historia de todo el continente. “Los escritores del boom, partiendo de realidades nacionales, contaban historias que les eran familiares a lectores de todos los países, y este carácter de universalidad fue lo que le dio ese carácter explosivo”, asegura Botero.
El trabajo de Fuentes no sólo habla de la nostalgia de un momento perdido o la decadencia de una revolución, cualquiera, sino de la construcción de un panorama común a partir de los restos sacados del pasado. “En un mundo perpetuamente inconcluso hay siempre algo que se puede decir y agregar sólo mediante el arte de la ficción”, sentenció el diplomático, el escritor.
El decálogo de la novela
Carlos Fuentes
1. La novela no informa, la novela imagina. ¿Qué imagina la novela?
2. La novela imagina todo lo no visto en el mundo. La novela hace visible la parte invisible de la realidad.
3. La novela hace eso escribiendo la parte no escrita del mundo que será siempre mayor, por más esfuerzos que hagan, que la parte escrita.
4. Al hacerlo, la novela convierte la parte no-dicha del mundo en parte di-chosa. Aun a costa, muchas veces, de la des-dicha del escritor.
5. La novela, al imaginar y decir, no sólo refleja la realidad. La novela crea realidad. Crea una nueva realidad. Añade algo nuevo que no estaba allí antes en el mundo.
6. Esa creación afecta al futuro, anticipando... posibilidades no realizadas. Ensanchando el territorio de la conducta social para darle cabida a mis buenos deseos (disidencias) y metas humanas, es decir, ensanchando el territorio propiamente humano de la historia, constantemente ganando un poco, como los holandeses, tierras al mar todo el tiempo.
7. Pero esa creación también depende del pasado. No sólo se dirige al futuro. Depende también del pasado pues se da nueva vida a la tradición y nos obliga a leer el pasado como lo legaron. Yo tengo la impresión siempre de que al leerlo por primera vez, yo soy el primer lector de Don Quijote. Y dentro de trescientos años, la primera persona que por primera vez lea Don Quijote, será también el primer lector o lectora de Don Quijote.
8. La novela, así, crea un nuevo tiempo. Un tiempo de la lectura asimilada. Un tiempo inmediato, en el que el pasado deja de ser museo y el futuro una especie de fantasma (ideológico) inalcanzable, para convertirse el pasado en memoria y el futuro en deseo, la condición de que ambos ocurran hoy, aquí, es el presente, a través de nosotros, los hombres y mujeres vivos en este instante, en el yo y el tú que suman un nosotros. Quiero recordar una frase de William Faulkner que quizás ilustra lo que estoy tratando de decir: “Todo es presente, hoy no terminará hasta mañana, y mañana empezó hace diez mil años”.
9. La novela se transforma así en una vastísima arena... donde pueden encontrarse realidades que de otra manera jamás se darían la mano. Lenguajes en conflicto; civilizaciones separadas por siglos; géneros, individuos, que entran en conflicto.
10. Se abrazan y se transforman en la novela, que se convierte, por último, en la parábola precisa de un mundo no concluido. Un mundo abierto, hecho por hombres y mujeres inconclusos, que no han dicho su última palabra de ninguna manera.
*Santiago de Chile, 1992